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16 Aug 2022 - 9:01 p. m.

Afganistán: libros para comprender el dominio talibán que lleva un año en el poder

Hace un año retornó al poder el régimen que ya había gobernado el país asiático entre 1996 y 2001. Desde las letras se pueden encontrar algunas luces para entender la dimensión de la situación, entre ellos, el de una colombiana.
La imagen muestra pinturas y pancartas creadas por refugiados afganos en el interior del centro de acogida de refugiados de la organización La Cimade, en Massy, ​​cerca de París, Francia, el 10 de agosto de 2022.
La imagen muestra pinturas y pancartas creadas por refugiados afganos en el interior del centro de acogida de refugiados de la organización La Cimade, en Massy, ​​cerca de París, Francia, el 10 de agosto de 2022.
Foto: EFE - Mohammed Badra

El 15 de agosto de 2021 Kabul, la capital de Afganistán, volvió a caer bajo el control del régimen talibán, que ya había gobernado el país por cinco años, entre 1996 y 2001, aprovechando el vacío que generó la retirada de las tropas estadounidenses del territorio. En aquel momento, el entonces presidente Ashraf Ghani admitió la derrota y abandonó el país. Como si se tratara de un déjà vu, situaciones que ya habían vivido los afganos se han empezado a repetir, entre ellas, retrocesos en materia de derechos humanos. Muchas de estas se pueden empezar a comprender a la luz de los libros, de autores que han presenciado la vida en Afganistán en carne propia y que han decidido narrar lo que allí han visto.

300 días en Afganistán, por Natalia Aguirre Zimerman

Este libro en realidad no fue pensado para ser un libro. Sus 180 páginas nacieron como correos que enviaba la gineco-obstetra Natalia Aguirre Zimerman a su familia y amigos en Colombia, mientras se encontraba en Afganistán con Médicos sin Fronteras. “Natalia no había partido de la intención coherente y unitaria que uno suele encontrar en los autores de libros, sino que echaba a andar su gran poder de observación sin ponerle restricción alguna”, afirma Andrés Hoyos en el prólogo del libro publicado por Anagrama.

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Aguirre Zimerman describe a los niños afganos así: “todo el cuerpo es mate, por el polvo, pero los ojos son brillantes”, dice que los hombres, si bien son agresivos, “se sientan horas en mangas a tomar té y a recitar poesía”, y que las mujeres “no son débiles. Son unas fieras. No se callan nada. No viven escondidas como la prensa le hace creer al mundo occidental”.

Aunque su punto de enunciación se enmarca en un momento histórico donde los talibanes no están en el poder, describe algunas situaciones que vivió Afganistán durante el primer régimen, que había acabado tan solo dos años antes de su llegada. Cuenta como Oggi, uno de sus conductores termina en la cárcel: “Un día, durante el régimen talibán, a Oggi se le ocurrió invitar a un expat a su casa a almorzar. Fue tan de malas que los talibanes o pillaron, entraron a su casa y se llevaron a Oggi, a Yama (el administrador que estaba sirviendo de intérprete en el almuerzo) y al expat para la cárcel. Resulta que como la infraestructura carcelaria en Afganistán es muy pobre, los recursivos talibanes resolvieron adaptar como cárceles transitorias los containers vacíos de la carga que viene en barcos”. Oggi es introducido en uno de aquellos contendores en la mitad del invierno, y es flagelado con un cable e teléfono. En la acusación que se le presentó a la policía, decía que el hombre “había vuelto su casa un prostíbulo, porque le había permitido al expat mirar a sus mujeres”.

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Pero las suyas no son solo historias con tintes trágicos, son relatos que dibujan personajes complejos, que le hacen frente a un régimen que los oprime. “Durante el régimen talibán muchos hombres y mujeres conformaron grupos para crear una resistencia académica”. La médica cuenta sobre Mobuba, una mujer que eligió que aceptar las restricciones al conocimiento. “Cuando el régimen decidió cerrar todas las universidades para las mujeres y abolir la enseñanza de inglés en el país, Mobuba ya había decidido que quería estudiar literatura, y en particular, literatura inglesa. Encontró una escuela clandestina de inglés en el barrio donde vivía, que funcionaba en el solar de una casa, y que como fachada tenia la tienda en un bazar. Las estudiantes se ponían la burka y fingían que iban a mercar. Durante tres años Mobuba asistió a las clases y cuando le faltaban tres días para graduarse, los talibanes descubrieron la escuelita clandestina y una noche llegaron a derribar la puerta. Los talibanes las persiguieron un rato, pero cuando llegaron al extremo del bazar, se pusieron la burka y se mimetizaron entre las otras mujeres y ninguna se dejó capturar”, cuenta la autora de 300 días en Afganistán.

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Otros libros y películas sobre Afganistán, su historia, conflicto y cultura

  • Las golondrinas de Kabul es una novela escrita por Yasmina Khadra, que a inicios de 2021 fue adaptada a la pantalla grande en una cinta de animación dirigido por Eléa Gobbé-Mévellec y Zabou Breitman. La trama transcurre en el verano de 1998 y acompaña a dos jóvenes enamorados, Mohsen y Zunaira, quienes, a pesar de la ocupación de los talibanes, desean creer en la posibilidad de un futuro juntos.
  • Los muchachos del Zinc, de Svetlana Alexiévich, cuenta otro capítulo de la guerra en Afganistán, aquel que duró los diez años comprendidos entre 1979 y 1989 y tuvo como coprotagonista a la Unión Soviética. El título nace de los ataúdes de zinc sellados en los que regresaban los muertos soviéticos.
  • El secreto de mi turbante, escrito por Nadia Ghulam y Agnès Rotger, es el relato real de una niña que, tras perder su hogar en Kabul, producto de la guerra que azota al país, decide cambiar su identidad por la de su hermano. Así se lee un fragmento del texto: “Mi madre grita mientras retira, con manos frenéticas, los trozos de yeso y de cemento que han caído sobre mí. Llenos de pánico, sus ojos buscan algún indicio de vida en mi cuerpo de ocho años. Acaba de caer una bomba en casa. Y ella se lanza a apagar con su cuerpo las llamas que encienden el mío, con un abrazo que pretende darme de nuevo vida. Ignora que ella también se está quemando, que es una mujer gruesa y poco ágil; ignora el humo y los cascotes, y me saca en brazos, en pocos segundos, de lo que podría haber sido mi tumba. Solo después de verme fuera de allí, y de comprobar que aún respiro, a mi madre la abandonan las fuerzas. Entonces empieza a temblar descontroladamente y a repetir mi nombre, como si jamás pudiera parar: ‘Nadia, Nadia, Nadia, Nadia’. Será la última vez que mi madre me llamará Nadia en nuestra casa de Kabul. Cuando volvamos a tener una, yo seré el hombre de la familia”.
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