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Adiós a ‘Cachaíto’, revolucionario musical

Murió Orlando López. Por tradición llegó al contrabajo y fue heredero de los creadores del mambo.

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Juan Carlos Piedrahíta B.
10 de febrero de 2009 - 11:00 p. m.
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El primer sentimiento que le despertó el contrabajo fue terror. Él, en ese entonces, era un niño y le tocaba mirar hacia arriba para comprender las reales dimensiones de esta estructura mágica que con maderas y cuerdas lograba producir música. No tardó mucho en acostumbrarse a ese gigante de cuello largo, porque muchos de sus familiares tenían sus vidas ligadas a este instrumento.

Su tío, Israel López, Cachao, quien murió en marzo pasado, manifestó en alguna oportunidad que en la familia de los López, de Cuba, había por lo menos setenta músicos destinados a explorar las bondades del contrabajo. Su padre, Orestes, rompió con la tradición dedicándose al chelo. Sin embargo, el gen pudo más que la herencia inmediata y Orlando López, Cachaíto, retornó a la esencia familiar y lo hizo por lo alto, pues integró el legendario grupo del flautista Antonio Arcaño y sus Maravillas. También pasó por las filas de la banda de jazz Riverside, en los 50, y durante la década del 60 se destacó como integrante de la Orquesta Sinfónica Nacional.

Para Orlando López, Cachaíto, las fronteras de la música eran tan delgadas como la cuerda más fina de su instrumento. “Nosotros improvisamos a la manera cubana, o sea que “descargamos”. Los músicos extranjeros no hablan de descarga sino de jazz, pero lo importante es que, en el fondo, se trata de una misma expresión de libertad. Algunas personas han dicho que nosotros nos inventamos una nueva música, pero no: es simplemente buscar la libertad, pensar que todo cabe”, manifestó el contrabajista hace un par de años en entrevista con la revista Semana.


El talento de Cachaíto le otorgaba la potestad para moverse con facilidad por los terrenos de la música clásica, el jazz, el filin, el son y, por supuesto, por el mambo, estilo antillano inventado por sus familiares y popularizado en el mundo por el mítico Dámaso Pérez Prado.

Sus apariciones discográficas se multiplicaron a finales de los 60, cuando formó parte de la agrupación Los Zafiros. Luego se silenció y gracias al poder de convencimiento del músico y productor norteamericano Ry Cooder, en 1996 regresó a la escena sonora con un proyecto denominado Buena Vista Social Club, al lado de otras desaparecidas figuras de la tradición cubana como Compay Segundo, Ibrahim Ferrer y Rubén González.

Todos ellos sumaron sus edades, sus conocimientos y sus capacidades para hacer de esta iniciativa una verdadera rumba antillana que le mostró al mundo la verdadera dimensión de estos maestros.

Orlando López (2/2/1933 - 9/2/2009), varios años más joven que los demás, publicó su propio registro: Cachaíto, el disco menos tradicional de la serie del Buena Vista Social Club. “La gente se siente más cómoda con lo viejo, pero uno no puede quedarse ahí. Con el productor del disco, Nick Gold, decidimos que queríamos romper con ese sonido viejo. Recuerde usted que los Cachao siempre hemos sido revolucionarios”, dijo el maestro que por una insuficiencia renal se fue, pero dejó un legado inmenso con el que demuestra que el terror que un día le tuvo al contrabajo se transformó en amor.

Por Juan Carlos Piedrahíta B.

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