En los revoltosos años 60, Armando Manzanero era un compositor moderno que les cantaba a las cosas rutinarias del amor. “Voy a apagar la luz para pensar en ti”. “Esta tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tú...”. Por aquellos tiempos, Olga Guillot ya era una señora acostumbrada a los elaborados versos de Agustín Lara, “Luna que se quiebra sobre la tiniebla de mi soledad...”. América la conocía por Miénteme, Soy lo prohibido y Tú me acostumbraste, entre tantas otras. Por eso, cuando Manzanero le propuso que grabara Adoro: “Adoro la calle en que nos vimos...”, ella le respondió que sí, en parte por formalismo, en parte porque los empresarios la obligaron. “Pero no voy a cantar baladitas, pónmela en el medio”, le dijo en voz baja a su músico de cabecera, Majo Ambruno. Luego, en Madrid primero, y más tarde en América, ella fue la voz de Adoro, y Adoro, la canción que la llevó más allá de Venezuela y México, adonde llegó huyendo de la revolución de los barbudos de enero del 59.
Guillot había nacido en Santiago de Cuba el 9 de octubre de 1922. Su padre era tenor. Su madre, mezzosoprano. La música era una rutina en casa. Una pasión. A los 16 años se fue a La Habana. Formó un dueto con su hermana Ana Luisa, Las hermanitas Guillot. Cantaban cosas de Miguel Matamoros, del folclor cubano, e incluso, alguna obra lírica. Entonces comenzó a tomar clases de canto serio con Hortensia Cohalla y terminó como la segunda voz del cuarteto Siboney. En 1945 debutó como solista en el Zombie Club. Luego cantó en el Tropicana. “Mi primera temporada ahí fue con Nat King Cole, e hice un show con Carmen Miranda. Olga Guillot ya era la voz del bolero. Nunca dejaría de serlo.