“Cumbres borrascosas” narra la épica historia de Catherine y Heathcliff, situada en los sombríos y desolados páramos de Yorkshire, constituye una asombrosa visión metafísica del destino, la obsesión, la pasión y la venganza. Con ella, Emily Brontë, que se vio obligada a ocultar su género publicando sus obras bajo seudónimo, rompió por completo con los cánones del decoro que la Inglaterra victoriana exigía en toda novela, tanto en el tema escogido como en la descripción de los personajes. La singularidad de su estructura narrativa y la fuerza de su lenguaje la convirtieron de inmediato en una de las obras más perdurables e influyentes de la historia de la literatura. Aquí el primer capítulo:
Cumbres Borrascosas
LIBRO I
1
1801. Vengo de hacer una visita a mi casero, el vecino solitario con el que tendré que tratar. ¡Esta es sin duda una tierra hermosa! No creo que habría podido decidirme por un enclave más apartado del mundanal ruido en toda Inglaterra. Es el paraíso perfecto para un misántropo, y el señor Heathcliff y yo somos la pareja idónea para repartirnos este yermo. ¡Un compañero estupendo! No imagina la simpatía que me inspiró cuando observé, según me acercaba a caballo, la suspicacia con que escondía los ojos negros bajo las cejas y que en el momento de anunciar mi nombre hundía aún más los dedos en su chaleco con celosa determinación.
—¿El señor Heathcliff? —dije.
Su réplica fue una inclinación de cabeza.
—Soy el señor Lockwood, su nuevo inquilino, señor. Me permito el honor de hacerle una visita nada más llegar para decirle que espero no haberle importunado con mi perseverante solicitud de ocupar la Granja de los Tordos. Ayer oí que tenía intención…
—Dispongo de la Granja de los Tordos, señor, como me place —interrumpió estremeciéndose—. Si pudiese evitarlo, no permitiría que nadie me importunara. ¡Pase!
Profirió el «pase» apretando los dientes, como queriendo de - cir: «¡Váyase al cuerno!». Ni siquiera la cancela contra la que se hallaba apoyado manifestó el menor movimiento de empatía con sus palabras; y creo que esa circunstancia me resolvió a aceptar su invitación: sentí interés por un hombre que parecía aún más exageradamente reservado que yo.
Al ver que mi caballo empujaba la barrera de lleno con el pecho se animó a sacar la mano para quitar la cadena y luego me precedió hurañamente por el camino empedrado. Cuando entrábamos en el patio ordenó:
—Joseph, hazte cargo del caballo del señor Lockwood; y sube vino.
«Supongo que la plantilla de empleados domésticos se reduce a uno —pensé al oír aquella orden múltiple—. No es de extrañar que la hierba crezca entre los adoquines y que el ganado sea el único que poda los setos».
Joseph era un hombre mayor; no, un viejo, quizá un anciano, aunque fuerte y fibroso.
—¡El Señor ampárenos! —dijo para sí con un trasfondo de irritada displicencia mientras me desembarazaba de mi caballo.
Me miraba con tal acrimonia que caritativamente conjeturé que precisaba auxilio divino para digerir el almuerzo y que su pía exclamación no guardaba relación alguna con mi intempestiva visita.
Cumbres Borrascosas es el nombre de la morada del señor Heathcliff. El elocuente adjetivo regional wuthering [ululantes] describe el tumulto atmosférico al que está expuesto el lugar en tiempo borrascoso. En efecto, en todo momento han de tener allí una pura y vigorizante ventilación. Es fácil imaginar el poderío con que sopla el viento del norte a juzgar por el excesivo sesgo de unos desmochados abetos ubicados en un extremo de la casa y una hilera de escuálidos espinos, todos con los miembros estirados en la misma dirección, como si imploraran limosna al sol. Por fortuna, el arquitecto de la casa tuvo la precaución de construirla con solidez: las angostas ventanas se hallan profundamente empotradas en la pared y grandes piedras de guarda protegen las esquinas.
