Soledades contemporáneas
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
1
En su libro Nos solitudes, el médico y político francés Michel Hannoun reflexiona sobre la mayor paradoja del mundo de la comunicación en que vivimos. Aunque basadas en una experiencia y unas encuestas exclusivamente francesas, sus reflexiones pueden aplicarse fácilmente a todos los países desarrollados, tanto en el medio urbano como en el rural. Son muchas, según el médico y político francés, las razones que hacen surgir nuestras soledades contemporáneas. Para empezar, la soledad es una noción ambigua en la medida en que todos necesitamos de ella en ciertos momentos. Pero al mismo tiempo nos asusta y nos inquieta. La soledad, además, existió desde siempre y lo que es nuevo hoy es su aspecto. Antes uno estaba solo cuando se encontraba apartado de los demás. La soledad del ermitaño o la del poeta tenían un sentido en una sociedad en la que cada uno ocupaba un lugar bueno o malo porque se vivía en comunidad.
Además, era una sociedad en la cual la religión constituía un factor importante. Hoy se vive en una sociedad que es una colectividad. Las relaciones entre las personas son prácticamente contractuales. La familia de hoy, por ejemplo, es contractual y ha perdido su noción de duración y de deber. Antes uno se casaba con la idea de que era para siempre y para cumplir con la procreación y con una serie de deberes conyugales. Hoy se entra en una asociación por algún tipo de entusiasmo o atracción sexual y se sale de ella no bien surge cualquier inconveniente. Las leyes lo permiten. Antes, la sociedad le permitía al hombre olvidar su soledad. Hoy, la sociedad no logra asumir esta vocación. Antaño, la soledad se producía al alejarse de los demás, pero actualmente se produce en medio de los otros y está profundamente ligada a nuestro entorno humano. Las multitudes que rodean al solitario le colocan un espejo ante el cual se refleja su condición. «Multitud, soledad, términos semejantes y convertibles», decía Baudelaire. Antiguamente, un individuo necesitaba alejarse de los otros para estar solo y de él se tenía la imagen idealizada de un héroe que se aventuraba para alcanzar los límites mismos de la creación, el pensamiento o la fe. En la actualidad, el solitario se siente excluido sin que la sociedad le otorgue ninguna imagen que lo valorice. Por el contrario, la sociedad parece ignorar hoy la reciprocidad que es consustancial a las relaciones de interdependencia. Y desde un punto de vista cultural, la dependencia está proscrita y los valores dominantes son la libertad y la independencia.
Afirmar nuestra independencia es afirmar implícitamente que no se necesita de los demás. Pero la independencia no debe ser confundida con la libertad, aunque existan entre ambas algunas similitudes. Mientras que una persona libre se preocupa ante todo de sí misma, una independiente desea no tener que preocuparse de otra. Tal cosa se debe a que la libertad se establece ante lo absoluto, mientras que la independencia se determina en relación a los demás y es, en el fondo, una concepción esquiva y estrecha de la libertad. Asimilar libertad con independencia es, fundamentalmente, desentenderse de toda necesidad natural, pretender alcanzar una autonomía total, una imagen semejante a la divina. De hecho, al atribuirles a la libertad y la independencia una primacía total, la sociedad contemporánea diviniza al individuo o, más precisamente, le otorga la posibilidad de divinizarse a sí mismo. «Descripción del hombre: dependencia, deseo de independencia, necesidad», anotaba Pascal en sus Pensamientos. Pero el tabú que pesa hoy sobre la dependencia refuerza la aspiración individual a la independencia. Y para alcanzar dicha aspiración se rompe el pacto de reciprocidad que relaciona a los individuos, forzando al otro a la soledad y exponiéndose uno mismo a ella.
El individuo es actualmente autor y víctima de su propia soledad. Necesita al Otro, pero se comporta como si pudiese vivir sin él. Aspira a la independencia, pero la soporta difícilmente. Así, el sentimiento de soledad se relaciona cada vez menos con una situación objetiva de aislamiento o de desgracia. Y es cada vez más causa y no consecuencia de un problema existencial. La soledad se debe mucho más frecuentemente a una actitud global del individuo que a una imposición de las circunstancias que le toca vivir. Al no poder entrar en relación de reciprocidad con el Otro, el individuo queda enfrentado a los profundos desacuerdos de su propia naturaleza. La vida afectiva es el campo en que mejor se manifiestan estos desacuerdos, ya que en vez de satisfacer la necesidad de afecto del individuo, pone generalmente en relieve las contradicciones entre esta necesidad y el deseo de independencia. La comedia del Amor contemporáneo escenifica las contradicciones de cada ser, pero sin llegar a resolverlas. Y, en cada acto, dos personajes hablan de una misma soledad, pero cada uno con sus propias preocupaciones. En cada nuevo acto, en cada nueva aventura sentimental, la pareja cambia y el diálogo continúa con otro personaje. Un solo hilo conductor subsiste en esta continuidad: el que el individuo, en eterna contradicción consigo mismo, intenta retomar. El sentimiento de soledad que invade nuestra sociedad indica que el ser humano se busca ante todo a sí mismo y que esta búsqueda se efectúa en forma solitaria.
