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Alisten, apunten, ¡arte!

La violencia es cada vez más el gran tema del arte en Colombia. ¿Es acaso esta la última respuesta que queda?  Personajes de la cultura exponen sus puntos de vista.

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Mónica Diago / Angélica Gallón
14 de noviembre de 2008 - 12:12 a. m.
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En tiempos románticos el filósofo Hölderlin se preguntó: ¿Para qué la poesía en medio de la penuria? En tiempos violentos, el poeta Juan Manuel Roca invirtió la querella y más bien promulgó: ¿Para qué la poética, si no es para la penuria? Con la misma certeza, más descarnada quizá, Flaubert lanzó una firme consigna: “El arte, como el dios de los judíos, se alimenta de holocaustos”. ¿Es acaso nuestro holocausto un alimento para el arte?

Hace unos meses el Museo de Antioquia inauguró una exposición que recogía a varios artistas nacionales para hablar de destierro y la reparación. Por su parte, el Mambo se volvía recinto de una exposición bautizada “Desaparecidos”. Mientras las tablas del teatro La Candelaria crujían con los ensayos de Nosotros los comuneros, creación de los años 70, Carlota Llano anunciaba que Mujeres de la guerra, el libro de testimonios de Patricia Lara, cobraría vida una vez más.

En las letras, Juan Manuel Roca ocupaba su tiempo en realizar una poética de la guerra recogiendo los vestigios que el conflicto ha grabado en los versos del siglo XX, y Juan Diego Mejía discurría con su libro Era lunes cuando cayó el cielo por el pasado del narcotráfico, y en la radio el retumbar de un Bam Bam, de Doctor Krápula, rezaba: “A donde van nuestros sueños bam, a donde se los llevan esos bam bam, a donde va la vida va, a donde van los que se llevaron esos bam bam”.

Si la violencia es un tema rotundo e ineludible, si los partidos y los mítines parecen demostrar su fracaso y la política nos convenció de su ineficacia, quizá sean los artistas los que pueden nombrar el conflicto, los que pueden impulsar desde la metáfora y la poética la reacción catártica que realmente repare y sane.

El crujir de las tablas

“Lo que está pasando desde el teatro es que hay una intención marcada de generar imágenes inéditas, nuevas, pero complejas de esta realidad”, comenta Santiago García, director del teatro La Candelaria, quien apunta: “Asistimos a un tiempo que reclama la urgencia de que el arte deje de ser un lujo o una distracción y se vuelva más bien una necesidad, tenemos que dejar de pensar en la cultura del entretenimiento y ver en la necesidad espiritual y profunda de la propuesta artística”.

Desde el afán que nació en los años 70 por fundar una dramaturgia auténtica y nacional se puede vislumbrar la recurrencia del hecho violento, las masacres y la guerra en los temas representados. “Nuestra primera creación colectiva (1973) se llamó Nosotros los comuneros, tras ella vino Guadalupe años 50, basada en la tragedia de la muerte de Guadalupe Salcedo. Luego el narcotráfico se coló con la obra El Paso”, comenta García.


Como una verdad extendida entre los dramaturgos, esta primera etapa estuvo muy orientada por las teorías de Brecht, que decían que el teatro no debía ocuparse del hecho en sí, sino de las causas. “El teatro no se ocupó de la guerra, sino del porqué de esa guerra”, concluye García con la certeza de que esta intención ha perdurado y se mantiene vigente en el teatro.

La letra roja

Si pasamos la página y escudriñamos el ámbito de la narrativa colombiana, “la frase con la que José Eustasio Rivera empieza La Vorágine: ‘Jugué mi corazón a la azar y me lo ganó la violencia’, se convierte en una metáfora de lo que después ha sido la literatura nacional”, comenta, por su parte, el escritor Juan Manuel Roca, quien explica que “es como si le hubiéramos jugado en una ruleta a muchos temas, pero el azar siempre hiciera caer la pieza en la casilla de la violencia”.

Las injusticias de las caucheras, las guerras civiles que fundan pueblos y las narraciones de la literatura partidista de los años 50 hizo que un día Gabriel García Márquez sentenciara que la literatura colombiana se había convertido en “un inventario de cadáveres”. Juan Diego Mejía parece no distar del reclamo del Nobel. “Creo que falta tiempo de por medio para que esos temas salgan a flote de verdad desde el punto de vista del arte. Aún no ha empezado la gran producción literaria y artística sobre el tema del conflicto”.

