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Alfa, Lima, Quebec (capítulo de "La noche de las lanzas", de Germán Castro Caycedo)

Está en librerías una nueva edición de "La noche de las lanzas", el libro de Germán Castro Caycedo que cuenta la historia del obispo español Alejandro Labaka y la hermana colombiana Inés Arango, capuchinos ambos, quienes encontraron la muerte en el Amazonas. Aquí un capítulo, con la venia del editor, Planeta.

22 de septiembre de 2026 - 04:22 p. m.
Monseñor Alejandro Labaka y la hermana Inés Arango, misioneros cuya historia recoge Germán Castro Caycedo en "La noche de las lanzas".
Foto: Cortesía de las Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia.
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Cuando monseñor Labaka llegó a Coca acababa de cesar la lluvia. Era un domingo húmedo de febrero. En el río, la lancha de los capuchinos dejó escuchar un bocinazo largo y luego el volquete hizo lo mismo. Un grupo de niños cantaba algo. Nadie recuerda ahora qué cantaban. Eran unas cuantas vocecitas y algunas banderas de papel agitándose. Frente a la capilla estaban los misioneros, las misioneras, las diez o doce autoridades civiles y un grupo de unos trescientos curiosos, esperándolo a él, el nuevo prefecto apostólico de su diócesis. El poblado no era más. Según dijo esa tarde un funcionario, en los casi treinta mil kilómetros cuadrados que los rodeaban, vivían solamente cuatro mil personas.

—Cuatro-mil-ciento-sesenta-y-una —precisó un capuchino viejo haciendo silbar sus palabras, y luego agregó—: Tresmil-novecientas-treinta son católicas. Las demás (ciento-noventa) pertenecen a otros credos. Los paganos no deben pasar de mil.

Luego inauguraron un colegio agrícola, la capilla, un hospital con sesenta camas, un horno nuevo para hacer ladrillos…

—Hace ocho días —tú sabes, esta guerra absurda—, nos han visitado los huaos por última vez y le han dado muerte a cinco vacas y a un toro, pero lo absurdo, y eso no acabo de entenderlo, es que los militares nos han prohibido penetrar en su territorio, los militares, métetelo en la cabeza, están con los evangelistas; si es que andan liados con ellos, eso todo el mundo lo sabe por aquí, de manera que debemos olvidarnos de ellos y pedir que nos amplíen el área de la misión allá al frente, a partir de la banda derecha del río, para poder buscarlos; el padre Mujica ha escrito a Roma diciendo que necesitamos una avioneta y dos equipos de transmisiones, porque solamente por agua y tierra nunca llegaremos a ellos, nunca, te lo aseguro; mira una cosa: hasta ahora los del Instituto solo han hecho contacto con un grupo muy lejano a nuestro territorio de misión, pero existen otros huaos independientes a los que no ha llegado nadie. ¿Con qué derecho tratan los lingüistas de monopolizar el tema huao? Y el padre Mújica ha dicho también que necesitamos dedicar expresamente a un misionero para que evangelice a esa tribu salvaje…

Las palabras evangelizar y salvaje, como hasta entonces se entendían, ya no vibraban dentro de la cabeza de monseñor. Ahora corría la década de “los sesenta”: el hombre en el espacio, píldora anticonceptiva, los Beatles, el regreso a lo primitivo, el muro de Berlín, flores frente a los fusiles, Vietnam, el Che, Camilo Torres, Daniel el Rojo, la primavera de Praga.

En Roma, el Concilio Vaticano II respondía a la crisis, y de allí emergía una Iglesia vital que abandonaba su órbita mediterránea y empezaba a identificarse con otros mundos. Entonces aquella obsesión por el pecado mortal comenzaba a ser desplazada por los conceptos de opción por los pobres y justicia social. Era una iglesia de acuerdo con el tiempo, llena de tensiones y contrastes, pero a partir de Medellín y Puebla, con rasgos latinoamericanos.

En ese momento, monseñor tenía cuarenta y cinco años y más de medio mundo en los pies, pero aún era válida aquella sentencia de cuando era niño: “no tardaré yo mucho aquí haciendo el tonto”. Qué va. Noventa días y noventa noches después de su llegada, en mayo, abordó un DC-3 que despegó en medio de una nube de polvo en la pista de Nuevo Rocafuerte.

Volaron a cuatro mil pies sobre la selva y poco tiempo después vieron abajo algunos agujeros. Descendieron y se mantuvieron describiendo giros amplios y, cuando identificaron una, dos, diez casas y más allá diez huertas, el piloto dijo que iba a acercarse más y colocó el plano izquierdo del avión a centímetros de las copas de los árboles.

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No vieron gente y después de varias circunferencias, tomaron una altura y buscaron la ruta de Coca, pero navegando hacia el este avistaron una gran choza entre el río Tiputini y el Doroboro y repitieron el procedimiento: vuelo rasante y giros completos con el plano prácticamente entre las ramas. Aquel hombre ladeó el avión hasta lograr una inclinación tal que los misioneros se sentían recostados sobre las ventanas. Contaron diez indígenas desnudos mirando fijamente hacia arriba. Era la primera vez que los capuchinos los veían desde el aire. Quince años de espera.

