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Amelia Earhart: un alma indomable

Para Amelia Earhart no existía el miedo, o por lo menos estaba decidida a no dejar que este la limitara. Se rehusó a vivir una vida en timidez y le dijo sí a la aventura. Eso se tradujo en montarse en unas máquinas “primitivas y endebles” y llevarlas a lo más alto. Así, cuando no estaba volando, Earhart estaba viendo a los demás hacerlo. El documental En busca de Amelia, de National Geographic, narra su historia, que comenzó en 1897 y, tras más de 80 años desde su desaparición, parece no haber terminado.

María José Noriega Ramírez

17 de abril de 2021 - 01:00 p. m.
El espíritu aventurero de Amelia Earhart la llevó a convertirse en la primera mujer piloto en cruzar el Atlántico. Hasta el último día que se supo de ella, cuando intentaba cumplir con la meta de dar la vuelta al mundo en avión, vivió en función de la adrenalina y de superar los límites. Vivió en su ley.
Foto: AP
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Amelia Earhart perteneció más a los aires que a la tierra. Volando, rompió récords y desafió moldes sociales. En los cielos pudo ser ella misma: la mujer que despreciaba los vestidos y prefería pantalones y chaquetas, la mujer que desde niña ignoró el intento de su abuela por inculcarle los comportamientos femeninos de la época y, en respuesta, optó por jugar con balones y rifles. Volando expresó el alma rebelde que desde niña tuvo, añorando la aventura y enfrentándose a los riesgos, por más peligrosos y grandes que fueran. Saltar vallas, jugar baloncesto y usar los trineos de niños para deslizarse por una de las colinas de Atchison (Kansas), su ciudad natal, así como guiar a sus amigos en expediciones ficticias a través de Asia y África, fueron los primeros indicios de su espíritu aventurero, que años después la llevó a convertirse en la primera mujer piloto en cruzar el Atlántico. Hasta el último día que se supo de ella, cuando intentaba cumplir con la meta de dar la vuelta al mundo en avión, vivió en función de la adrenalina y de superar los límites. Vivió en su ley.

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Conforme Earhart crecía, el mundo avanzaba. Ella fue producto de una época en la que los hermanos Wright desafiaron la gravedad, en la que tomó lugar la Marcha del Sufragio en Washington y en la que las mujeres alcanzaron el derecho al voto. Siendo telefonista, camionera, taquígrafa y fotógrafa, fue hasta que se desempeñó como auxiliar de enfermería, con los veteranos de la Primera Guerra Mundial, que descubrió su pasión. Con la mirada hacia arriba, contemplando el cielo infinito sobre ella, en un aeródromo canadiense donde veía a los pilotos de guerra, se conectó con la aviación. De ahí en adelante, empezó a tener más alas que pies, explorando un mundo que apenas empezaba a ser descubierto por los seres humanos.

Diez minutos, ese fue el tiempo que gastó en su primer vuelo. Tras tomar unos cursos durante los primeros años de la década de los 20, Earhart compró un avión y sacó la licencia como piloto, siendo una de las dieciséis mujeres en Estados Unidos en tenerla. Trabajando en lo que fuera para poder pagar la gasolina, marcó su primer récord: en 1922 alcanzó los 14.000 pies de altura. Fue la primera mujer en hacerlo. Para ella no existía el miedo, o por lo menos estaba decidida a no dejar que este la limitara. Se rehusó a vivir una vida en timidez y le dijo sí a la aventura. Eso se tradujo en montarse en unas máquinas “primitivas y endebles” y llevarlas a lo más alto. Así, cuando Earhart no estaba volando, estaba viendo a los demás hacerlo.

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Considerada la Reina del Aire, marcó historia. Superando límites de velocidad y altitud, se convirtió en la primera mujer en sobrevolar Estados Unidos en solitario, gastando 19 horas en completar el viaje. “Me hubiera gustado hacerlo más rápido”, afirmó. Esas ansias de retarse a sí misma, que se tradujeron en retar al resto del mundo, la llevaron a ser la primera persona en volar en solitario de Hawái al continente, en un momento de la historia en el que a las mujeres no se les permitía manejar carros. Sus alas ya estaban extendidas por los cielos y no estaba dispuesta a permitir que nadie se las cortara, ni siquiera las normas que regían a la sociedad en ese entonces. Si sobre la tierra imperaba la rigidez, la fluidez y libertad que sentía en el aire no estaba dispuesta a negociarlas. Era la sociedad la que tenía que adaptarse a Earhart, no Earhart a la sociedad.

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Y así fue con todo, hasta con su vida personal. Portando un vestido color marrón, no blanco, se casó en 1931 con George Putnam, el editor que publicó la biografía de Charles Lindbergh (la primera persona en cruzar el Atlántico, despegando en Nueva York y aterrizando en París). El día de la ceremonia le escribió: “Querido G.P.P., debes saber nuevamente de mi reticencia a casarme. Siento el impulso, quiero que me entiendas. No te obligaré a seguir ningún código medieval de fidelidad hacia mí, ni me consideraré obligada a seguirlo. Debo exigirte una promesa cruel y es que si en un año no hemos encontrado felicidad juntos, me dejarás ir”. Así, Earhart decidió que su vida, en lo personal y en lo profesional, no iba a estar condicionada por los demás. Al contrario, la iba a vivir bajo sus propios términos.

El cielo fue su límite. A bordo de su Lockheed Vega rojo, alcanzó el otro lado del Atlántico. Se convirtió en un símbolo. ¿Qué venía después? Dar la vuelta al mundo en avión, una meta ambiciosa que nunca alguien la había alcanzado. Desde Oakland hasta Miami, pasando por Suramérica y África, hasta Asia y el Pacífico, el mundo entero era su objetivo. Los registros escritos y fotográficos que dejó, gracias a los telegramas que envió conforme avanzaba en su viaje, muestran el asombro que sintió, por ejemplo, frente a la lluvia en la zona del Ecuador. “Nunca he visto gotas de lluvia como estas. Dificultan la visión”. Luego de seis semanas, Earhart aterrizó en Lae, Nueva Guinea, el 1 de julio de 1937. Un día después no se volvió a tener certeza alguna de ella, más allá de que una cámara capturó el momento en el que, en compañía de Fred Noonan, abordó el Lockheed Electra, despegando por última vez. Earhart siempre supo el precio que podía pagar por su espíritu aventurero, por seguir su sueño, y lo asumió como tal. No en vano le escribió a su hermana Muriel, por si no regresaba de su primer viaje transatlántico, que: “He apostado por algo importante y si tengo éxito, tanto mejor. Si no, estaré feliz por dejar este mundo viviendo una aventura así”.

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