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Aimema Úai: “La coca es vista como un problema; para nosotros es resistencia”

A través del arte, Úai busca dar a conocer la importancia de los saberes de su pueblo, Murui-Muina (Uitoto). Con obras creadas a partir de pigmentos naturales, algunos extraídos de la hoja de coca, busca exponer cómo el conocimiento indígena puede aportar a campos como la medicina o la lucha contra el cambio climático.

Santiago Gómez Cubillos

25 de febrero de 2026 - 09:00 a. m.
Aimema Úai usa el mambe, sangre de drago y huito para crear sus obras.
Foto: Ana Días
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Empecemos por las técnicas que usa para crear sus obras. ¿Cuáles son?

Bueno, yo manejo varias técnicas. Trabajo sobre lienzo y utilizo medicinas de la Amazonía, como el mambe, la sangre de drago, el huito y otros pigmentos naturales de nuestro pueblo. Todo lo realizo sobre lienzo, pero también sobre yanchama, que es una corteza tradicional de la selva. Además, trabajo acuarela sobre papel.

Con respecto al mambe, ¿cómo es el proceso de crear obras a partir de la hoja de coca?

El mambe es una medicina tradicional de nosotros que se deriva de la sagrada hoja de coca. Esa hoja la tostamos y la pulverizamos y ese polvo verde que resulta yo lo transformo usando caucho, para revolverlo todo. Luego empiezo a plasmarlo en el lienzo. Ese mambe es preparado por mis abuelos y por mis padres, allá en la selva; ellos me lo envían especialmente para la pintura. Y hay otro mambe que utilizo para la concentración, para conectarme con la naturaleza.

¿Cuáles son los temas que le gusta explorar en su arte?

Hay muchos temas. Entre ellos está nuestra historia: la historia antigua, pero también la más reciente, de hace unos cien años, relacionada con lo que hemos enfrentado durante las bonanzas del caucho y los distintos procesos de economía extractivista en La Chorrera, en el Amazonas. También toco temas como el cambio climático, siempre con un mensaje de cuidado hacia la naturaleza, y el conflicto armado, derivado en gran parte del narcotráfico.

Todo esto lo hago a partir del conocimiento indígena y por eso para mí es importante la maloka como el centro del saber y del universo, y el lugar desde donde se pueden seguir transmitiendo esas sabidurías milenarias. Por eso, por ejemplo, mis obras hablan de la coca y la plasmo en mis pinturas, con el mambe y otros productos derivados de la hoja, por la estigmatización de la sagrada hoja de coca. La coca hoy en el mundo es vista como un problema, pero para nosotros es resistencia: los pueblos indígenas la hemos cuidado milenariamente. Me interesa que el mundo conozca el uso y el manejo tradicional de estas plantas sagradas.

¿Por qué quiso plantear estas conversaciones a través del arte?

Yo pertenezco al pueblo indígena Murui-Muina, o Uitotos, como también se le conoce. Vengo de una familia muy cultural y tradicional y soy muy arraigado a mis principios culturales, como lo son cuidar la coca y todos los elementos sagrados que nos dio el Creador. Siempre fui instruido por mis abuelos en esto y la pintura siempre estuvo en el centro de esa tradición. Por eso mi propósito es dar a conocer al mundo nuestro pensamiento y nuestra cosmogonía, siempre con el permiso y la orientación de mis ancestros. Y lo digo así porque soy mambeador, y en esos espacios de concentración, a través de visiones y sueños, me llegó el mensaje de que tenía que hablar sobre esto.

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Sé que no es fácil, porque en Colombia muchos de nuestros usos, costumbres y expresiones todavía son mal vistos, pero para mí es una forma de resistencia y de revitalización, para que nuestra cultura no quede como algo del pasado, sino que se entienda que es presente. Quiero dar a conocer esos secretos de la selva, de nuestro pueblo y de nuestro territorio; que se conozcan en Colombia y en el mundo. Nosotros tenemos mucho que aportar a la humanidad y a la sociedad: nuestras medicinas, plantas, conocimientos, danzas, cantos y rituales. Eso es lo que trato de mostrar a través de mis obras.