Antes de franquear el umbral me detuve un momento a admirar una cantidad de tallas grotescas repartidas por toda la fachada, pero sobre todo en torno a la puerta principal, sobre la que entre una desenfrenada profusión de grifos en ruinas y niños desvergonzados detecté la fecha «1500» y el nombre «Hareton Earnshaw». Me habría gustado hacer algún comentario al respecto y solicitar de su hosco dueño una breve historia del lugar, pero su actitud en la puerta parecía exigir que entrara enseguida o saliera de allí para siempre, y no quería agravar su impaciencia antes de inspeccionar el sanctasanctórum.
Un limen nos condujo directamente a la sala de estar, porque no había recibidor ni pasillo introductorio. Aquí, por antonomasia, se denomina a esta pieza «la casa». Suele incluir cocina y sala, pero creo que en Cumbres Borrascosas el personal de la cocina ha tenido que batirse en retirada a otra dependencia, al menos oí un parloteo de lenguas y un estrépito de utensilios culinarios muy al fondo y no percibí ningún indicio de que estuvieran asando, hirviendo o cociendo nada en torno a la enorme chimenea, ni ningún destello de sartenes de cobre ni coladores de estaño en las paredes. Un rincón sí reflejaba de modo espléndido tanto la luz como el calor procedentes de unas hileras de inmensas fuentes de peltre, intercaladas con jarras y picheles de plata, apilados en un enorme aparador de roble hasta el techo. Este carecía de cielo raso y, ante un ojo inquisidor, toda su anatomía quedaba desnuda, salvo donde la ocultaba un armazón de madera cargado con tortas de avena y hacinamientos de perniles de vaca, cordero y jamón. Encima de la chimenea colgaban diversas viles y viejas escopetas y un par de pistolas de arzón, y tres botes pintados de abigarrados colores se hallaban dispuestos a lo largo del vasar a modo decorativo. El suelo era de piedra blanca y lisa, las sillas de alto respaldo y rudimentaria estructura estaban pintadas de verde y había una o dos, negras y pesadas, encubiertas en la sombra. Bajo el arco del aparador reposaba una enorme y parda perra de muestra, rodeada de un hervidero de cachorros chillones, y más perros ocupaban otros escondrijos.
La estancia y los muebles no habrían tenido nada de extraordinario si su dueño hubiese sido un sencillo granjero del norte, de voluntarioso semblante y fornidos miembros, realzados con calzones y polainas. En estas colinas, en un radio de ocho o nueve kilómetros es fácil ver a esa clase de individuo sentado en su sillón frente a una espumeante jarra de cerveza posada en una mesa redonda si uno aparece en su casa a la hora adecuada, después del almuerzo. Pero el señor Heathcliff contrasta de forma singular con su morada y su estilo de vida. Su aspecto es el de un gitano de piel oscura y, su atuendo y modales, los de un señor, es decir, cuan señor alcanza a ser un terrateniente rústico: bastante desaliñado quizá, pero esa negligencia no transmite desorden porque tiene buen porte y es bien parecido, aunque bastante taciturno. Es posible que alguna gente piense que adolece de un cierto orgullo maleducado, pero una fibra de simpatía en mi fuero interno me dice que no es eso. Sé por instinto que su reserva nace de su aversión a que se exhiban los sentimientos, a las manifestaciones de mutua amabilidad. Amará y odiará de la misma forma encubierta y estimará que es una suerte de impertinencia ser amado u odiado a su vez. No, voy demasiado rápido, le atribuyo mis propios rasgos con excesiva liberalidad. Es posible que las razones por las que el señor Heathcliff retira la mano cuando se topa con un aspirante a su amistad sean muy distintas de las que me mueven a mí a hacer lo propio. Quiero creer que mi temperamento es casi único: mi querida madre solía decir que yo nunca tendría un hogar acogedor y el verano pasado me demostré a mí mismo que era en absoluto indigno de él.
