Los caminos de la isla
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Hacía mucho tiempo que esta isla de San Andrés había tomado forma definida dentro de mí. Antes de desembarcar en su muellecito de madera, ya es taba en el recuerdo. Una serie de voces de muchachas traían historias de la isla, que por su paisaje quería situar, mejor que en el Caribe, junto con sus hermanas del Pacífico Sur. Pero San Andrés, con un recuerdo apenas de palabras llenas de cocoteros y de playas blancas, es ahora una agradable realidad.
En San Andrés, como en todos los pueblos que no quieren dejar de serlo, hay una sola calle. Pero esta calle que comienza en el mar y se trepa por toda la isla, y recorre todos los sitios para hacerlos uno solo, también termina en el mar, como las casas. Porque asomarse al patio de una casa en San Andrés es casi comenzar a navegar. Digamos, solo es un decir, que la Avenida Duarte Blum comienza en el radiofaro inaugurado por el presidente Gustavo Rojas Pinilla y que pone la isla en la ruta de los aviadores que antes no podían encontrarla cuando había nubes. Y digamos también que termina en la hondonada de la bahía de Cove.
Pero para llegar a Cove hay que andar por un camino abierto entre cocoteros y flanqueado por isleños de overoles azules que ven secarse la copra en largos andamios. Hay que pasar por San Luis y ver cómo una pareja de niños detiene el carro del presidente para regalarle un montón de flores silvestres. La lluvia que cae constantemente moja sus vestidos blancos de domingo, y precisamente porque no lo es, hoy es más domingo en los asombrados ojos de los isleñitos.
En todos los caminos, sobre todas las ventanas, hay pequeñas banderas de la patria y un tremendo orgullo de saberse colombianos. Una vieja que no creía que el presidente hubiera llegado a la isla y que tuvo que verlo pasar, se acerca al regreso con un ramo tosco de cayenas:
—Sí, vino el presidente.
—Sí, aquí está, es aquel que va en el carro negro con una dama vestida de blanco y de sonrisa bondadosa, doña Carola.
—Lástima que solo tenga este ramo feo para darle.
—No importa; es suficiente, él se lo agradecerá. Y fue suficiente. El general se ha bajado del carro para recibirle las flores a la isleña: son dos grandes colombianos orgullosos de la patria: el presidente y la vieja isleña.
Andando por estos caminos bajo la lluvia, también se llega a la cárcel. La cárcel es un caserón feo y viejo y sin razón como todas las cárceles. Cuando llegamos, el director había hecho formar en fila a los siete hombres que a pesar de todo están alegres porque ellos también van a ver al presidente, a su presidente. Mat Robinson tiene 77 años y hace diez meses que está preso sin él saber bien por qué. Lo condenaron a solo cuatro meses, pero hace diez que está ahí. Da un ancho paso hacia delante y comienza a decir:
—Mr. presidente…
Cuando ha terminado su pequeña historia hay desconcierto y rabia en los ojos del general presidente por tanta injusticia y abandono de los más elementales derechos del individuo por parte de unos tribunales ineptos. Camargo Gámez también tiene rabia.
—Suéltelo, general, usted puede hacerlo.
—Sí.
Cuando el hombre alto, negro y viejo pidió permiso para dar las gracias, todo pareció más claro en Colombia. Y creo que nunca fue más grande el general que en este momento, cuando hizo prevalecer la justicia y los derechos del hombre más humilde en el más lejano y olvidado de los territorios de la patria.
De regreso, otra vez siempre bajo la lluvia y por entre palmeras dobladas de cocos, hay más bulla en la camioneta de los periodistas. Chelo de Castro es más barranquillero que nunca con sus metáforas de gomeros de agencia postal. Villar Borda está definitivamente despierto detrás de sus lentes de periscopio. Camargo Gámez en su corpachón grande de hombre bueno, es el más alegre de todos. Y ya ni siquiera menciona el vestido de baño que le ven dieron. No hago sino mirar los charcos del camino y las casas que lo bordean, ahora sí totalmente llenas de gentes colombianas.
