Ana Paula Tavares, poeta invitada a la FILBo 2026, nació cuando Angola era todavía una colonia portuguesa. Comenzó a escribir mucho antes de que hiciera públicos sus escritos. Pero a través de ellos se ha convertido en una de las figuras más reconocidas de la poesía angoleña. Estudió Historia en la Universidad de Lubango, antes de mudarse a Lisboa para estudiar una maestría en Literatura Africana.
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En 2025 fue ganadora del Premio Camões y es parte de lo que se conoce como la novísima generación de los años 80 en Angola. Su poesía y prosa hablan de las mujeres y su condición en su país. Sus textos han sido publicados en antologías en Portugal, Brasil, Francia, Alemania, España y Suecia. Durante su estadía en Bogotá, habló para El Espectador sobre la lectura como identidad, las barreras lingüísticas de la colonización y el pasado angoleño que hace parte de su historia.
Comenzó a publicar en la década de 1980, pero escribía desde mucho antes. ¿Cuál fue su sensación al ver que sus textos eran leídos por muchas más personas?
He pasado una gran parte de mi vida en una situación colonial y he escrito toda mi vida. Empecé cuando era muy niña y descubrí que era capaz de escribir. Pero a mi alrededor estaban pasando muchas cosas que creía que eran más importantes que publicar. Continué escribiendo, pero la conciencia nacional, el activismo, los problemas de la alfabetización de las otras personas, los problemas de las escuelas y universidades, entre otras cosas me hicieron llevar a lo público lo que hasta ese momento había sido un secreto que a veces compartía con mis amigos. También viví la independencia de Angola. Los primeros años fueron muy difíciles, pero cuando llegaron los años 80 y cumplí 30 años, pensé en que tenía que publicar o callarme para siempre.
¿De qué trataban esas primeras publicaciones?
Durante mucho tiempo varias personas me insistieron en que publicara porque hablaba de mujeres en un momento en el que la poesía estaba muy comprometida con la lucha por la independencia y, aunque yo también lo estuve, me preguntaba: ¿dónde están las mujeres? Porque todo el mundo hablaba como si nosotras no pudiéramos hablar de nosotras mismas. Teníamos un pasado en el que las mujeres africanas eran vistas como un objeto exótico y erótico, eran fotografiadas y descritas, pero a ninguna le preguntaron qué pensaba sobre eso. Yo decidí escribir desde el punto de vista de la mujer, lo que yo siento, los problemas de amor, de los amados, de la traición, de la vida, del cotidiano, porque yo pienso que la vida de las mujeres es tan compleja y eso no estaba aún en la literatura.
¿Cree que la condición de las mujeres, especialmente en su país, ha mejorado en lo que lleva de carrera?
Infelizmente, tengo que decir que no. La vida en este momento en mi país es una vida particularmente difícil para las mujeres. Son ellas que transportan el país a sus espaldas. Nosotros hemos vivido en guerra permanente, primero fue la guerra por la independencia, después fue la guerra civil. Los hombres estaban en la guerra. Eran las mujeres tenían a los hijos y trabajaban en la informalidad. Y yo pienso: ¿dónde está la formalidad?, porque no existe para este tipo de cosas. Me da tristeza decir que las cosas no han cambiado mucho, las mujeres hoy en día aún no son protegidas, aún no son escuchadas e, incluso, cuando ellas tienen cargos de poder, eso no es sinónimo de que la situación cambió. Muchas veces veo que estas mujeres en cargos muy importantes practican una política que es mimética del comportamiento masculino para probar que son tan buenas como los hombres.
¿Cuáles han sido los autores que han sido imprescindibles para forjar su identidad?