Estaba gozando un mes de buen tiempo en la costa cuando de improviso me vi en compañía de una criatura de lo más fascinante: una verdadera diosa a mis ojos, siempre que ella no se fijara en mí. «Nunca le descubrí mi amor» de forma verbal, pero, si las miradas hablaran, el más idiota habría advertido que me tenía embelesado. Por fin me comprendió y me correspondió con la mirada más dulce que quepa imaginar. Y ¿qué hice yo? Lo confieso avergonzado: me replegué glacialmente como un caracol. A cada mirada de ella me mostraba más frío y distante, hasta que al final la pobre inocente llegó a dudar de su propio juicio y, abrumada y confusa por su presunto error, convenció a su madre de que se marcharan.
Estas curiosas mudanzas de humor me han granjeado la fama —solo yo puedo decir cuan poco merecida— de ser deliberadamente despiadado.
Tomé asiento en un extremo del hogar, del lado opuesto al que se dirigía mi casero, y llené un intervalo de silencio con una tentativa de acariciar a la madre canina, que había abandonado a sus cachorros y pasaba furtiva y lobunamente por detrás de mis piernas frunciendo el hocico, mostrando sus blancos dientes y haciéndosele agua la boca por un bocado.
Mi caricia provocó un prolongado y gutural gruñido.
—Haga el favor de dejar a la perra en paz —gruñó a su vez el señor Heathcliff mientras frenaba demostraciones más feroces con un puntapié—. No está acostumbrada a que la mimen; no la tenemos de mascota.
Luego, dirigiéndose a grandes zancadas hacia una puerta lateral, gritó de nuevo:
—¡Joseph!
Joseph masculló algo confuso desde las profundidades de la bodega, pero no dio señales de subir, por lo que su amo se precipitó escaleras abajo en su busca dejándome frente a frente con la perra rufiana y un par de fieros y peludos perros pastores que compartían con ella una celosa vigilancia de todos mis movimientos.
Como no quería entrar en contacto con sus colmillos, permanecí sentado, pero, por desgracia, pensando que aquellos animales no entenderían los insultos tácitos, me di el gusto de hacer guiños y muecas al trío, y algún cambio en mi fisonomía irritó tanto a madame que de repente montó en cólera y me saltó a las rodillas. La arrojé al suelo y me apresuré a interponer la mesa entre nosotros. Aquello sublevó a toda la caterva: media docena de diablos cuadrúpedos de diversos tamaños y edades salieron de sus ocultas guaridas al centro común. Sentí que mis talones y la orilla de mi abrigo se hallaban particularmente sujetos al asalto y en tanto que intentaba repeler con el atizador a los combatientes más grandes me vi obligado a exigir en voz alta la asistencia de algún habitante de la casa para restablecer la calma.
El señor Heathcliff y su sirviente subieron la escalera de la bodega con irritante flema. No creo que lo hicieran un segundo más rápido de lo habitual, y eso que el hogar era una auténtica tempestad de mordiscos y gañidos.
Por fortuna, una ocupante de la cocina actuó con mayor premura: una dama lozana que traía el vestido arremangado, los brazos desnudos y las mejillas encendidas entró a todo correr blandiendo una sartén, y utilizó esa arma y la lengua con tal resolución que la tormenta amainó como por arte de magia. Cuando su amo entró en escena solo quedaba ella, palpitando como el mar tras un vendaval.
—¿Qué demonios pasa? —preguntó clavándome una intolerable mirada después de aquel trato tan poco hospitalario.
—¡En efecto, qué demonios! —murmuré—. Ni una piara de cerdos poseídos estaría habitada por peores espíritus que esos animales suyos, señor. ¡Lo mismo sería dejar a un extraño con una camada de tigres!
—No se meten con personas que no tocan nada —observó poniéndome una botella delante y volviendo a colocar la mesa en su sitio—. Los perros hacen bien en vigilar. ¿Vaso de vino?
—No, gracias.
—Mordido no, ¿verdad?
