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Adelanto de “Los chicos de Biloxi”, la nueva novela de John Grisham

Un thriller sobre una ciudad de Mississippi conocida por sus playas, complejos turísticos e industria pesquera. Pero también famosa por el juego, la prostitución, el narcotráfico y los asesinatos a manos de sicarios. En Colombia con el sello Plaza & Janés.

John Grisham * / Especial para El Espectador

21 de noviembre de 2023 - 11:00 a. m.
El escritor estadounidense John Grisham (Jonesboro, Arkansas, 1955) se dedicaba a la abogacía antes de convertirse en un escritor de éxito mundial desde que publicó su primera novela en 1988. Todas han sido best sellers y ocho fuente de guiones para el cine.
Foto: Cortesía
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Hace cien años, Biloxi era una bulliciosa comunidad turística y pesquera situada en la costa del Golfo. Una parte de sus doce mil habitantes trabajaba en la construcción naval; otra, en hoteles y restaurantes; pero la mayoría se ganaba la vida gracias al mar y su abundante suministro de marisco. Los trabajadores eran inmigrantes de Europa del Este, la mayor parte de Croacia, donde sus antepasados llevaban siglos pescando en el Adriático. Los hombres se afanaban en las goletas y los arrastreros que mariscaban en el Golfo, mientras que las mujeres y los niños desbullaban ostras y envasaban gambas a diez centavos la hora. Había cuarenta conserveras, unas junto a otras, en una zona conocida como Back Bay. En 1925, Biloxi exportó veinte millones de toneladas de marisco al resto del país. La demanda era tan grande y la oferta tan profusa que la ciudad presumía de ser «la capital mundial del marisco». (Recomendamos: un libro para entender al economista nuevo presidente de Argentina, Javier Milei).

Los inmigrantes vivían en barracones o en las típicas casas alargadas y de fachada estrechísima de Point Cadet, una península ubicada en el extremo oriental de Biloxi, a la vuelta de la esquina de las playas del Golfo. Sus padres y sus abuelos eran polacos, húngaros, checos y croatas y ellos se habían adaptado con rapidez a las costumbres de su nuevo país. Los niños aprendían inglés, se lo enseñaban a sus padres y no solían hablar su lengua materna en casa. A los funcionarios de aduanas, la mayoría de aquellos apellidos les habían parecido impronunciables, así que se los modificaron y americanizaron en el puerto de Nueva Orleans y en Ellis Island. En los cementerios de Biloxi había lápidas con nombres como Jurkovich, Horvat, Conovich, Kasich, Rodak, Babbich y Peranich. Estaban esparcidos aquí y allá y mezclados con los Smith, Brown, O’Keefe, Mattina y Bellande. Los inmigrantes tendían a vivir en clanes y a protegerse mutuamente, pero en la segunda generación ya se casaban con las primeras familias francesas y con anglosajones de todo tipo.

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La ley seca seguía vigente y, en el sur profundo, la mayor parte de los baptistas y los metodistas se acogían a la vida seca con gran rectitud. Sin embargo, a lo largo de la costa, las personas de ascendencia europea y convicciones católicas no veían la abstinencia con tan buenos ojos. De hecho, Biloxi nunca llegó a ser una comunidad abstemia, a pesar de la Decimoctava Enmienda. Cuando la ley seca se extendió por todo el país en 1920, Biloxi apenas lo notó. Sus bares, garitos, antros, pubs de barrio y clubes de lujo no solo permanecieron abiertos, sino que prosperaron. Los tugurios clandestinos no eran necesarios, porque había alcohol por todas partes y a todo el mundo le daba igual, sobre todo a la policía. Biloxi se convirtió en un destino popular para los sureños sedientos. A eso se le sumó el atractivo de las playas, la calidad del marisco, el clima templado y los buenos hoteles y el turismo floreció. Hace cien años, la costa del Golfo llegó a conocerse como «la ribera de los pobres».

Como siempre, el vicio desenfrenado demostró ser contagioso. Los juegos de azar se unieron al consumo de alcohol como otra de las actividades ilegales más populares. Surgieron casinos improvisados en bares y clubes. Se jugaba al póquer, al blackjack y a los dados a plena vista y por todas partes. En los vestíbulos de los hoteles de moda había hileras de máquinas tragaperras que funcionaban con insolencia haciendo caso omiso de la ley.

