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Al estilo de Woody Allen

El nuevo filme del director argentino Daniel Burman mezcla música e imágenes para hacer sentir su historia y lograr escenas que tocan en lo más profundo al espectador.

Hugo Chaparro Valderrama

27 de noviembre de 2008 - 06:00 p. m.
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El nido vacío (Burman, 2008) parece un disco ilustrado con imágenes.

El sonido es primordial en la película. Matiza el dramatismo de la historia. Contribuye a moldear las tensiones de los protagonistas. Desde la primera secuencia y como una declaración formal del director. Como cuando asistimos en un restaurante a la conversación de intelectuales presumidos, al ritmo de una edición vertiginosa y semejante a las descargas visuales y verbales en la atmósfera de Woody Allen –sin olvidar, por supuesto, el jazz, ¡que no tiene la culpa de su audiencia snob!–, la soledad de Leonardo (Óscar Martínez), aislado de la cena en la que se comen egos revueltos, se enfatiza a través del sonido. En la alternancia del barullo y las breves treguas de silencio.

Visualmente, el montaje de Alejandro Brodersohn nos señala uno de los temas del guión: la aventura romántica con registros clandestinos. Cruzando por la mesa, Leonardo descubre el guiño que le hace a Marta, su mujer (Cecilia Roth), un galán del pasado. También, de una mesa a otra, Leonardo se maravilla con la figura juvenil y delicada de una comensal que marca el tiempo transcurrido y las pasiones extraviadas. Como telón de fondo, la soledad, los hijos ausentes –nos enteramos tras el regreso de la pareja a su departamento–, que se han ido del país, dejando el nido vacío.

La forma es parte del contenido. Hace de la parodia un estilo. Descubre dos tradiciones: vierte al español la tradición de Allen en Manhattan (1979) o Hannah y sus hermanas (1986), con sus maromas amorosas en el ámbito de la cultura hecha profesión y presunción, y la tradición del propio Burman, interesado en los asuntos familiares a la manera de El abrazo partido (2003) o Derecho de familia (2005). El espectador hecho director. Aprovechando los hallazgos de los otros para renovarlos. Daniel Burman es Woody Burman sin dejar de ser un director porteño, nacido en Buenos Aires, que aprovecha la historia del cine con una trama que se nutre y se distingue de sus influencias.

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El viaje de Leonardo y Marta a Israel no conduce a la parodia del mundo judío del que también proviene Allen. Tampoco la estructura del guión, con su eterno retorno al presente y al círculo que traza entre la segunda escena de la película y la última, son heredados a nada distinto que al momento generacional en el que se ha hecho rutinaria la fragmentación del tiempo. Los sueños hechos ilusiones sensuales cuando Leonardo padece una pasión otoñal, son recurrentes en la historia de la ficción cinematográfica. Burman los describe con imágenes personales y elocuentes que no subrayan lo que ya sería retórica verbal vs. narración visual.

Su tono de comedia es tan sutil y efectivo como en el resto de su filmografía. Describe estados de ánimo a través de escenas que se suman y definen los intereses de sus personajes. Con un valor agregado: El nido vacío se aventaja con la fotografía de Hugo Colace y su sentido de la iluminación para registrar distintos momentos de la historia, ante los aspectos visuales de películas como El abrazo partido.

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Cuestión de ojo. Interesa mucho más la evolución de un director que conoce la experiencia humana y la relata con una perspectiva entrañable y cariñosa por sus personajes, permitiendo un escape momentáneo a la desolación del cine contemporáneo, concentrado en las miserias cotidianas que agobian esa misma experiencia.

Por Hugo Chaparro Valderrama

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