¿Cómo diría que empezó su historia como lector, mucho antes de Ferrocarril?
Cuando mi papá me leía antes de dormir. Creo que ese espacio que teníamos mi papá y yo, como una introducción al sueño, era muy bonito. Me acuerdo mucho de Harry Potter, por ejemplo: esas eran las novelas que leíamos noche tras noche. Y era muy bonito porque después, cuando salía la película, ya habíamos leído el libro y era el juego de “vamos a encontrar…”.
Y cómo diría que se desarrolló ese hábito de lector hacia la vocación como editor...
Después tuve una frustración como lector. Estaba hablando con un amigo filósofo y me recomendó un filósofo colombiano, muy reconocido en Europa, que es como el Nietzsche colombiano. Y yo dije: “Bueno, voy a buscar particularmente un ensayo de Gómez Dávila”. Me acuerdo de ir de librería en librería y no encontrarlo. Y pensé: hay una oportunidad, un vacío de libros colombianos que, por razones políticas, económicas, sociales, lo que quiera, pues no están. Y ese problema, como lector, lo vi después como una oportunidad como editor. Creo que ahí nació la chispa de la labor editorial y la importancia que tiene en mantener una memoria literaria.
¿Y entonces cómo empezó el proyecto? Ya metámonos de lleno en Ferrocarril.
Fue mi tesis de grado de mi maestría en edición en Barcelona, en la Pompeu Fabra. La maestría me encantó, me dio herramientas y la tesis de grado se convirtió en un primer borrador de Editorial Ferrocarril. Lo conversé con Oriol Castanys, que era mi mentor y uno de estos nombres súper importantes en el mundo editorial en castellano. Lo pensamos, lo meditamos. Luego, con Ricardo Arango aquí en Colombia, que también es una persona del sector editorial muy importante, nació la idea de poner en circulación otra vez estos libros que, pese a haber sido publicados, reconocidos y premiados, ya no se encuentran en librerías, pese a que siguen teniendo una voz muy potente y muy vigente.
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Hablemos de esos libros de literatura colombiana que han sido olvidados. ¿Cómo dieron con esta primera selección que tienen ahora?
El catálogo del lanzamiento es de tres libros. Creo que, por ejemplo, “Cima” se publicó en el 39 y yo creo que es la primera novela gótica colombiana. Como toda buena novela gótica, tiene una crítica social importante. Las personas de ciertos poderes políticos y religiosos se vieron reflejadas en la novela, no les gustó, la censuraron, la quemaron y la novela quedó desaparecida. ¿Por qué la censuraron? ¿Qué tiene esta novela? Y la leo y encuentro todavía un reflejo de la hipocresía de una sociedad, unas preguntas muy profundas sobre cómo nos relacionamos con el poder. Me di cuenta de que esta novela, aunque fue publicada en el 39, bien podría ser escrita ahora. Siempre es contemporánea. Yo creo eso y creo que los libros y el catálogo inicial de Ferrocarril persiguen esa idea.
¿Qué tanto diría que esto está guiado por su propio gusto personal o fue conversado con el equipo? Porque también es muy subjetivo, ¿no?
Sí, es complejo separar al Sebastián lector del Sebastián editor, pero claramente tienen gafas diferentes, tienen que tenerlas. Intento establecer una serie de criterios para filtrar las novelas que tengo a disposición. Hay un banco muy grande de novelas que se han publicado en Colombia y en América Latina, pero ¿con qué criterio las defino para Ferrocarril? Yo creo que el más importante, como le decía, es establecer esa vigencia: que yo sienta que la novela no necesita una justificación para leerse hoy en día, más allá de sí misma.
¿Cuál piensa que es el papel de las editoriales?
Pues yo creo que las editoriales construyen su personalidad a partir del catálogo. Y el catálogo no es otra cosa que un diálogo entre los diferentes libros que lo componen, y ese diálogo es el que conversa con ese lector.
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¿Y cuáles cree que son los retos de afrontar un proyecto como este? Hay una gran competencia en el sector editorial...
A pesar de que la competencia es difícil, la forma de comunicar los libros es distinta. Creo que cuando usted toma un libro de Ferrocarril, se da cuenta del cuidado y la intención de construcción o de rescate de memoria literaria para un lector moderno. Y creo que eso es una diferencia.
Emprender un proyecto como Ferrocarril tiene igual una idea de fondo y es la importancia de promover la literatura colombiana, la literatura en general. A veces se ven siempre los libros como algo útil, como que uno tiene que leer para ser mejor persona... Para usted, ¿cuál es la importancia de promover la literatura?
Yo creo que los libros son una oportunidad de comprender mejor lo que vemos. Creo que, así como la ciencia explica el mundo de manera objetiva, el arte en general y la literatura en particular lo explican de una manera subjetiva y sentimental. Permitirse, como persona, sentir cosas, preguntarse cosas de sí mismo, conocer una versión diferente de sí mismo, escuchando su propia voz en el silencio de esas palabras, es una experiencia que puede o no ser útil, pero sobre todo es muy bella. Y yo creo que eso es muy importante.
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Es tal vez una forma de conectar distinta a como lo estamos haciendo ahora, ¿no? Me refiero a los ritmos de comunicación y relacionamiento de este tiempo...
Total. Y creo que la idea misma de Ferrocarril es el elemento de lo que es un ferrocarril: esas conexiones, viaje, esa aventura, algo de nostalgia, por supuesto, ahí adentro. Y ahora que decía lo del ritmo, me pone a pensar mucho en que los libros son un objeto diferente de los otros que por lo general consumimos, en la medida en que no simplifican. Creo que todo el mundo hoy quiere la respuesta simple, entender la cosa fácil. Yo creo que la buena literatura complejiza y genera nuevas preguntas. Debería salir con más preguntas.
¿Con qué actitud cree que la gente debería acercarse a estos libros? Si no tiene ni idea de quiénes son estos autores, no ha escuchado estos títulos, ¿qué le sugeriría a la gente que esperara o cómo debería entrar acá?
Les sugeriría que acepten el desafío emocional, intelectual y literario y que se dejen llevar, que se dejen atrapar...
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