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Los burdeles existían desde siempre, aunque se mantenían en la clandestinidad. Ese no era el caso de Biloxi. Abundaban y daban servicio no solo a sus clientes más fieles, sino también a policías y políticos. Muchos se encontraban en los mismos edificios que los bares y las mesas de juego, de modo que los jóvenes que andaban en busca de placer no tenían que hacer más de una parada.

Pese a que no se exhibían con tanta libertad como el sexo y el alcohol, era fácil acceder a drogas como la marihuana y la heroína, sobre todo en bares musicales y tabernas.

Muchas veces, a los periodistas les costaba creer que ese tipo de actividades ilegales estuvieran tan abiertamente aceptadas en un estado en especial conservador desde el punto de vista religioso. Escribían artículos sobre las salvajes e irresponsables costumbres de Biloxi, pero nada cambiaba. A las personas con autoridad no parecía importarles. La opinión predominante era sencilla: «Así es Biloxi». Los políticos en campaña despotricaban contra el crimen y los predicadores bramaban desde los púlpitos, pero nunca se hizo un esfuerzo serio por «limpiar la costa».

El mayor obstáculo al que se enfrentaba cualquier intento de reforma era la corrupción que desde hacía tiempo dominaba a la policía y a los funcionarios electos. Los agentes del cuerpo policial y los ayudantes de sheriff trabajaban a cambio de sueldos miserables y estaban más que dispuestos a aceptar la pasta y mirar hacia otro lado. Los políticos municipales se dejaban sobornar con facilidad y prosperaban a buen ritmo. Todos ganaban dinero y todos se divertían, ¿por qué fastidiar algo que funcionaba tan bien? Nadie obligaba a los bebedores y a los jugadores a dirigirse hacia Biloxi. Si no les gustaban esos vicios, podían quedarse en casa o irse a Nueva Orleans. Pero, si decidían gastarse el dinero allí, sabían que la policía no los molestaría.

La actividad delictiva recibió un gran impulso en 1941, cuando el ejército construyó una enorme base de entrenamiento en los terrenos sobre los que en su día se había alzado el Club de Campo de Biloxi. La bautizaron como «base aérea de Keesler», en honor a un héroe de la Primera Guerra Mundial oriundo de Mississippi, y el nombre no tardó en convertirse en sinónimo del mal comportamiento de las decenas de miles de soldados que se preparaban para la guerra. El número de bares, casinos, burdeles y locales de estriptis aumentó de manera espectacular. Al igual que la delincuencia. La policía comenzó a recibir un aluvión de quejas por parte de los soldados: tragaperras amañadas, ruletas trucadas, crupieres tramposos, bebidas adulteradas y prostitutas con las manos largas. Como los dueños de los establecimientos ganaban dinero, se quejaban poco, pero había muchas peleas, agresiones a sus chicas y ventanas y botellas de whisky rotas. Como siempre, la policía protegía a los que les pagaban y la puerta de la cárcel se abría solo para los soldados. Más de medio millón de ellos pasaron por Keesler camino de Europa y el Pacífico y, más tarde, de Corea y Vietnam.

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En Biloxi, el vicio resultaba tan rentable que, como no podía ser de otra manera, atrajo al habitual repertorio de personajes de los bajos fondos: delincuentes profesionales, fugitivos, destiladores de alcohol, contrabandistas, traficantes, estafadores, sicarios, proxenetas, matones y una clase más ambiciosa de capos del crimen. A finales de la década de 1950, una rama de una banda de matones violentos —no muy estructurada y conocida como «la mafia Dixie»— se asentó en Biloxi con la intención de convertir la ciudad en su territorio y de hacerse con una parte del pastel del vicio. Antes de dicha banda, siempre había habido envidias entre los propietarios de los clubes, pero todos ganaban dinero y les iba bien. De vez en cuando se producía algún asesinato y las acostumbradas amenazas; sin embargo, ningún grupo se planteaba seriamente hacerse con el control.

* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial. John Grisham: Entre sus obras destacan los siguientes títulos, todos ellos convertidos también en películas de éxito: Tiempo de matar, La tapadera, El informe Pelícano, El cliente, Cámara de gas, Legítima defensa, El jurado. Sus últimas obras publicadas en español son Ajuste de cuentas, La gran estafa, El caso Fitzgerald, El soborno y Un abogado rebelde.

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Por John Grisham * / Especial para El Espectador

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