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De origen judío, sensible y depresiva desde siempre, encantada por el fatum de la poesía, Alejandra Pizarnik atravesó su vida como un agobiante suspiro. Sus pocos, pero intensos años transcurrieron entre Avellaneda, Buenos Aires y París. La atrajo el surrealismo, el cine y el psicoanálisis. Como toda joven de su época, buscó en el tango y el rock asidero para sus búsquedas. La política –el horror de las dictaduras militares y el ascenso de los fascismos– pasó distante de sus preocupaciones. La escritura, sin embargo, tramó sus vigilias insomnes y ayudó a que asombros e infortunios fuesen plasmados en sus poemas desgarradores y sus diarios dolidos.
Este itinerario lo registra con pericia Carlos Luis Torres en Alejandra, la poeta que murió de su vestido azul. La dinámica que propone es, por momentos, la de la bio- grafía novelada. Pero es la libre recreación literaria lo que predomina. En realidad, se trata del modo en que un escritor colombiano homenajea a la célebre poeta argentina. Ahora bien, el sentido primordial de este homenaje pareciera ser el del consuelo. La escritura de Torres se realiza para acompañar, con ternura y afecto solidario, un periplo existencial que ya transcurrió y que, en esencia, fue desesperado y vertiginoso. Pero cómo desconocer los episodios en que la novela presenta a una Alejandra lanzada con dicha ansiosa a los abismos del amor sexual con hombres y mujeres. Y, sobre todo, cómo dejar a un lado la certeza de que la resolución de esta vida se trasunta en la reveladora escritura de Pizarnik.
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Esta novela, breve, penetrante y poética, está basada en un juicioso trabajo de investigación histórica. Al mismo tiempo que se cuenta la vida interior de Alejandra, atravesada de vacilaciones y miedos permanentes, se asiste a la reconstrucción sugerente de un entorno literario. En su paso por Buenos Aires y París, la angustiada heroína de estas páginas va dejando una serie de encuentros con las figuras estelares de una época: Borges, Silvina Ocampo y Bioy Casares, por un lado. Paz, Cortázar y Duras, por el otro. Las dos ciudades con sus representantes letrados se enlazan a través de la percepción de una mujer quebradiza cuya única obsesión es suicidarse cuando el dolor de los días y las noches por fin la libere.
Pero son los diarios y los poemas de Pizarnik los que orientan y dan espesor a la narración de Torres. Esta es torrencial, forjada de oraciones largas, se apoya en las enumeraciones y vuelve una y otra vez sobre las obsesiones de la protagonista, que son siempre la muerte por suicidio y la locura. Toda esta arte poética, bien asumida y equilibrada con sapiencia, otorga a la novela un aire que oscila entre la nostalgia por lo vivido, la urgencia atribulada de morir y la celebración de la amistad y los altos goces del cuerpo deseado.
Pablo Montoya El Retiro, marzo de 2026
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