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El Nene, así, sin tilde, fue el apodo que se ganó por vacilar la vida con cariño y compadrazgos. Álvaro Cepeda Samudio y su parranda de amigos cambiaron las formas solemnes y los contenidos de la prensa, la pintura, el cine y la literatura en esta patria. Hoy las academias los estudian como la vanguardia colombiana que modernizó todo: El Grupo de Barranquilla. Sus miembros son conocidos y bien merecido lo tienen, pero hoy el homenaje es pa’l Nene.
A los cultores del arte grueso, les señalo que La langosta azul (1954) es el gran aporte del cine colombiano al surrealismo universal. Y justo hace un puñado de años se proyectó y exhibió en un lugar al que pocos colombianos llegan: el Museo Metropolitano de Nueva York. La misma vaina sucede con el diálogo de los soldados en su novela La casa grande (1962). De tesis doctorales pa abajo se han escrito sobre esa charla. El cuento es así, la década del sesenta apenas gateaba y el Nene usó la literatura para honrar las memorias de todos los colombianos pobres, trabajadores y familias, asesinados el 5 y 6 de diciembre de 1928 en Ciénaga. La Masacre de las Bananeras, horror histórico nacional, fue gasolina para el desarrollo de su prosa comprometida. En el diálogo, los soldados, personajes que la tradición literaria perfilaba como de nula consciencia con su pueblo, y que parecía solo ejecutaban órdenes inhumanas, se atrevieron a reflexionar. Dudaron. Se cuestionaron. ¿Por qué debían acribillar, con sus fusiles, a familias que no hicieron ningún daño? A trabajadores que exigían lo mínimo. A huelguistas dignos, honrados y valientes. Uno de los soldados la tiró plena: “Sería mejor no poder ir a los pueblos. Sería mejor no tener que matar a nadie”. En ese mismo diálogo, se mostró que el Ejército Nacional de Colombia, en yunta con la United Fruit Company, masacró colombianos sin chistar.
El Nene solía cambiar su lugar de nacimiento para mitificar y legitimar su compromiso. Decía que había nacido en Ciénaga, esto le daba mayor cercanía y valor a su denuncia contra la Compañía. Heriberto Fiorillo me confió que era “un embuste válido”. Pero el Nene no solo escribió ficción e hizo cine, también fue un periodista de aquellos que deben estudiarse siempre como pilares del mejor camello del mundo.
El “Nene” periodista
Muy pelao, Cepeda empezó a escribir. Con 18 marzos cumplidos publicó textos en periódicos y revistas colegiales. Se destacan su columna “El periodismo como función educacional” y sus crónicas por Ciénaga. Su vocación germinaba y el estudioso francés Jacques Gilard, a quien le debemos el rescate y publicación de su obra periodística, la definió así: “en el caso del joven Cepeda, el escritor y el periodista, hay algo más: un verdadero valor testimonial. Cepeda dio, sin saberlo, aunque lo declarara insistentemente y a gritos –como tiende a hacerlo cualquier joven que se expresa a través de algún medio de comunicación– el punto de vista de una generación enfrentada con un cambio histórico profundo”.
Desde ese origen, el Nene cultivó un periodismo caudaloso, disruptivo, sarcástico, irónico, moderno y que, para úlceras gástricas de las élites, le mamaba gallo a cualquiera. Desde los roomies por sexenios en The White House hasta los arrendatarios del Palacio de Nariño cada cuatrienio. No distinguía credos ni partidos políticos, y ahí radica su legado más importante. En tiempo de guerras mundiales no fue ni comunista, ni capitalista, fue periodista.
Justamente de periodismo publicó Cepeda su crónica a tres voces. Entrevistó a los tres directores de los periódicos más leídos e influyentes de Barranquilla en los cuarenta: El Nacional, La Prensa y El Heraldo. Era mayo de 1947, pero las lecciones de los líderes informativos no tienen fecha de vencimiento. Julián Devis, director de El Nacional, le dijo al Nene que “El periodismo debe ser una cosa espontánea, nada de rebuscamiento ni de afectaciones innecesarias; decir lo que se tiene que decir, directamente y con pocas palabras. Este es precisamente el éxito de Calibán, que de paso es muy mal escritor. No hay que usar más de las cincuenta palabras corrientes”. En 2026, es facto. Y en cuanto a la necesaria inversión en tecnología, Devis hace un retrato de su época: “Dentro de poco me va a venir un linotipo de los Estados Unidos. Es el primer linotipo que llega a Colombia traído por avión… Cuando salió la primera edición de El Nacional, yo tenía treinta pesos en la caja y debía veintidós mil”.
