Eduardo Polo —colígrafo de profesión y uno de tantos otros heterónimos del poeta Eugenio Montejo— deja en su haber como escritor este libro que dibuja entrelíneas paraísos significantes, bien sea por tratarse de un libro para ‘chamos’, o por figurarse como experimento afortunado dentro de la “escritura oblicua” de Montejo.
Acudiendo al ejercicio de la otredad, como bien lo ha aprendido de Fernando Pessoa, el recién fallecido escritor venezolano propone en estos veinte poemas un diálogo permanente y multiforme con el imaginario infantil, refrendado, dicho sea de paso, a través de las ilustraciones del catalán Arnal Ballester, en las que se observa una arraigada relación con el texto, y que también funcionan de manera independiente como ricas analogías, de ahí que la fantasía sea el elemento que prime en la elaboración de los personajes del libro y que además haga de este un objeto mil veces visitado. Otro libro que prueba que “escribir para niños es algo perfectamente serio”, según declara Eduardo Polo en el prefacio de su Chamario.