Las respiraciones se agitan, las caricias levantan la ropa, los besos se agolpan y las sonrisas se delatan. El gozo en su pura expresión. Un encuentro donde no hay maquillaje, sombras que cubran la carne escurrida ni las arrugas, ni las canas, ni la piel y sus pecas. Inge, de 67 años, y Karl, de 76, apenas se conocen y a plena luz del día unen sus ganas y muestran la urgencia de saberse deseados.
La expresión Wolke 9 (nube nueve), en alemán, que es el título original de la película, podría derivarse de la clasificación de las nubes donde la novena se caracteriza por su aspecto esponjoso o quizá por una de las fases del budismo en el progreso para llegar a la iluminación. En todo caso, sea cual fuere su origen, denota felicidad o ese estado de ensoñación que evoca el cielo y sus algodones blancos, y que marcará el ritmo diáfano del enamoramiento de los protagonistas de este filme.
El director alemán Andreas Dresen centra su historia en una pareja que lleva 30 años de casados: Werner, por Horst Rehberg, e Inge, interpretada por Ursula Werner . Llevan una vida tranquila, se conocen, se tienen confianza, se muestran cariño y tienen una vida sexual activa. Un día como cualquier otro, la mirada de Inge se cruza con la de Karl y el misterioso poder del deseo empieza a ejercer su fuerza y a girar el destino. Dresen recuerda la canción de John Lennon, Beautiful Boy “Life is what happens to you while you're busy making other plans” (La vida es lo que pasa mientras uno está ocupado y haciendo otros planes) para evidenciar lo que le pasa a Inge en esta historia.
Nada es seguro, nada es inamovible y el amor puede vibrar en las almas a pesar de los cuerpos desgastados. Esas parecieran ser las premisas de En el séptimo cielo.
De una manera honesta, sin giros tangenciales, con un ritmo pausado, diálogos escasos, sin concesiones decorativas o musicales y un realismo sorprendente, esta película mueve algo en el interior del espectador y deja preguntas en el aire. “Desde el comienzo sentimos que no necesitaríamos muchas palabras. Primero porque Inge y Werner se conocen tan bien que no necesitan frases para comprenderse. Segundo, porque en la nueva historia de amor los cuerpos hablan su propio lenguaje”, confiesa el director.
A pesar de que el fin de la película no es poner en un estrado a la mujer adúltera que logra destruir un hogar construido con altos y bajos, por unos aparentes impulsos adolescentes o necesidades de la carne, la disyuntiva entre juzgarla o no o de preguntarse si ya es demasiado vieja para una historia de amor es inevitable.
Es de destacar este paisaje cinematográfico que escapa a la glorificación de la belleza y de la juventud, características tan comunes en la sociedad, en especial en el medio del cine y de la televisión que muchas veces justifican la presencia de unos actores que sólo cobran sentido por su registro. También habría que resaltar esta historia que incluye la tercera edad como protagonista y que por su tratamiento original y sincero logra asombrar y chocar.