El director de La Prensa, Carlos Martínez Aparicio, recibió al Nene con una frase de extraña cortesía: “No me quiten mucho tiempo”. Sin embargo, sí le anticipó la dificultad que encararía el Grupo de Barranquilla en su aventura del semanario Crónica Su Mejor Week–End que circuló entre 1950 y 1951. El ocupado director le dijo: “Barranquilla es una plaza muy difícil para un semanario, muy difícil para cualquier clase de publicaciones. La única revista que se ha sostenido por años es Civilización. En Barranquilla tenemos los semanarios preelectorales, aparecen con la misma facilidad con que desaparecen”. Y en cuanto a la profundidad de los temas, Martínez Aparicio aconsejó: “un semanario debe ser algo ágil, frívolo, variado; nada de seriedad, nada de artículos de fondo ni editoriales”.
Por El Heraldo habló el mítico director Juan B. Fernández. Cepeda lo describió como “pequeño de estatura y de palabras”. Sin embargo, la lección que dio está vigente para todo aquel que quiera fundar un medio. Aplica en la era, ya no de tiraje, sino de reproducciones: “primero que todo, deben asegurarse de dos cosas, que son las más importantes para sacar un periódico: respaldo monetario y una circulación asegurada… Las entrevistas son muy poco usadas en Barranquilla, ha sido un campo muy poco explotado y que de muy buenos resultados…Para asegurar la circulación deben emplear el reparto directo, llevar el periódico a las personas y no esperar que estas vengan a comprarlo”.
Y hablando de entrevistas, Cepeda Samudio nos dejó una imperdible. Dos talentos apoteósicos se sentaron a “soplar trago” y a conversar: Alejandro Obregón y el Nene. El resultado es un destilado periodístico más caribe que el patacón con suero. La presentación de Obregón, el hombre que pintó con colores del caribe los cóndores andinos, es un nocaut contra los defensores del arte centralista cachaco: “Vamos a ver si ahora, usando otros símbolos, más elementales y aparentemente menos manoseados, van a oír la gran verdad de Obregón que vamos a gritar a coro, coro ensordecedor, coro costeño, coro de hombres y no de mariconcitos con pantaloncitos ajustados a entecas nalguitas bogotanas”.
El Nene sabía que Obregón era un genio; por eso no usó el lenguaje rebuscado que simula inteligencia. Fue sencillo sobre el enfoque de la entrevista: “No vamos a hablar de su pintura ni de sus esculturas. No me interesa su oficio: eso está ahí: para verlo cada uno a su manera y cada uno puede sentir o ver o maldecir o escupir o acariciar, si quieren, su obra monumental, monstruosa, sensiblera, asombrosa, de segura y fuerte muñeca siempre, irregular como todo lo que resulta de la actitud, habilidad, curiosidad, pasión, compasión, alegría, prisa o aburrimiento frente a la vida diaria e inexorable. Llámese genio Pelé, Picasso, Marini, Oppenheimer, Brancusi, Van Eyk, Fellini, Vivaldi, Faulkner, Britten, García Ponce, Tolstoi, Obregón, Neruda, Bacon, García Márquez o Pedro Yudez”.
Obregón dejó respuestas que por eternas no dejan de ser sabrosas. No obstante, solo les regalaré la garnatá verbal que les dio a esos periodistas que nunca entendieron que ellos no son la figura. A esos que interrumpen al entrevistado, a esos que para una pregunta requieren cinco párrafos. A esos que levitan, Obregón, con el Nene de cómplice, los lapidó: “No interrumpas y déjame seguir porque eso precisamente es lo que hace que los reportajes de los periodistas colombianos no se los lean ni los presos. Las preguntas son siempre más largas y aburridas que las respuestas”.
“Garrincha” y Barranquilla
En esos años escribir sobre fútbol no era para la prensa. Eso era de negros, pobres, coletos y ñeros. Era, entonces, un tema hecho a la medida del Nene. Él sabía todo sobre el mundo cultural, ya había estudiado letras y periodismo en Columbia University, pero nunca vio con inferioridad el mundo de los descalzos. A su estilo pasional, nos legó un perfil de favela y barro sobre el ídolo sudaca Mané Garrincha. Los hinchas del Botafogo lo recuerdan como “El ángel de las piernas torcidas” o “La alegría del pueblo”. Fue campeón del mundo en Suecia 1958 y Chile 1962. Jugó un partido en Junior en 1968 y dejó a millones de hinchas agradecidos por ser testigos de su magia. Así lo presentó el Nene: “En el principio fue el fútbol. El pueblo es pequeño y en las colinas se amontonan las casas pobres, casi favelas, donde las gentes más pobres del pueblo dejan pasar el hambre viendo pasar los ríos, “montones de ríos”, dice Garrincha, que atraviesan el pueblo por todos lados. El pueblo es Pau Grande, a unos 200 kilómetros de Río. En este pueblo, y en una de las casas más pobres, nació Manuel Dos Santos “Garrincha”, el 18 de octubre de 1935”.
