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Alonso Cueto: “La obra de Vargas Llosa es una épica de la transgresión”

El próximo 28 de marzo se cumplen 90 años del natalicio del autor peruano, que falleció hace casi un año. Dos amigos cercanos, Pedro Cateriano y Alonso Cueto, hablaron para El Espectador sobre la biografía política y narrativa del nobel. Segunda parte.

Andrés Osorio Guillott

23 de marzo de 2026 - 11:00 a. m.
Mario Vargas Llosa fue uno de los autores del llamado "Boom latinoamericano".
Foto: Marcela Gutiérrez Camacho
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Siguiendo con este especial sobre Mario Vargas Llosa, ahora presentamos una entrevista con Alonso Cueto, uno de los amigos más cercanos del nobel peruano, quien publicó el año pasado “Mario Vargas Llosa. Palabras en el mundo”, un ensayo que analiza desde diversos conceptos, como la amistad o la figura del héroe, su obra literaria.

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¿Inicialmente cómo fue su relación como lector de la obra de Vargas Llosa y cómo eligió para este libro los conceptos para analizar su literatura?

Una de las primeras experiencias que tuve como lector de Vargas Llosa fue cuando estudié “La ciudad y los perros” en el colegio, en los años 60. En mi ingenuidad descubrí que las grandes historias, los grandes personajes, pueden contarse desde escenarios como la ciudad de Lima, como los barrios de Lima, como La Punta, donde ocurren las fiestas de “La ciudad y los perros”, o como la plaza San Martín donde camina Santiago Zavala. Creo que la marca que dejó en mi vida fue la idea de que había un escritor que, a diferencia de muchos escritores contemporáneos, todavía creía en los héroes, en las protestas, en la rebelión, algo que creo que lo marcó a lo largo de su vida.

Creo que su consejo de siempre —insistir en las historias, en contar historias, en que la literatura no era una especulación inmóvil sobre los aspectos de las cosas sino la aventura de un héroe en busca de unos objetivos— fue algo que me marcó muchísimo en nuestras conversaciones.

¿Cómo explica la importancia de la figura del héroe en la narrativa de Vargas Llosa?

Creo que lo que caracteriza a la obra de Vargas Llosa es la figura del héroe. Su obra es una épica de la transgresión, una épica de la protesta y de la rebeldía. Yo estuve con él en una presentación de “El sueño del celta” en Londres, en la universidad, y me acuerdo de que le dijo a los alumnos en ese momento: “Sean como Roger Casement, sean como él; o sea, protesten, no acepten, propongan”.

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Eso supone, creo yo, una experiencia muy íntima en su caso, que es —como todos sabemos— el momento en el que él descubre que su padre está vivo, que impone una autoridad, que impone unas leyes y unas normas que destruyen el mundo de burbujas familiares y armónicas en el que él había vivido hasta entonces.

Eso lo enfrentó a una tremenda decisión frente al pasado. Y entonces lo que él hizo en ese momento fue plantearse dos respuestas frente a la autoridad: una fue confrontarla y otra fue evadirla. La confrontó porque se enfrentó a su padre, y la evadió porque empezó a leer. Y esto es lo mismo que han hecho sus personajes: se enfrentan a la autoridad o evaden la autoridad.

El deicidio es un tema importante y usted lo señala: “Una novela es una tentativa de homicidio del padre, es decir, de Dios. El escritor es un deicida, busca destruir la realidad, obra divina” …

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Una novela busca reemplazar a la realidad. Es decir, cuando una realidad es inaceptable, cuando una realidad es imposible de vivir, yo busco entrar en una realidad alterna que la pueda sustituir con ventaja.

En esa realidad alterna tienen que estar todos los elementos de esta realidad. Por eso la búsqueda de la novela total está muy ligada a esta idea de la realidad alterna con todos los elementos.

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Esa realidad tiene que tener una geografía, una historia, una psicología en los personajes, unos argumentos, unas acciones. Debe tener todos los efectos de seducción suficientes para reemplazar a la realidad tangible.

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Entonces, en ese sentido, es un intento por anular esa realidad, por, digamos, matar esa realidad. De ahí viene la idea del deicidio.

En el libro dice: “La búsqueda de la verdad, la moral personal, el camino hacia el paraíso, la descripción minuciosa de los cuerpos son aspectos esenciales de sus obsesiones convertidas en historias”. ¿Qué nos puede explicar de la relevancia de la moral en la obra de Vargas Llosa?

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Vargas Llosa es uno de los últimos escritores en los cuales la moral tiene un papel fundamental. Sus personajes protestan, pero no solo protestan, sino que protestan en nombre de un mundo mejor. El consejero y sus descastados quieren una sociedad mejor; las visitadoras de Pantaleón quieren imponer unas virtudes que el ejército no tiene: la disciplina, el orden y la solidaridad.