En esta búsqueda solitaria se encuentra otra de las explicaciones a las soledades contemporáneas. Debido a la preeminencia que han adquirido valores como la libertad y la independencia, el pacto de reciprocidad entre los individuos se ha roto. Libre de los demás, cada uno debe buscar en su propia persona los principios en que apoyar su vida. Cada uno debe, en cierta forma, inventar de nuevo y totalmente solo la sociedad. Los diversos comportamientos ligados a la soledad llevan la huella de los esfuerzos que cada persona está obligada a realizar para alcanzar la formulación moderna de la propia salvación: «¡Fuera de uno mismo no hay salvación!». El ser queda convertido así en su propio dios y la felicidad se ha convertido en su nueva religión. Sin embargo, al dejarle a cada individuo la libertad para buscar el tipo de felicidad que le conviene, la sociedad no contradice su misión. Simplemente renuncia a darles normas y modelos a sus miembros. El individuo de hoy vive a la escucha de su yo profundo y se abandona fácil y voluntariamente a sus emociones y sentimientos. Ganan en autenticidad las relaciones personales, puesto que el hombre se expresa más profunda y sinceramente que con el trato social de antaño. El hombre, la libertad, la independencia y la pasión se han impuesto hoy a la comunidad, las convenciones, las fidelidades y la razón. «Los solitarios son los pioneros de las nuevas relaciones sociales. Y no esperan que se les dé fórmula alguna para lanzarse a la conquista de la felicidad», afirma Michel Hannoun en Nos solitudes. Pero la soledad no es actualmente algo tan sencillo como antes. Entre su representación ideal y su realidad, existe una contradicción. No es ni la afirmación pura y simple de una dependencia que ha quedado truncada, ni la lograda realización de una independencia plena y total. Además, no revela necesariamente una ruptura con los lazos sociales: se puede ser un solitario en el corazón de una muchedumbre. Y, de la misma manera, la soledad no conlleva en general ni felicidad ni desdicha: es, generalmente, una obstinada búsqueda de la felicidad y una capacidad para adaptarse a la desgracia si ello es necesario.
Hoy nadie siente vergüenza de vivir solo. La mirada de la sociedad ha cambiado. Un soltero de cuarenta años ya no es, como antes, sospechoso de inclinaciones que atentaban contra la moral. Primero, porque la moral ya no reprueba tanto esas inclinaciones y, luego, porque ya no se les atribuyen sistemáticamente a los solteros más recalcitrantes. La soltería en sí se enfrenta a un cambio de mentalidad y la imagen del solterón o la solterona empieza a desaparecer de la mente colectiva para dar lugar a la de unos jóvenes que han sabido permanecer jóvenes más tiempo que los demás. El miedo a envejecer y a morir explica tanto la atracción que ejerce la juventud cuanto «la muerte de la moda». Esta, que privilegiaba lo efímero y lo momentáneo, produce hoy angustia existencial y de ahí la tendencia a una uniformización de usos y costumbres. Y la atracción cada vez mayor que ejerce la juventud crece en la medida en que la vejez va siendo privada de todo aquello que podía hacerla más aceptable: el apoyo de los demás, la autoridad moral y, por último, la religión, último consuelo ante la muerte. Mientras que la vejez ve desaparecer su legitimidad social y cultural, la juventud asiste al crecimiento de la suya.
2
La juventud se ha convertido casi en una forma de sabiduría y, sin duda, hoy Victor Hugo no se atrevería a escribir un Arte de ser abuelo. El verdadero arte consiste actualmente en permanecer joven y en no ponerle límite alguno a la libertad de amar sin comprometerse, prolongando indefinidamente el plazo de una deliciosa irresponsabilidad. Todo es posible y nada es grave cuando se es joven. Y la asociación entre juventud y soltería provoca nostalgia entre los adultos casados. El matrimonio es un prisma deformante cuando a través de él se observa la soltería de otros. El hombre y la mujer casados tienden a atribuirles y envidiarles a los solteros todas las conquistas que no tuvieron. La evolución de las costumbres ha reforzado decisivamente la legitimidad social de la juventud. Y, además del atractivo que siempre tuvo, la juventud se beneficia actualmente del atractivo que le confiere la libertad sexual y sentimental propia de nuestro tiempo. Mujeres y hombres de cualquier edad pueden disfrutar de esta libertad, pero, de hecho, la juventud es la gran favorecida. La soltería se ha convertido en un período de prueba en el que el individuo aprende a conocerse mejor y al que la moral de hoy se adapta perfectamente. Sin embargo, la juventud sufre hoy tanto o más de soledad que la gente de edad. Los jóvenes en grupo no son más que seres aislados reunidos. Esta es la gran diferencia con los adultos. Entre estos, las mujeres se organizan mucho mejor en la soledad que los hombres y pueden bastarse a sí mismas. Hoy una mujer puede concebir a un bebé sola; de ahí la gran cantidad de mujeres solteras que tienen hijos. A pesar de los avances de la ciencia, los hombres aún no lo pueden hacer y, además, están en mayor dependencia que las mujeres. Por eso estas tienen mejor relación con la vida que los hombres.
