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Amin Maalouf, un león de las letras

El escritor libanés había presentado una petición para que el premio se conceda a los moriscos expulsados de España.

Javier Valenzuela / El País de España

10 de junio de 2010 - 06:21 p. m.
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Semanas atrás, Amin Maalouf firmó, junto con Goytisolo, Saramago, Manuel Pimentel y otras gentes de buena voluntad de España y fuera de España, una petición para que el premio Príncipe de Asturias de la Concordia le fuera  concedido este año a los moriscos expulsados de su tierra en los siglos XVI y XVII. Es un asunto de justicia y equidad: otros compatriotas forzados al exilio por el fundamentalismo nacional-católico, los judíos sefardíes, ya recibieron ese galardón en 1990. No sabemos si el deseo de Maalouf y los otros firmantes se materializará ahora o en ediciones venideras, lo que sí sabemos es que el Príncipe de Asturias de las Letras recayó el miércoles sobre el escritor libanés. El jurado destacó su infatigable defensa de la cultura y de la convivencia.

Maalouf, en conversación telefónica, afirmó que es un hombre particularmente feliz por el hecho de que el galardón sea español. Su primer gran éxito internacional, la novela León el Africano, versa, de hecho, sobre un granadino exiliado: Hasan Ben Muhamad Al-Wazzan. “Siempre me ha interesado mucho Al Andalus, ese modelo de convivencia de las tres religiones monoteístas y esa edad de oro de la civilización árabe, pero al personaje de Hasan, también llamado León, llegué por causalidad”, cuenta. “Un día, estaba leyendo un libro sobre otro gran viajero, Ibn Batuta, y, en una nota a pie de página, vi que tal comentario de Ibn Batuta había sido confirmado por León el Africano. El nombre era raro, me llamó la atención. Así que busqué en un diccionario y leí que había nacido en la asediada Granada nazarí de Boabdil, que, tras la conquista de la ciudad por los Reyes Católicos, su familia había huido a Marruecos para no verse obligada a adoptar el cristianismo, que había sido un gran viajero y geógrafo y que había terminado en una corte papal. Ya no pude abandonarlo. Leí todo lo que había sobre él, viajé a Granada y escribí esa novela”.

Nacido en Beirut en 1949, instalado en Francia para escapar de las guerras que desangraron Líbano en los años setenta y ochenta, escritor en francés, ganador del Goncourt en 1993, Maalouf ha escrito ensayos y novelas maravillosas sobre el mundo árabigo-musulmán de ayer y de hoy, como Las cruzadas vistas por los árabes y Samarcanda, y textos iluminadores sobre la actual condición humana, como el reciente El desajuste del mundo. El haber nacido en el seno de una pequeña comunidad, la greco-católica, de un país que siempre ha sido punto de encuentro, y de fricción, entre Oriente y Occidente, el islam y el cristianismo, la política y la religión, la sensualidad y los negocios, ha forjado su personalidad de intelectual, que defiende a la par la universalidad de los valores de la ciudadanía democrática y la riqueza de la diversidad cultural. Frente a los ultras de la pureza de sangre, Maalouf propone el mestizaje, la asunción de las múltiples identidades con las que cargamos la inmensa mayoría. Así lo escribió en Orígenes: “Pertenezco a una tribu que, desde siempre, vive como nómada en un desierto del tamaño del mundo”. En el caso de Maalouf esas identidades serían las de libanés, árabe, de origen cristiano, de idioma francés, de valores democráticos y convicciones europeístas, de gustos mediterráneos… e hispanófilo. “España”, dice, “me atrae por dos razones muy poderosas. Una es Al Andalus. Otra es que siempre he soñado con que Líbano se convirtiera en un país moderno,  democrático. Tenía muchos elementos para conseguirlo, pero no ha podido ser. En cambio, España ha hecho un verdadero milagro en los últimos 30  años, se ha convertido en uno de los países más democráticos y avanzados.”.

La geografía, estar en el lado occidental del Mediterráneo, favorece hoy a España y perjudica a un Líbano que, en el lado oriental, sufre en carne propia la tragedia palestina y los otros conflictos de Oriente Próximo. “El mundo entero, y no sólo los habitantes de la zona, necesita una solución rápida y justa a los conflictos de Oriente Próximo, empezando por el caso palestino”, dice Maalouf. “Lo que ocurre allí envenena desde hace décadas todo el planeta. Y el mundo también necesita una Europa más unida y con mayor peso. Si Europa no se une, si no consigue una armoniosa integración de los inmigrantes, si no se alza como la gran referencia de la libertad, la ecología, la paz y la cultura, todo el mundo, no sólo los europeos, lo sufrirá. Europa es, debe ser, la voz de la razón”.

Maalouf espera que el premio que el miércoles le fue concedido no impida que España sea capaz de reconocer algún día la tragedia que sufrieron los moriscos. “Los judíos sefardíes y los moriscos fueron grandes víctimas de una visión de uniformidad cultural y religiosa que entonces se impuso a la fuerza en España y que, lamentablemente, reaparece una y otra vez en la historia humana, incluido nuestro tiempo. Conozco muchas historias de moriscos expulsados de España que se instalaron en Marruecos y otros países mediterráneos. Siempre vivieron con la nostalgia de España, con el deseo de volver a casa”.

Cabe recordar que así comenzaba León el Africano: “Mi sabiduría ha vivido en Roma, mi pasión en El Cairo, mi angustia en Fez, y en Granada vive aún mi inocencia”.

Por Javier Valenzuela / El País de España

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