Hay una formación clásica en el sentido colonial. Los libros que leíamos eran los grandes clásicos de occidente, de portugueses, ingleses y estadounidenses. Pero uno cuando descubre la lectura sigue su propio camino. Recuerdo muy bien el momento en el que cambió mi forma de leer cuando llegue a los escritores brasileños. También hubo un giro muy grande la primera vez que leí a Gabriel García Márquez, en la década de 1970, y pensé que era una forma muy distinta de ver el mundo. Con “Cien años de soledad” entendí que el Sur existe. A partir de ahí, tuve la necesidad de leer otros autores africanos, porque no los conocía. El colonialismo nos impedía de saber lo que se escribía en otras antiguas colonias que ya eran independientes. No sabíamos nada de los autores de los dos Congos. Tenemos 2.600 kilómetros de frontera con el Congo democrático, pero no los conocíamos. Compartimos tradiciones culturales en las regiones de frontera de los dos lados, pero no los conocíamos. Son autores que publicaron en francés, que pueden ser conocidos en París, pero no por los otros africanos.
¿La lectura se volvió una puerta para su identidad?
Como mujer africana creo que se me abrieron dos puertas. Una, por esto, la complejidad de la lectura, las diferentes maneras de decir lo mismo pensando que todos estos autores escribieron en antiguas lenguas imperiales. Escribían en francés, en inglés y en las otras lenguas. Por otro lado, me fasciné con la lectura de lo primario y lo que he leído sobre la creación del mundo por los indígenas de aquí y de las tradiciones orales que estaban cerca de mí y que debía conocer. Esos son los aspectos en los que la lectura me ha realmente transformado y me sigue transformando. Todos los días descubro cosas nuevas.
¿Cuándo empezó a escribir poesía y por qué se interesó por este género en específico?
Desde siempre la poesía fue mi manera de expresarme, porque creo que es lo más cercano a la tradición oral. Las tradiciones orales tienen ese lado poético. Son transmitidas de generación en generación por medio de la poesía y las canciones. La memoria colectiva se transmite de una generación a la otra a través de canciones que los ancianos cantan y que los jóvenes aprenden. Escribir poemas, trabajar con la palabra, la palabra corta, sola, me pareció siempre una manera de estar muy cerca de ese sentido primario de la palabra. Yo tengo envidia de los grandes novelistas. Me gustaría escribir una novela muy bonita y grande, pero pienso que lo que conozco mejor es el mundo de la poesía. Y es el mundo fundador, desde el que puedo hablar de los problemas universales, la existencia de las mujeres, los problemas del ambiente, de los ríos, el agua, las montañas y las tormentas.
¿Cuáles fueron las historias que le contaron sus mayores que dejaron una huella en usted?
Por razones del propio colonialismo, soy una mestiza. Tengo una abuela blanca portuguesa y una abuela negra que es de un pueblo de pastores. Heredé las tradiciones de las dos. Era curioso porque mi abuela portuguesa era analfabeta y mi abuela angoleña escribía, leía y tenía su vida completamente independiente. Pero las dos me transmitieron cosas de su propia vida, lucha y existencia. A veces, como si fueran cosas muy normales. Por ejemplo, me acuerdo muy bien de cuando mi abuela negra me enseñó a hacer un cesto con fibras y mientras las trenzaba, me iba contando historias de sus antepasados, de sus creencias, de sus dioses, de cómo curar un dolor o atender a una mujer en trabajo de parto. Mi abuela portuguesa me contaba cosas de su vida en Portugal como campesina. Era una mujer muy pobre y me hablaba sobre sus gallinas y sus cerdos y cómo criarlos. También me enseñó a plantar ciertas plantas. Me contó sobre el hambre en Portugal y cómo ella y mi abuelo migraron a Angola para buscar un mundo mejor.
Yo viví entre esos dos mundos: uno que era blanco, racista y colonial, y el “otro” al que se me prohibía entrar. Yo vivía con mis padrinos porque, en ese momento, era normal que los padres pobres dejaran a sus hijos con familiares con mejor ingreso para que tuvieran acceso a la educación. Eso me restringía el aprender lo que eran “los otros” y desencadenó desde muy niña la necesidad de conocer ese mundo. Pero tenía un problema y es que no hablaba la lengua de los pastores porque nací y crecí hablando portugués. Tuve que leer catecismos y libros de gramática del siglo XIX que habían escrito los misioneros en ambos idiomas. Así fui entrando en otros universos de la lectura. Ese periodo me hizo cuestionarme quién era yo, si era de un lado o del otro, porque no pertenecía a ninguno y me sentía en una especie de limbo. He intentado construir mi vida para superar esas barreras.