Cuando tocaron tierra, monseñor dijo que la mejor ruta para llegar a aquella zona era subir cincuenta kilómetros por un río llamado Indillama, y en un punto que el piloto identificó como Varadero de San Carlos, internarse aproximadamente treinta y cinco kilómetros por tierra. A juzgar por la manera como se retorcían allí los ríos y por la misma vegetación, se trataba de una zona de colinas aparentemente altas, a pesar de que desde el avión la selva les hubiese parecido una planicie.

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Comenzando el mes de julio, la expedición estuvo a son de selva, como dicen los expertos, y partieron de Pompeya diecisiete hombres, contando a Manuel Astráin, un misionero veterano, y a monseñor Labaka.

El resto estaba dividido en dos equipos. Uno rasgaría la masa de árboles con hachas y motosierras para abrirse camino, y otro cargaría las provisiones.

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Surcaron el Indillama con dificultades durante dos días y medio y, en un punto donde las aguas se achicaron por el verano, continuaron a remo un día y medio más hasta llegar al Varadero. Acamparon a selva abierta y a la mañana siguiente monseñor dividió a la gente en dos grupos.

Al atardecer regresaron al mismo punto y Manuel dijo que habían visto huellas y monseñor resolvió que todos marcharan al día siguiente con rumbo sur buscando otro brazo del Indillama.

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Pero esa noche los quichuas pusieron un caldero al fuego para cocinar la carne de un mono y, como al colocarla en el agua, esta tomó un tinte rojizo, se asustaron.

—Mañana atacarán los huaos, dijo el más viejo.

Antes de que se presentara el sol llovía torrencialmente, pero se pusieron en camino.

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“Los arroyos, casi secos ayer, ahora tronaban. Se habían desbordado y anegaron las zonas bajas. Teníamos que cruzarlas con el agua hasta la cintura y ateridos de frío”.

Al mediodía cada uno comió una fruta y continuaron, pero los quichuas dijeron que querían regresar. Monseñor y Manuel insistieron. Antes de las tres de la tarde llegaron al segundo brazo del río.

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“Contamos más de cien colinas en subida y bajada, caminando como autómatas, cayéndonos y levantándonos entre el lodo y las raíces.

“Sabíamos que los huaos estaban próximos, pero, ¿cuál era su situación exacta? Ahora comenzaban a fallar los factores humanos. Las fuerzas comenzaban a faltarnos, los nervios tensos, las provisiones escasas, la lluvia seguía cayendo sobre la selva”.

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Cuánta falta les hicieron en ese momento una avioneta encima de sus cabezas y un sistema de radiocomunicación, y como no tenían puntos de referencia, regresaron. Era una locura continuar en esas condiciones porque ponían en peligro la vida. Necesitaban un fuerte apoyo económico de su
comunidad.

No obstante, cuando finalizaba agosto, menos de dos meses después, decidieron partir nuevamente en busca del Varadero de San Carlos, pero por el Doroboro, que es una ruta diferente.

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—Alejandro, llévate a un buen guía. Aquí hay un joven llamado Luciano Coquinche que se las conoce todas.

—Bueno, que venga Luciano.

Navegaron algunas horas y sobre el mediodía entraron en la selva. A las cuatro de la tarde, Luciano dijo que no había fijado bien la posición del sol antes de penetrar.

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—¿Y qué?

—Que perdió el rumbo.

A la madrugada siguiente continuaron bajo la lluvia y al mediodía brilló el sol. Luciano miró hacia arriba y calló. Este cabrón no sabe dónde estamos, dijo un quichua, y monseñor ordenó regresar.

—¿Sabes una cosa? —dijo más tarde Mariano Grefa—: Luciano nunca estuvo extraviado. Tenía miedo.

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Sin apoyo aéreo, cualquier esfuerzo era perdido. Desde que llegó monseñor, la sede de la misión fue trasladada a Coca y esto dificultaba las cosas porque la base de los DC-3 se hallaba a una hora de vuelo de allí y cada operación valía una fortuna.

Pero, además, a los pilotos no les hacía mucha gracia volar casi pegados al dosel de la selva y para elevarse exigían estados del tiempo ideales. En esta parte del trópico llueve casi a todas horas. Es un mundo de agua. Es cierto, el sol también sale siempre, pero aparece, calienta la tierra unas horas y vuelve a perderse. Aparece y desaparece con un capricho enorme. Cuando abre el día, generalmente todo está gris, todo se ve húmedo por los aguaceros de la noche anterior y las nubes amanecen engarzadas en las copas de los árboles, de manera que esperar a esas horas un “cielo ilimitado”, como dicen los pilotos, “un techo de nubes alto”, pues significa otra fortuna.

