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Alfred Hitchcock nació en Londres en 1899. Once años después del “otoño del terror”. Cuando un héroe de la infamia conocido como Jack the Ripper asesinó en la ciudad a cinco mujeres y anticipó la suerte futura de Hitchcock: debutar con su tercera película como un director que hizo de la muerte un misterio y una forma peculiar de asomarnos al abismo que condena a nuestra especie.
Después de un par de largometrajes que nunca le interesaron, Jack reaparecía en la pantalla gracias a Mr. Hitchcock en El inquilino: una historia de la niebla londinense (1927). El crimen se hizo hábito y, con el tiempo, un vicio para hacer sufrir al público. Aterrarlo fue un placer que descubría al monstruo sonriendo detrás del ángel. El lado oscuro tras las convenciones de una sociedad enferma. La patología hecha cine para revelar, en 53 películas, que el miedo podía ser otra forma de la diversión.
“Los británicos”, decía Hitchcock, “tienen un interés peculiar por la literatura criminal”. Hijo de una tradición capaz de hacer realidad invenciones como Sherlock Holmes —recibiendo su fantasma en la casa de Baker Street a los fetichistas del crimen literario—, Hitchcock magnificó el interés al tamaño de los cines con películas que renovaron, durante 50 años, su manera de filmar la muerte.
Los actores —tratados como vacas por el director—, y sus actrices —tratadas como diosas que hicieron sentir a Hitchcock como una vaca frustrada cuando no correspondían a su pasión imposible—, fueron las víctimas de sus proezas macabras. Estrangulamientos, venenos, naufragios, secuestros, traiciones, esquizofrenias resueltas a cuchilladas, hicieron de sus rodajes toboganes con altibajos emocionales salvados por el talento.
Con su esposa Alma y con su única hija, Patricia, vivió en el reino doméstico que desmentía la ansiedad por suponer a un psicópata con licencia para delinquir a plena luz del cine. Alfred Hitchcock era un conservador que recibía a la prensa jugando con sus perritos. Un hombre con bata y pantuflas que atravesaba el umbral cuando salía a filmar. Lo que no pudo entender la buena conciencia de otro realizador, Walt Disney, prohibiéndoles a sus hijos que vieran cualquier historia de Hitchcock y a Hitchcock que se atreviera a rodar en Disneylandia.
El sexo vs. la muerte o la muerte a causa del sexo, estuvieron al servicio de las tensiones dramáticas que hacían delirar al público. Las caricias recorrían el cuerpo de una manera inquietante. El asesino miraba con hipnotismo erótico a su víctima inocente. Un detective capaz de vivir en el horror regresaba cada noche para cenar con su esposa una comida intragable.
Observar, su deporte preferido, se traducía en la experiencia que vivían sus personajes. Exhibía su intimidad a miles de espectadores en la penumbra del cine. Entre América y Europa, el suspenso fue su estilo. Una aventura hogareña cuando empezó a transmitirse por televisión Alfred Hitchcock presenta y La hora de Alfred Hitchcock. Diez años después abandonaba el programa. Demasiado tiempo cometiendo crímenes. “Parece que finalmente me han atrapado”, confiesa en una rueda de prensa. “No estoy seguro de cuál va a ser el castigo, pero sospecho que voy a ser atado a una silla y colocado frente a un aparato de televisión encendido”.
Eran los años 60. Un tiempo de plenitud. Cuando el mundo confirmó su adoración por el mito. El hombre que anticipó los programas de animales cuando presentó en Los pájaros (1963) lo que él mismo definió como “el acecho del gorrión perverso”. Un director que vivió la muerte multiplicada en clave cinematográfica. El gran temor que lo hizo llorar mientras sostenía las manos de Ingrid Bergman cuando presintió el final. Tenía 80 años. Su última escena fue el 29 de abril de 1980 en horas de la mañana. “Me retiraré cuando muera”, declaró alguna vez. “Nunca se sabe el final. Hay que morir para saber exactamente lo que ocurre después de la muerte, aunque los católicos tengan sus esperanzas”.
Filmografía
‘La dama desaparece’ (1938).
‘La soga’ (‘Rope’, 1948).
‘Yo confieso’ (‘I confess’, 1953).
‘Crimen perfecto’ (‘Dial M for murder’, 1954).
‘Psicosis’ (‘Psycho’, 1960).
‘Los pájaros’ (‘The birds’, 1963).
‘La ventana indiscreta’ (‘Rear window’, 1954).
‘Para atrapar al ladrón’ (‘To catch a thief’, 1955).
‘Vértigo’ (1958).
‘Con la muerte en los talones’ (‘North by Northwest’, 1959).
‘Marnie, la ladrona’ (1964).