El escritor peruano y premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa posa para una fotografía durante la ceremonia de su ingreso en la Academia Francesa, en París, el 9 de febrero de 2023.
Foto: AFP - EMMANUEL DUNAND

Los cruzados en la obra “El loco de los balcones” quieren salvar los balcones de Lima, que los están destruyendo. En su último libro —“Le dedico mi silencio”— me parece interesante que sea un canto a una utopía todavía no perdida y a la idea de que el arte popular, la música popular, puedan ser un espacio de reconciliación y de redención de las diferencias sociales. O sea, todavía en su último libro —que es un libro con esperanza, no es un libro amargo— hay la idea de una versión del arte como un espacio de utopía social, de utopía cultural.

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Entonces hay por eso una cierta comparación entre sus personajes y el Quijote, porque el Quijote también tiene una moral. Busca deshacer entuertos y mejorar el mundo, pero al mismo tiempo desconoce la realidad.

Y hay algo de eso también en todos esos personajes: en el consejero, en Pantaleón, en El loco de los balcones. Hay una utopía, hay un sustento moral detrás de ellos, divorciado de las condiciones en las que viven.

Usted mencionaba la importancia que tiene el Quijote. Más que preguntarle por esta obra, me interesa la exploración de la amistad, que usted dice que es uno de los temas esenciales de Vargas Llosa.

Sí, porque ahí está el tema de don Quijote y Sancho. Mira cuántas parejas de amigos hay: el Esclavo y Alberto, el teniente Silva y Lituma. Hay amistad entre Zabalita y Aída y Jacobo, que luego se convierte en amor. Las amistades y solidaridades entre las visitadoras.

Creo que hay un culto a la amistad en estas novelas. Y creo que las relaciones de amistad formaban un espacio de refugio muy arraigado en su vida. Siempre he creído que el mundo que él perdió cuando su padre apareció —que era el mundo de la familia, el mundo del grupo— quiso rescatarlo en otros grupos: las visitadoras, los descastados del consejero, los miembros del círculo. Quería que siguieran existiendo y que siguieran siendo parte de su vida. En cierto modo, la literatura —bueno, ya eso lo habrás escuchado— es una búsqueda de los paraísos perdidos, de las cosas que la vida te ha quitado.

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Usted señala que, al igual que en Faulkner, la función del diálogo y el monólogo interior siempre es la búsqueda de una esencia profunda y misteriosa, por lo general sufrida y vulnerable del personaje. Hablemos también de esas herramientas de las que se valió Vargas Llosa en sus libros.

Creo que una novela tiene alas y raíces. Las alas son las ideas, la aventura que cuenta la novela de Vargas Llosa: contar una búsqueda. Sus personajes están siempre viajando hacia un lugar. El viaje es algo fundamental también.

Mira el río por el que navega Fushía, el río por el que navega Roger Casement, y los viajes que hace la niña mala. Están siempre viajando, cambiando de identidad, nunca paran.

Y al mismo tiempo, sin embargo, la novela tiene que profundizar en sus raíces, en sus orígenes, en sus intimidades. Entonces esta alternancia entre diálogos y monólogos, entre acciones e introspecciones, creo que son las ondas alternas que componen una narración integral, otra vez una novela total.

Saber cómo son los personajes frente a otros, por fuera, y saber cómo son por dentro: sus intimidades, su desnudez. Yo creo que la obra de Vargas Llosa es el retrato de unos personajes despojados que quieren una dignidad a través de la acción, a través de la búsqueda, y que de vez en cuando la introspección revela que siguen siendo personajes desnudos y vulnerables.

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Quería preguntarle también por esa disciplina de Vargas Llosa que fue tan característica de él. Usted cuenta una anécdota en la que él le hace varios consejos sobre su novela…

Yo agradezco mucho que él destruyó una novela mía…

Y también usted dice que él necesitaba siempre un esquema, así después no lo respetara, porque eso le daba la seguridad mínima para poder escribir.

Él me decía que cuando escribía una novela hacía un mapa. A mí me parece muy importante la idea de que una novela, en general, es la creación de un espacio: un escenario con una geografía, con una historia, con unos personajes definidos físicamente.

Entonces él hacía un mapa y decía: ese personaje empieza acá y termina acá. Pero en el transcurso del desarrollo de esas rutas que hacían los personajes, cambiaban. Los personajes cambiaban. El que había empezado siendo muy pusilánime y apocado terminaba siendo un ser despiadado y abusivo, a lo mejor. O sea que el viaje de los personajes es un modo de conocimiento, un modo de conocerlos, que es algo esencial en el género de la novela.

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Por otro lado, me comentó alguna vez que hay muchas maneras de empezar una novela. Él empezaba muchas veces con escenarios enormes o agresivos, como en La casa verde, donde están esas montañas y el río. Pero que no había muchos consejos sobre cómo acabar una novela. Cómo acabas una novela.

Y me dijo una cosa que recuerdo siempre: “Cuando yo acabo una novela, sé que ese es el final por intuición, pero no puedo dar una razón por la cual ese es el final”. O sea, sé que ese es el final porque hay algo que me lo dice. Y bueno, uno se pone a revisar algunos finales de novelas suyas para sentir que esa era la manera de cerrar la historia.

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