Para usted, ¿cuál es la importancia de preservar la memoria y el conocimiento de sus ancestros?

Es un llamado a no olvidar nuestros orígenes. Las ciudades hacen parte de un territorio ancestral y es importante reconocer la historia de los dueños de esos territorios para que se mantenga el equilibrio y el bienestar. Por ejemplo, en mis obras toco mucho el tema de las arquitecturas y cómo la maloca es un ejemplo de preservación territorial. Las ciudades en Colombia se han construido bajo un modelo muy occidental, y eso ha generado cierto caos. En cambio, si miramos la estructura de la maloca, vemos cómo permite mantener una conexión cercana con la naturaleza. Las ciudades tendrían que tomar ese modelo del conocimiento y la ciencia indígena.

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No se puede construir solo con infraestructuras artificiales; hay que incluir más la naturaleza. Pensar en ciudades más vivas, que no estén tan alejadas de las selvas, de los árboles, de los pájaros y de los animales. Eso es importante para que haya buen oxígeno y buen aire, y para que quienes habitamos esos espacios no nos enfermemos. No se trata de cerrar la ciudad, sino de hacerla fluir.

Hablando de la ciudad, ¿cómo fue que usted llegó a Bogotá?

Yo llegué en 2018 con la intención de estudiar Ciencias Políticas. En nuestro territorio eso se necesita mucho para seguir aportando en la defensa y la lucha por nuestros derechos. Nosotros en 1990 casi fuimos exterminados por todo el boom del caucho. Salí con ese pensamiento, también orientado por los mayores, quienes me dijeron que debía venir a estudiar para entender cómo se piensa desde afuera hacia nosotros y además dar a conocer nuestro conocimiento. No llegué a estudiar Ciencias Políticas, pero sí estudié Arqueología, en la Universidad Externado. Creo que esa carrera me motivó y me llevó a profundizar más en el tema cultural. No la culminé, pero sí me ayudó a valorar aún más nuestra cultura.

¿Por qué no terminó?

Fue un momento muy complejo. Decidí regresar al territorio porque aquí sufrí una apendicitis; me hicieron una cirugía y no pude continuar con mis estudios ni moverme durante casi cuatro meses. Tuve que volver y hablar con mis abuelos y mis padres para que estuvieran tranquilos, y decirles que me iba a dedicar al arte y a la pintura, algo que desde muy pequeño había aprendido. Pero después decidí volver, me establecí nuevamente en Bogotá, y seguí con mi propósito de hablar de nuestra cultura, de los bailes, de los cantos, del mambe, de otras medicinas y del territorio. Desde entonces, he viajado también a Europa, donde conocí centros culturales y museos en los que vi objetos sagrados y artefactos nuestros que hace años fueron llevados allá. Eso me generó reflexiones profundas: ¿cómo es posible que objetos tan sagrados para nosotros estén encerrados en otros lugares? Esa experiencia me dio más fuerza para plasmar todo eso en mis obras.

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¿Cuál es la reflexión que le gustaría que la gente se llevara de su obra?

La reflexión es que escuchemos el pensamiento de los pueblos indígenas. Nuestro pueblo, el Murui-Muina, tiene muchas cosas importantes que aportarle al país: nuestros conocimientos, la medicina, la conservación y el cuidado del medio ambiente y de la naturaleza. Nosotros siempre estamos con los brazos abiertos en nuestro territorio. No discriminamos a nadie; todos los que llegan a nuestra maloca son bienvenidos para sentarnos a compartir, dialogar e intercambiar conocimientos. Y lo que queremos es que también se nos den espacios para participar, que no se nos discrimine, y que nuestros saberes sean tenidos en cuenta en escenarios nacionales e internacionales.

Por Santiago Gómez Cubillos

Periodista apasionado por los libros y la música. En El Magazín Cultural se especializa en el manejo de temas sobre literatura.@SantiagoGomez98sgomez@elespectador.com
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