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En esa época, el hombre que mejor atendía las solicitudes de los capuchinos era el dueño de los DC-3, pero él mismo decía que sin una operación conjunta tierra-aire era imposible seguir intentando esta locura.

Monseñor Alejandro Labaka y la hermana Inés Arango, misioneros capuchinos, se acercaron a los indígenas huaos y pagaron con su vida la osadía.
Foto: Cortesia de las Hermanas Terciarias Capuchinas de La Sagrada Familia.

Total, que se fueron los meses escuchando comentarios vagos sobre las andanzas de la gente del Instituto. Comentarios, digo, porque aquí nadie supo nunca a ciencia cierta qué hacían. Ellos eran un mundo independiente del resto del país, una isla, un estado hermético. De todas maneras, al parecer avanzaban en la penetración de los grupos del área del Tihueno, y la concentración de huaos en torno a Raquel crecía lentamente.

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Ya sobre el fin de año, monseñor viajó a la clausura del Concilio en Roma y allí habló con la cúpula de su comunidad y vio al papa y a todos les contó de la misión y de estos territorios y de los huaos, y los convenció de la necesidad de una avioneta, de equipos de radio y de algo imprescindible: dinero para seguir adelante porque al frente está el Instituto, con su flota de aviones, con tecnología, con el apoyo incondicional de los militares.

Regresó y, a partir de enero del año siguiente, volvió a insistir un par de veces más por el río Indillama. Historia de valientes, es cierto, pero igual, monótona: lluvia, pantanos, colinas y fatiga. Siempre lo mismo.

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Pero a la vez recibió señal de Roma y dijo que José Manuel Astráin, el misionero que lo había acompañado en las primeras incursiones, debía subir a la ciudad y hacer un curso de pilotaje de aviones, y pronto llegó a Coca un Cessna pequeño, bellísimo, silencioso. El dueño de los DC-3 fue a verlo y dijo que era una nave versátil y rápida, con buena autonomía, es decir, que podría volar muchas horas sin reabastecerse de combustible, que estaba construida para operar en pistas cortas, de fango… o de polvo, según esta meteorología tan arbitraria. Todavía aquí recuerdan el nombre del avioncito: AC-ALQ-177, es decir, Alfa, Lima, Quebec, Uno, Siete, Siete.

Ese año, Alfa hizo vuelos de reconocimiento durante quince meses y lanzó sobre las casas regalos envueltos en hules de colores y fotografías de los misioneros. En las más cercanas a Coca y la isla de Pompeya, los paquetes eran recibidos con algunas muestras de alegría, pero el grupo que se asentaba en un punto llamado el Cononaco —posiblemente el de los tagaeris— arrojaba sus lanzas en dirección al avión.

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En ese tiempo, los huaos atacaron tres veces en la banda derecha del Doroboro y cobraron otras tantas vidas.

—¿Sabes una cosa? Han regresado los petroleros. Esta vez son compañías con nombres diferentes de las anteriores, dispuestas a explorar, y eso significa penetrar a fondo haciendo carreteras donde hoy existe una naturaleza virgen. Por allí, escúchame bien, llegará una legión, pero una verdadera legión de invasores dispuesta a derribar la selva y a ocupar las tierras.

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Fue cierto. Al cabo de pocas semanas se volvió a escuchar el zumbido de los aviones y el sonido de botes y lanchas en el río. Era una ofensiva colosal comparada con la anterior. Una mañana trajeron al poblado las primeras máquinas y piezas de acero enormes y como lo había anunciado aquella voz, detrás del acero aparecieron caras nuevas. Las máquinas trazaron una calle en el bosque que entonces llegaba a pocos metros de la misión y después otra más. Los de las caras nuevas hicieron casas. Sí, había comenzado una avalancha y los capuchinos y los quichuas del lugar llegaron a creer por momentos que ellos eran los extraños.

—Monseñor: ¿En qué piensa usted ahora?

—En que no sé si podremos llegar a tiempo hasta los huaos, y en que ellos pueden sucumbir luego de más de un siglo de independencia. Hoy lo que está de por medio es su existencia como seres. Su vida. Temo que todo lo que hemos hecho hasta ahora haya sido estéril. La compañía petrolera ha iniciado estudios previos para localizar los yacimientos precisamente en el terreno ocupado por los huaos, pero en el poco tiempo que ha estado trabajando, se ha dicho con fundamento que, como la anterior, también esta ha arrojado bombas sobre los huaos. Hablan de dormirlos con gases que les priven de sus sentidos para sacarlos del medio en que viven y llevarlos a otros lugares. Tenemos que hacer algo urgente para salvarlos, si está en nuestras manos…

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Algo sucedía en la selva. Un poco después de estas palabras, Alfa dijo que estaba avistando en diferentes lugares bohíos quemados y abandonados, y una noche la radio comercial anunció que habían sido halladas grandes reservas de petróleo y por tanto comenzarían a construir una carretera y un oleoducto para comunicar la selva con los Andes.

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