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Alan Pauls: “La política está siempre muy ligada a la intimidad”

En “Tres novelas de época”, el escritor vuelve sobre una década decisiva para la historia argentina y también para su propia formación. El volumen reúne “Historia del llanto”, “Historia del pelo” e “Historia del dinero”, tres novelas que se aproximan a los años setenta desde lugares poco convencionales.

Andrés Osorio Guillott

07 de septiembre de 2026 - 07:00 a. m.
Alan Pauls recibió el Premio Herralde de Novela en 2003.
Foto: Getty Images
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¿Desde “Historia del llanto” ya estaba pensada la trilogía? ¿Por qué quiso explorar, a partir de estas tres historias, la década del setenta en Argentina?

Fue para mí muy importante porque es la década en la que yo me formé. Tenía 11 años en 1970 y 21 en 1980, o sea que son los diez años, digamos, de mi formación personal, erótica, intelectual, social.

Y es una década que históricamente es muy crítica en la historia argentina, porque además está como partida en dos por el golpe militar. Entonces, la primera parte es como la década de los setenta del sueño revolucionario, digamos, y la segunda mitad es la década del horror, de la pesadilla del terrorismo de Estado.

¿Usted ha seguido explorando esa década del setenta? ¿Esas obsesiones que aparecen en estos libros las siguió abordando en otros, o cambiaron?

No, no la seguí trabajando de una manera explícita. La década nunca volvió al centro de mi trabajo, pero sí me parece que hay ciertas problemáticas que para mí se articulan un poco en esa década y que siguen siendo importantes y fértiles. Por ejemplo, la relación entre lenguaje y violencia, que es algo que yo creo que siempre me interesa, que aparece muy claramente en la literatura argentina y, en particular, en la literatura argentina de los años setenta. Creo que, aun cuando la experiencia histórica de la década pueda considerarse de algún modo cerrada, es una problemática que para mí sigue teniendo mucho que decir, sigue teniendo muchas aristas, muchos cabos sueltos. De hecho, en este momento, yo creo que vivimos en una época en la que la cuestión de la relación entre lenguaje y violencia es muy importante.

Empecemos con “Historia del llanto”. ¿Por qué empezar esta trilogía partiendo de ese concepto de lo emocional?

Bueno, es el tomo de la trilogía en el que el personaje es niño, digamos. Va de la niñez a una especie de adolescencia, aunque la novela va y viene del pasado al futuro y pasa por el presente. Para mí hay algo de la emoción que es muy importante para la formación de los sujetos políticos. Muy importante para el modo en que cierta experiencia política se transmite a gente que no está en edad todavía de tenerla, antes de leer o antes de ir a una manifestación o antes de militar en un partido político o en una agrupación.

O sea que, un poco, la idea que aparece en “Historia del llanto” es también la idea que se desarrolla en las otras dos novelas: que la política está siempre muy ligada a la intimidad, por lo menos la política que a mí me interesa como escritor.

Pasemos a “Historia del pelo”. ¿Por qué abordar esta historia desde esa estética y su relación con la política nacional? ¿Por qué tratarla desde algo tan poco ortodoxo como el pelo?

Ahí había como una especie de desafío que a mí me interesaba que las novelas plantearan. Es un elemento completamente insignificante a primera vista, es un elemento hasta frívolo, y a mí lo que me interesaba justamente era poner en contacto frivolidad y política, que se conectarían a partir del cuerpo, o sea, del pelo del cuerpo del protagonista. Y, en realidad, cuando empecé a escribir la novela, me di cuenta de que el pelo era un signo muy político en la época y que, en rigor, si uno lo piensa en términos históricos, el pelo siempre fue político. El pelo siempre fue un signo corporal que representaba algún tipo de sentido o de discurso o de postura política.

“Hay un momento en su vida en que piensa en el pelo como otros en la muerte”. ¿Cómo se trata en la literatura una obsesión y, en este caso, una como la del pelo, como muestra o manifiesto de una postura política?

Me parece que en todo lo que escribo siempre hay una obsesión que deja un rastro cuando no es directamente la célula, digamos, que protagoniza y que pone en movimiento la novela entera. Me gusta mucho la obsesión porque me parece que es, literariamente, un principio que organiza el mundo de una manera muy atractiva. Uno puede mirar el mundo a través de una obsesión perfectamente, es como la estructura de un delirio. Entonces, para un narrador, me parece que esa estructura es muy tentadora. Y me parece, además, que lo que tiene para mí la obsesión es que autoriza una especie de mirada completamente microscópica y exhaustiva sobre los elementos que la desencadenan.

Hablemos de “Historia del dinero”. Siguiendo la misma lógica, ¿por qué abordar la historia desde ese objeto de interés?

El dinero me interesaba a mí porque es un aspecto de la década del setenta del que se ha hablado muy poco, en realidad. Me refiero a la función del dinero en la situación política, en el contexto político.

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El dinero marcaba algo muy clave en la política de los años setenta y, en particular, esa cosa que después los argentinos conocimos también de manera muy traumática, que es el costo de vida. Para mí, esa economía extraña, muy brutal, muy despiadada, que imponía de algún modo el proceder de los secuestros, planteaba una extraña relación entre el dinero y la política radicalizada.

Hay una afirmación dentro de la historia que dice que “vivir es arrepentirse”. Me llamó la atención esa relación entre el arrepentimiento y el transcurso de la vida.

Sí, no me acuerdo muy bien en qué contexto aparece la frase, pero supongo que lo que quería decir era más bien que vivir, digamos, implica básicamente equivocarse, tomar malas decisiones, cometer errores; que no hay manera de vivir sin cometer errores y que, por lo tanto, en cada paso que se da en esa vida que se vive siempre hay un porcentaje de “si hubiera hecho otra cosa”, ¿no? También es algo muy literario, en el sentido de que cuando uno cuenta una historia en un libro necesariamente tiene que tomar decisiones, elegir qué va a pasar.

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Y al elegir qué va a pasar, forzosamente uno aniquila todas las alternativas que se presentaban en ese punto de la historia que está escribiendo.

Yo no soy un escritor muy de trama, pero me interesa que la trama aparezca de algún modo, aunque sea fantasmal, en lo que escribo. Me parece que todo escritor siempre tiene un poco esa sensación, como de que cada paso que da al escribir es de algún modo un avance en alguna dirección, pero también implica como liquidar, no vivir, no escribir opciones que muchas veces uno piensa retrospectivamente.

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