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Adiós a un guerrero

Armando Zabaleta, uno de los más grandes compositores vallenatos, falleció el pasado martes en la tarde.

Félix Carrillo Hinojosa *

09 de junio de 2010 - 06:00 p. m.
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La fuerza de sus versos se parece tanto a su creador, que esa rebeldía que proyectan sus canciones lo identificó siempre. No había necesidad de recurrir a su nombre: era Armando Darío Zabaleta Guevara su creador y eso lo sabíamos todos. Era un guajiro altivo y de pocas palabras, que siendo muy joven dejó su natal Molino, donde nació un 21 de febrero de 1927, para recorrer los caminos polvorientos de la gran provincia nuestra y elevar su canto, que se nutría con la narrativa de sus canciones y el acompañamiento de su guacharaca. Así se hizo hombrecito, al dejar atrás su tierra, a la que juró no volver jamás, porque unos fuertes latigazos que da el amor le habían herido el alma. A mitad de la década de los cuarenta, con escasos 17 años, irrumpe en el movimiento vallenato y se conecta con el mundo que traían Emiliano Zuleta, Leandro Díaz, “Chema” Martínez y Luis Enrique Martínez, quienes acogieron al recién llegado. Y en poco tiempo pasó el examen para pertenecer a esa barra de gigantes hacedores de música vallenata.

No hubo un instante en la vida del colosal Armando Darío que no supiera a versos contestatarios. Era un hombre que, cuando fruncía el ceño, no le temía enfrentarse al más reconocido del momento. Así hizo su nombre y así lo respetaron todos, porque supo ser fiel a sus principios y, ante todo, respetuoso con sus sueños. Nunca canjeó nada para figurar. Todo se lo dejó al mundo fantástico de su creación. No necesitó meterse en la madeja que construyen ciertas élites privilegiadas. Siempre se impuso con su voz cantoril de versos directos y señaladores. Cuando le tocó mostrar afecto por un nuevo amor o por un colega, lo hizo sin titubeos; de igual manera, cuando su relato demoledor atacó, pocos quedaron sin cabeza.

Conformó con “Chema” Gómez y Luis Enrique Martínez, el trío que se atrevió a denunciar la persecución que se daba al inicio del Festival de la Leyenda Vallenata contra los músicos guajiros. Pero si de denuncia se trataba, su voz era un parlante abierto que abrazaba la provincia y la ponía al tanto de lo que pasaba. Un día les dijo a los dirigentes de la caja agraria que era una “falacia la tal reforma a la tierra”, luego, le dijo al escritor García Márquez que no estaba de acuerdo con su procedimiento, frente al abandono en que estaba su pueblo.

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Así fue el cantor de El Molino: amigo de sus amigos y versificador de la denuncia. Amoroso y querellante del amor; si no, escuchemos Amor comprado, uno de los clásicos de nuestra música. O afectivo, cuando sintió el dolor de ver partir a unos de sus colegas predilectos: Freddy Molina Daza. Esa elegía cuya carta de presentación es el paseo No vuelvo a Patillal lo convirtió en ganador, en 1973, de la canción inédita del Festival Vallenato. Allí la cantó y empezó a cerrar la brecha regional que existió por muchos años en ese evento, en donde su sabio conocimiento permitió elegir a más de un rey.

Fue un respetuoso escucha de las canciones de sus colegas y un vociferante comentarista de lo que no estaba bien en ellas. Por eso, cuando cantaba su admirado Leandro Díaz, hacia silencio, lo escuchaba en profundo rictus de admiración: todos hablaban sobre el cantor de Alto Pino y él en silencio. Al final, se levantó y dijo: “No hay más, qué tal que Leandro viera”.

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Su música, esa que compuso en muchos tiempos de el miércoles y este jueves, se prende en las cornisas de los ranchos de bahareque y en las grandes urbes donde el vallenato pasó de largo y se propone meterse en el alma de nuestra América y de muchos continentes más. Ahí, en esa historia de hechos y personajes del mundo vallenato, tiene Armando Darío una página tan especial, que los estudiosos de esa música pueden pasarse horas y muchas más, buscándole el más íntimo secreto de este cantor guajiro que, como su raza, sigue de pie.

 *Periodista, compositor y gestor cultural.

Por Félix Carrillo Hinojosa *

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