Lo que intuye el escritor paisa es que la expresión artística va a tomar unas formas menos tremendistas y realistas, la literatura será menos testimonial y carnicera y procurarán nuevas lecturas. “Asistimos a una literatura de emergencia que nace del deseo inmediato de expresar lo que nos está ocurriendo y es una necesidad sana, pero literariamente es pobre. Nos aproximamos a la saturación con el riesgo de que en lugar de ser algo que alerta, más bien encallece”, concluye Roca.

Cámaras en acción

El olor de la guerra también se ha hecho imagen en el cine, tanto que ya algunos lo llaman ‘rutina’, aunque los directores prefieran decirle ‘tentación narrativa’.

En el cine este no es un fenómeno reciente. Desde 1914, cuando los hermanos Di Doménico, precursores de la cinematografía nacional, decidieron filmar El drama del 15 de octubre, contando el asesinato de Rafael Uribe Uribe, se percibía una fuerte inclinación del cine nacional por contar e incluso explicar la realidad nacional. Y es precisamente por eso que a Lisandro Duque, director de Los actores del conflicto le resulta incomprensible la ‘alergia’ que han desarrollado varios sectores culturales o periodísticos respecto a las películas que hacen alusión a la guerra.

Más allá de las historias insólitas que suscita el conflicto, dignas de ser mostradas en la pantalla grande, el cine tiene la función de hacer visibles a las víctimas, de despegarse de aquellas cifras redondeadas y homogenizadas que se perciben en los medios masivos de comunicación. “La política siempre se ha ocupado de identificar a los victimarios, pero las víctimas no son más que cifras que aumentan un dígito con el paso del tiempo”.

Es por eso que para Duque el panorama de las películas nacionales seguirá a la sombra de las temáticas de guerra. “Hace mucho tiempo que la belleza de los paisajes nacionales representados en la orquídea y las historias en torno al café colombiano dejaron de ser atractivos para las tramas cinematográficas”.


Disparos de plástico

De atracción poco saben los artistas plásticos por estos días, porque antes que sentir una pulsión creativa pensando en satisfacer a un público, sienten una necesidad moral de hablar de lo que pasa en el país, como es el caso de la pintora Beatriz González, a quien como a muchos otros colombianos la sonrisa también se les desdibujó cuando en 1985 el M-19 se tomó el Palacio de Justicia.

Los colores cálidos de sus obras, inclinadas por la caricatura y la sátira política, tuvieron que ser reemplazadas por ilustraciones de víctimas que hicieran visibles su sentimiento, su dolor y su opinión frente a la violencia que invadía todos los rincones del país. “Ese fue el detonante que hizo que muchos artistas hicieran de sus trabajos registros metafóricos de lo que estaba sucediendo en este país”.

Sin embargo, aunque son muchos los artistas que han conseguido hacer grandes obras en torno a la guerra, Beatriz González no ignora la posibilidad de que muchos de estos personajes estén aprovechando el boom de la guerra para sobresalir, dejando de lado la calidad de sus creaciones. “Es evidente que hay una mirada internacional a Colombia por todos los sucesos extraordinarios que han ocurrido en torno al conflicto y es claro también que hay oportunistas que sacan provecho de esto para hacer cualquier cosa y llamarlo arte”.

Sin embargo, artistas como el escritor Juan Manuel Roca, la actriz Carlota Llano o Mario Muñoz, el cantante de Doctor Krápula, coinciden en afirmar que sin duda el lugar en donde más prolijo y enriquecido se ha visto el discurso sobre el conflicto es en las artes visuales.

Así, ante la evidencia de que en el país, el arte y la violencia han caminado por unos mismos caminos, algunos en la cultura sólo esperan que el tiempo depure las afecciones y promueva propuestas más complejas, mientras que otros anhelan que ese mismo tiempo permita que haya menos público indolente.

Música comprometida o anestesiada

No resulta dispendioso encontrar obras de arte, libros, piezas de teatro y películas que estén contando la guerra. Sin embargo, un bache parece relucir en torno a la música, o por lo menso así lo ha percibido Mario Muñoz, el cantante de Doctor Krápula “A veces los artistas musicales se olvidan de la realidad y se centran en sus vivencias personales amorosas, en la fiesta y el despecho, y eso hace  que la cultura musical del colombiano promedio sea eso. Nosotros creemos que la vida y sobre todo en Colombia va mas allá de eso y por eso la canción no puede estar anestesiada”.

Mario cree que no se trata sólo de hacer crítica, “se puede cantar y hacer  propuesta, cantar y retratar lo que nos aqueja”.

Aparte de iniciativas como las de Juanes con su Concierto de la Frontera o como el nuevo álbum de Aterciopelados  y de la bandera que han querido ondear los de Krápula parece que los compromisos sociales de los 70 se han difuminado.

Por Mónica Diago / Angélica Gallón

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