En cuanto a los niños, basta con mirar la cantidad de horas que pasan solos ante la pantalla del televisor. Esta es la nueva baby-sitter de los tiempos modernos. Cuando los niños vuelven del colegio, generalmente los padres no están. Además, cuando llegan, se ponen también a ver televisión y les hablan poco. No hay comunicación entre padres e hijos. Los niños están en familia y a la vez solos. La familia ya no es como antes un lugar de protección. El niño debe aprender a solucionar sus problemas de niño en medio de las turbulencias de la vida de los adultos. Por ejemplo, ¿se acomodará a la incertidumbre ligada a la pertenencia de un nuevo padre o una nueva madre? El niño corre el peligro de perder los puntos de referencia indispensables a la infancia en el proceso de las identificaciones formativas de su personalidad. A través de la incertidumbre de la vida afectiva, nuestra sociedad genera nuevas soledades y ellas modelan también a los nuevos solitarios. Hace unos años los principios morales eran transmitidos por la familia. Los niños disponían de una moral en la que se encuadraba su educación y los guiaba en el camino de la vida. Cuando llegaban a la adultez poseían un sistema de valores a los que podían remitirse cualesquiera fuesen las circunstancias de su vida. Su comportamiento estaba programado de alguna manera por modelos y reglas personales. Hoy la educación está librada a los jardines de infancia, la escuela, la televisión y el cine. La compañía de un animal subsana en cierta medida las soledades contemporáneas. En una sociedad dominada por el egoísmo, el estrés, la agresividad y la inestabilidad, el animal fiel y silencioso propone a los solitarios una auténtica y serena presencia. Nadie puede negar la ternura, la fidelidad de un animal doméstico. Aporta seguridad y equilibrio y, además, el dueño tiene alguien de quien ocuparse de manera regular, alguien que lo necesita, alguien con quien puede hablar, alguien que lo quiere y que él quiere. Es, por último, una manifestación del deseo de dominación del hombre que lo transforma en poder doméstico. La elección entre un perro y un gato no es nuestra y se debe muy a menudo a la representación social de cada una de las especies. El gato es el símbolo de la libertad e independencia caras a los intelectuales. El perro es más bien el de la defensa de los bienes y de las personas. En todo caso, la asociación cada vez más masiva de los animales con los hombres expresa el amor ancestral de los unos por los otros y tiene también como objetivo conjurar la soledad del individuo capaz de ser rey en el único reino animal. Algunos solitarios quieren a su animal como si este fuera un ser humano… Pero también porque no lo es… Sin lugar a dudas, a ello se debe también que los viejos busquen cada vez más refugio en el pasado. Para un viudo o una viuda cuyo corazón ha dejado de latir al unísono con su cónyuge, pero sigue palpitando con él, el recuerdo del amor es aún amor. La soledad se presenta entonces como un síntoma en el síndrome del encierro. Pero es prácticamente imposible hacerse un juicio acerca de esta soledad interior, y resulta muy improbable procurarle alivio despojándola de ese último consuelo.