Hay más bulla en la camioneta de los periodistas: hemos visto cómo un hombre ha hecho que haya justicia nuevamente en Colombia. Los caminos de San Andrés, como ya dije, son uno solo. Comienzan en el mar y terminan en el mar. Y las gentes que se asoman a las puertas de sus casas de madera también son una sola: son colombianos. Y la alegría de las banderitas de papel en las que la lluvia ha mezclado los colores, es la alegría de la patria que ha conquistado para siempre un pedazo de tierra que habían dejado olvidado en el centro del Caribe.
El Nacional, noviembre de 1953
Providencia
En Providencia hay un colegio y en este colegio hay un niño que tiene un tambor. Imagino que también los domingos Felipe Rinkel desfila por la calle de Providencia tocando su tamborcito. Para recibir al general, su presidente, Felipe Rinkel se ha puesto su vestido blanco de uniforme y al frente de todos los niños de la isla ha iniciado el desfile hacia la casa del corregidor, que ahora se llama alcalde.
Los escasos doscientos pasos que separan esta casa del desembarcadero están marcados por una doble hilera de colegiales que sostienen orgullosos sus banderines de papel. En Providencia no llueve. Cuando el presidente Rojas Pinilla se asoma al largo balcón para saludar al pueblo, los niños de la isla comienzan a cantar un himno que les han enseñado para esta ocasión.
Me gusta esta isla porque está llena de niños, y además porque no he visto a nadie tocar con tantas ganas un tambor como a Felipe Rinkel.
* * *
Antes de entrar en la bahía de Providencia hay que pasar primero por la Cabeza de Morgan. La gran roca hace prodigiosos equilibrios sobre su agudo pedestal. Y cuando hay marea baja pueden verse las entradas a las cuevas donde asegura la leyenda que Morgan escondió muchos de sus tesoros. Y digo muchos porque alguna parte hubo de llevarse a Jamaica, naturalmente.
Pero la gente de Providencia no está muy interesada en la historia. De que hubo piratas por estos lados, los hubo. Morgan es un bonito nombre para una roca: lo demás lo suple la leyenda. La presencia de piratas alguna vez está corroborada por la comida típica de la isla: la carne bucanera. Debajo del triángulo de horcones cuelga la carne recién cortada. Y a intervalos regulares es rociada con el “complemento”.
—¿Qué ponen en esa salsa?
—En realidad no sabemos: es invención de los gringos.
Como nadie sabe quiénes son estos gringos, supongo que es una manera que tienen en esta isla de llamar a los piratas.
* * *
En Providencia apenas si los cerros dejan espacio para el mar. Aquí la calle también comienza en el mar, pero termina en los cerros. Hacia el centro de la isla, si usted no sube mucho y el mar no le vuelve a salir al paso, podría creerse que este es un valle como cualquier otro en el continente. Las pequeñas haciendas rodeadas de pasto verde y de ganado parecen que nunca hubieran visto el mar. Desde el centro de la bahía, la isla parece un muestrario de montañas: como si alguien hubiera ensayado formas primero para luego llevarlas a otros países. Las hay codas a escuadra, o agudas como agujas, o redondas como mujeres. Y los cocos silvestres alcanzaron a llegar hasta Santa Catalina.
* * *
Santa Catalina es la isla que cierra la bahía de Providencia. Sus pocos habitantes tendrán que atravesar el estrecho lago que los separa de Providencia y mudarse para allá con sus canoas y sus machetes. Sucede que Santa Catalina es la única parte plana que hay por estos lados y allí se construirá la pista de aterrizaje. Sobre el alto fuerte que vigila la entrada a esta bahía se mueve apenas un pequeño pabellón colombiano. A su lado, un par de cañones oxidados que algún pirata dejó olvidados allí miran inofensivamente hacia el mar.
El Nacional, noviembre de 1953
* Fue un literato y cineasta del famoso Grupo de Barranquilla, al que también perteneció su amigo Gabriel García Márquez. Fue promotor del llamado “boom” latinoamericano de la literatura, cuentista y autor de la novela “La casa grande” (1962). Este texto corresponde a sus trabajos periodísticos juveniles, publicados entre 1944 y 1955. La Universidad del Norte los rescató para su colección Roble Amarillo, basada en el trabajo académico del crítico francés Jacques Gilard. La mayoría fueron publicados en el diario “El Nacional” y algunos en “El Heraldo”. El compendio original se encuentra en el libro “En el margen de la ruta” (Oveja Negra, 1985).