—De haberlo hecho, habría estampado al animal con mi sello.
Heathcliff relajó el rostro hasta esbozar una abierta sonrisa.
—Vamos, vamos, señor Lockwood —dijo—, está usted alterado. Tome un poco de vino. Las visitas son tan sumamente raras en esta casa que mis perros y yo, estoy dispuesto a reconocerlo, casi no sabemos cómo recibirlas. ¡A su salud, señor!
Me incliné y devolví el brindis. Empezaba a sentir que no sería conveniente seguir enfurruñado por la mala conducta de una jauría de perros de mala raza; además, no estaba dispuesto a proporcionar mayor diversión a aquel individuo a mi costa, puesto que su humor parecía haber virado en esa dirección.
Él, seguramente movido por prudentes consideraciones acerca de la insensatez de ofender a un buen inquilino, relajó un tanto su lacónico estilo de omitir pronombres y verbos auxiliares, e inició una conversación sobre las ventajas y desventajas de mi actual lugar de retiro pensando que ese sería un tema de mi interés.
Por los asuntos que tocamos me pareció un hombre muy inteligente y antes de marcharme a casa me sentía tan animado que ofrecí hacerle otra visita al día siguiente.
Era obvio que no deseaba que reiterara mi intrusión. Iré de todos modos. Es pasmoso lo sociable que me siento comparado con él.
* Emily Brontë fue una escritora británica. Su obra más importante es la novela Cumbres Borrascosas (1847), considerada un clásico de la literatura inglesa. Emily era la quinta de seis hermanos. En 1820 la familia se trasladó a Haworth, donde su padre fue nombrado párroco (anglicano). Su madre murió el 21 de septiembre de 1821 y, en agosto de 1824, Charlotte y Emily fueron enviadas con sus hermanas mayores, María y Elizabeth, al colegio de Clergy Daughters, en Cowan Bridge (Lancashire), donde cayeron enfermas de tuberculosis. En este colegio se inspiró Charlotte Brontë para describir el siniestro colegio Lowood que aparece en su novela Jane Eyre. María y Elizabeth volvieron enfermas a Haworth y murieron de tuberculosis en 1825. Durante su infancia y tras la muerte de su madre, las tres hermanas Brontë, Charlotte, Anne y Emily, junto a su hermano Branwell, inventaron un mundo de ficción formado por tres países imaginarios (Angria, Gondal y Glass Town) y solían jugar a inventarse historias ambientadas en él. En 1838, Emily empezó a trabajar como governess en Law Hill, cerca de Halifax. Más tarde, junto a su hermana Charlotte, fue alumna de un colegio privado en Bruselas, hasta que la muerte de su tía la hizo volver a Inglaterra. Emily se quedó a partir de entonces como administradora de la casa familiar. En 1846, Charlotte descubrió por casualidad las poesías que escribía su hermana Emily. Las tres hermanas Brontë decidieron entonces publicar un libro de poesía conjunto. Para evitar los prejuicios sobre las mujeres escritoras, las tres utilizaron seudónimos masculinos (los nombres que usaron fueron Currer Bell, Ellis Bell y Acton Bell). Las poesías de Emily son incomparablemente las mejores del tomo, no cabiendo duda de que es una de las mejores poetisas de Inglaterra. Sólo se vendieron dos ejemplares del libro, que pasó inadvertido; pero las Brontë no se desanimaron por ello y decidieron escribir una novela cada una. En 1846 se publicó Cumbres Borrascosas, que se ha convertido en un clásico de la literatura inglesa a pesar de que inicialmente, debido a su innovadora estructura, desconcertó a los críticos. Al igual que la de sus hermanas, la salud de Emily fue siempre muy delicada. Murió el 19 de diciembre de 1848 de tuberculosis a la temprana edad de 30 años, tras haber contraído un resfriado en septiembre en el funeral de su hermano. Cumbres borrascosas ha sido llevada varias veces al cine desde la época muda.