Los pobres eran los parias de la sociedad industrial. En épocas del capitalismo salvaje, aquella sociedad les respondía brutalmente: «Enriquézcanse». Nuestra sociedad de comunicación responde de forma bastante análoga a sus nuevos parias, los pobres en comunicación: «Comuníquense más». Asistimos recién al nacimiento de esta nueva sociedad, de ahí sin duda su aspecto salvaje. Algo en la naturaleza misma de la comunicación explica, sin embargo, que se tienda a obligar a sus parias a ocuparse de sí mismos. En efecto, la tendencia de esta nueva sociedad de comunicación es aceptar que quien desea comunicarse es el único responsable de su éxito o fracaso. Si no lo logra, la culpa es toda suya, sea porque depende demasiado del otro, sea porque no se encuentra bien en su propio pellejo. Se afirma así que quien tiene dificultades para comunicarse debe realizar el primer esfuerzo, y que el que no las tiene no es responsable de ningún fracaso en la comunicación. Aspiramos a una comunicación bastante extraña, por cierto, ya que el otro se vuelve indispensable y al mismo tiempo se le quita toda importancia. Nuestra necesidad del otro es inmensa, pero el papel que le atribuimos es insignificante. Dentro de este esquema, el otro no existe para que lo comprendamos sino para responder a la necesidad que tenemos de su presencia. Si la comunicación tuviese un objetivo, obligaría a cada sujeto a un esfuerzo de reciprocidad. Tendríamos que esforzarnos para comprender al otro y, por reciprocidad, el otro haría lo mismo. Pero en el principio y fin de la comunicación estamos solos ante un ser imaginario, producto de nuestros fantasmas. Hoy se habla de comunicación. Es una palabra que todo el mundo tiene en sus labios y que supone un «emisor» y un «receptor». Pero lo que tenemos es el uno sin el otro. No hay intercambio. La comunicación consiste en dos monólogos, no en un diálogo. De hecho, entre los solitarios y los otros, hay un acuerdo tácito acerca de la comunicación: esta sólo es válida si es perfectamente lograda. Todos podemos comunicarnos, pero la verdad es que unos lo logran y otros no. En esto consiste el carácter perverso de la comunicación moderna: nos exige abrirnos hacia el exterior, pero al mismo tiempo empuja a quien no logra comunicarse a alejarse cada vez más de los otros. La incomunicación golpea finalmente a quien sufre de ella como una sentencia de excomunión a un creyente. La soledad no es siempre sinónimo de incomprensión, un silencio que se alimenta de la dificultad de decir algo. La soledad desdichada comunica, pero comunica precisamente la imposibilidad de comunicar. El solitario que se aísla no parece reprocharles a los demás que no lo comprendan. Más bien parece decirles que no hay nada que comprender. Por el contrario, los solitarios felices y extravertidos tienen una inmensa facilidad para comunicarse. La desigualdad entre unos y otros es afectiva y cultural. Los triunfadores en esta sociedad son felices y tienen palabras para decirlo y hacerlo saber a su alrededor; los perdedores son desdichados y no logran expresarlo, ni logran tampoco consolarse a sí mismos.
Al contractualizarse, la sociedad les ha otorgado mayor libertad a sus miembros. Pero al servirse de esta libertad, encerrado en las casillas del individualismo, el hombre moderno se ha convertido en un solitario. Los puntos de referencia que la sociedad le ofrecía antes a través de la familia, la escuela, el matrimonio, la religión, etcétera, no le ofrecen garantías durables de bienestar y mucho menos de felicidad alguna. Ello explica la desaparición del sentimiento de pertenencia a una comunidad y de la solidaridad. Los individuos dudan de todo porque la sociedad les ofrece como únicos modelos de felicidad espacios de publicidad tan bellos como efímeros. Sin más garantías ni puntos de referencia, el hombre cae en la indiferencia ante las instituciones, empezando por el Estado. Sin cuestionarlas siquiera, los individuos se alejan de ellas, produciéndose un abandono masivo de los sindicatos y los partidos políticos, acompañado por un fuerte abstencionismo electoral. El individualismo actual es profundamente egocéntrico y sólo sale de su indiferencia cuando las instituciones que sostienen la sociedad en que vive le presenta imágenes dolorosas.
Deja de ser indiferente cuando se reconoce en aquel viejo que será tarde o temprano, en el accidentado que ve y que puede ser él o en el desempleado con el que podrá ser asociado en un futuro próximo. Alejados de las instituciones, los individuos están más preocupados por las preguntas que por sus respuestas. Las soledades contemporáneas están profundamente ligadas a la existencia de muchedumbres compuestas precisamente por individualistas. Sin organizaciones ni instituciones, una muchedumbre es una simple aglomeración, una inmensa colección de personas semejantes e intercambiables. En medio de ella, el individuo siente que sólo es un elemento más de una masa. Nadie lo ve y en consecuencia nadie lo comprende ni lo quiere. Si el amor se ha convertido en algo tan importante para hombres y mujeres, es porque se vive como el último refugio del sentimiento de pertenencia. Sea cual sea nuestro punto de observación, el individuo se nos presenta aislado en un destino que, sin embargo, está impregnado de confort y modernidad, como si este fuese el precio a pagar por todas las comodidades que se le ofrecen al hombre del siglo XXI. Lo paradójico es que hoy los solitarios estén mucho más aislados que en las sociedades del pasado, cuando en estas el solitario se alejaba del mundo, y actualmente vive su condición en medio de inmensas masas humanas. Convertidas en algo tan común como absurdo, las soledades contemporáneas han perdido el lustre que antaño les dieron los filósofos, los profetas y ermitaños, y los artistas.
* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial.