Alberto Sierra: la eternidad de un legado

Falleció el pasado 19 de marzo. Llevaba dos semanas hospitalizado a causa de una isquemia cerebral. Un homenaje al curador.

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Nátaly Londoño
23 de marzo de 2017 - 03:36 a. m.
Alberto Sierra fue uno de los curadores de arte más importantes del país.  / Cortesía: Artbo
Alberto Sierra fue uno de los curadores de arte más importantes del país. / Cortesía: Artbo
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Todavía no se puede hablar de Alberto Sierra en pasado. Yo no puedo. Alberto está en la galería de La Oficina montando una muestra, está en un patio pintado de azul cielo, está en la entrada del MAMM, está en una finca, en la casa de un amigo, en la mesa de un comedor rodeado de personas que lo aman y que brindan por él después de días difíciles para su salud: “Por el placer de estar con Sierra, que está tan aliviado, véalo, está como un príncipe”, dice el primero, y el segundo lo sigue: “Duro de matar 12”, y la tercera repite: “Duro de matar 12”. Y todos ríen y vuelven a bromear y levantan las copas y beben y después el mismo Sierra, con gesto de gratitud y una sonrisa en la mirada y otra debajo del bigote, dispara: “Gracias por ser como son”.

Alberto está en el cuarto de una clínica, en los pasillos de una universidad, en un restaurante, está parado frente a usted, escuchándolo, con los ojos bien abiertos. Alberto está (otra vez) en la galería de La Oficina, en la casa de un tipo que quiere ser artista a toda costa y que lo ha invitado a ver lo que hace, está de brazos cruzados y está de brazos abiertos. Está hablando de conceptos mientras sostiene sus gafas con la mano derecha y con la izquierda señala alguna obra. Está entre sus libros, poniendo una carcajada en su rostro, y está diciéndole que no, que por ahí no es el camino, o que sí, que siga. Está recordando sus primeros años, su época de seminarista, está contándonos que todo lo que sabe sobre su oficio lo aprendió en la marcha.

Está siendo historiador y está envolviéndolo con sus palabras. Alberto está en su refugio, está sentado bajo un palo de guayabas. Está abrazado a la vida, luchando por la vida, está de mal humor y está feliz. Y está vestido con una camisa negra, blanca, vaporosa para combatir el calor, azul, y tiene puesto un saco de lana para espantar el frío. Y usa un pantalón de dril. Y tiene zapatos de cuero y zapatos negros. Alberto es generoso y es CURADOR (así, en mayúscula, para que se note que es en toda la extensión de la palabra). Y es una leyenda, un legado, una huella descomunal, es una sonrisa traviesa. Y es padre de muchas personas sin haber engendrado un solo hijo. Es el más humano. Y es cruel, no. Es franco.

De carácter fuerte. Es de esas personas que hablan siempre con dureza, que te empujan al abismo para que aprendas a volar, que tienen rituales para transmitir, que es íntimo, discreto, que es amigo, sobre todas las cosas amigo. Alberto es leal a sus principios y a su dignidad, y con esa lealtad lo abraza. Alberto es una escena de lucha por la introducción del arte contemporáneo en una ciudad (Medellín) plagada de conservadurismo barato, donde la única forma de representación posible era lo tradicional. Sí, Alberto ahora está inyectando a la ciudad con nuevos modelos de pensamiento y expresión, está contándonos que hay otra forma de hacer las cosas, está dejando toda su sensibilidad y su criterio en los muros de un museo. Alberto está fumando. Ya no. Está tratando de huir de los homenajes que puedan hacerle. Está cambiando de tema cuando él es el vaivén de halagos. Alberto es un cable a tierra para muchos, un impulso. Y un sustantivo que siempre se conjuga cuando hay que hablar de la primacía del arte contemporáneo en esta parte de la tierra. Alberto Sierra está en el ayer muy lejano y en el hoy disperso. Alberto está en la memoria. Está aquí. Ya. Y entonces nada, entonces, es que desde el domingo otro corazón, el de él, el Sierrita, está encerrado en un ataúd y muchos, muchos nos quedamos llorando de tristeza, con tristeza, con amor.

Por Nátaly Londoño

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