Leerlo es imaginar un documental de los más profundos y bailables. Cepeda Samudio cuando hace periodismo une sus imágenes literarias y cinematográficas, e incluso sus pinturas de aprendiz. Todo lector y todo futbolero debe leerlo. Y en esa pelea de ídolos, el Nene le picó la lengua a Garrincha sobre el rey Pelé. Garrincha, extrañamente, no amagó. No hizo ese enganche de samba tan suyo. Ese que la polio le dejó y que, con una pierna más corta que la otra, quebró cientos de cinturas de defensores rústicos. Fue directo: “No somos reyes, somos payasos […] Los jugadores profesionales no somos más que payasos: salimos al campo a divertir a un público que paga por vernos ganar o vernos perder: al igual que los payasos en el circo, nos aplauden si lo hacemos bien y nos insultan si lo hacemos mal, pero de ambas maneras los estamos divirtiendo”.
A Barranquilla y a sus paisanos costeños les metió un jonrón con bases llenas, pero de autocrítica. A esos barranquilleros que sin saber opinan de todo, aplica también para los tiempos de redes sociales, El Nene los bautizó “bobales”: “es una degradación costeña del castizo y abundante vocablo ‘bobo’, e indica una categoría avanzada de esta peculiaridad barranquillera: es decir, que ‘bobal’ es un bobo grande y asociado. Los ‘bobales’ tienen, como la flor de ‘matarratón’, su época: carnavales, reinados de belleza y otros reinados, reuniones cívicas […] pertenecen al folclor de la ciudad como los arroyos, el barrio Rebolo, el Negro Adán, o el equipo Junior”.
Nunca le tembló la mano y en esta nación tan regionalista merece destacar que criticó duro a su pueblo. Lo podrían llamar apátrida regional. Cuando la hija del presidente gringo Lyndon B. Johnson visitó Barranquilla desde Miami, los soberanos quilleros hicieron un cerco de seguridad que le hizo botar el chupo al Nene. Desde su máquina de escribir subrayó que el suceso “sirvió para poner nuevamente en ridículo a esta pobre ciudad, que parece estar, en los últimos días, condenada a ser el hazmerreír de todos”. Fue de frente y los señaló: “Las autoridades barranquilleras y los funcionarios de Avianca, en un despliegue de lambonería que no debe tener paralelo en la historia de ningún país subdesarrollado […] desplegaron el más hostil de los cordones de seguridad”.
Su pluma no era solo contra la región, pues en los tiempos en los que tuvo que atacar a Bogotá por su centralismo cachaco, lo hizo: “Hemos venido insistiendo en estas columnas desde hace tiempo que el indiscutible descontento de la Costa Atlántica no se origina –como quieren hacerlo creer los periódicos del interior del país– en un afán separatista, sino en la odiosa y constante política discriminatoria –de comisión y omisión– que el gobierno aplica sistemáticamente en esta comarca del país […] A menos que la intención sea la de dividir el país en dos regiones: una, la Costa, convertida en un Estado policía; y otra, el interior, en un paraíso para la libertad de expresión. De ser así, más vale que lo digan directamente y sin tantos rodeos, para saber a qué atenernos”.
Así es el Nene. Mucho habrá que escribir sobre su camello periodístico que se ocupó, con dedicación y perrateo al mismo nivel, de Hitler, Franco, Stalin, Truman, una gallina en Tuluá, la decadencia de las suegras o la falda larga. Y no puedo terminar este texto sin reconocer su ingenio comercial de publicista, porque no hay nada más barranquillero que la fría. Y no cualquier fría, allá no se toma cerveza, se entierra Águila y Costeñita a lo que marca. Estos dos productos representativos de la cervecería que fue de Julio Mario Santo Domingo, llavería del Nene por demás, también tienen su historia. Cada eslogan fue su creación. “Sin igual y siempre igual” para Águila y “Costeña-Costeñita, tan buena la grande como la chiquita” para las primas menores.
Con Águila en mano, brindo por la cipote obra que dejaste. El brindis va por tu memoria. Nene: llevas cien años siendo “la mondá”.
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