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Aníbal ad portas

En un amanecer de junio de 217, en la orilla del lago Trasimeno, una batalla marcó el principio de un período oscuro en la historia de Roma, que a la postre sacaría valiosas lecciones de la derrota.

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Rafael Baena
17 de junio de 2012 - 09:00 p. m.
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Había una vez un país donde los padres no amenazaban a sus hijos traviesos con el Coco sino con Aníbal. Fue en la Italia de hace 2230 años, cuando Roma intentaba consolidarse como potencia económica y militar, pretendiendo además imponer su modelo político en el Mediterráneo occidental.

No obstante, en su propósito de hacer prevalecer su modelo republicano -sustentado en el poder de un senado aristocrático y en la formidable maquinaria de guerra constituida por las legiones- se atravesaba otra república: Cartago. Situada en la costa norte de África, en el actual Túnez, y también heredera de la tradición griega, en sus orígenes Cartago había sido una colonia fenicia y por tanto hacía gala de una vocación comercial que llevaba a sus navegantes a cruzar el estrecho de Gibraltar -las ‘columnas de Hércules’- para ir a recalar sobre las costas de África occidental, de donde traían oro. Hacia el norte del paso, sus marinos hacían cabotaje desde las costas del actual Portugal y llegaban hasta Britania, en donde intercambiaban con los celtas mercancías por estaño y otros metales necesarios en aleaciones.

En el pasado, romanos y cartagineses se habían aliado para luchar contra el rey griego Pirro, rey de Epiro, pero una vez se aseguraron de que este no volvería a incursionar hacia el occidente del Mediterráneo, quedó claro que en adelante la rivalidad entre ambos sería el factor predominante.

Igual que Roma, para poder comerciar Cartago necesitaba además una flota de guerra con el suficiente poder disuasivo ante los piratas, y puertos que le sirvieran no solo para reabastecerse sino como cabezas de playa donde establecer colonias en Sicilia e Hispania, entre otros lugares. Y si el sistema político romano contemplaba la elección de dos cónsules, encargados de ejercer el poder ejecutivo y el mando militar, la asamblea de ciudadanos cartaginesa elegía dos sufetes, uno de los cuales fue el general Amílcar, apodado Barca, que significa el rayo, y quien a principios del siglo III a.C. fue el encargado por su ciudad-estado de hacer la guerra a Roma.

La maldición de Dido

Amílcar consagró su vida a una guerra que lo llevó a luchar en tierras de Sicilia y de Hispania, península hacia la que extendió la influencia de su ciudad. Fue él quien perfeccionó el sistema de contratar mercenarios para el ejército, y también el designado para combatirlos cuando estos se amotinaron. Salambó, la novela que Gustave Flaubert escribiera después de Madame Bovary, es una hermosa recreación literaria de aquel episodio. A la postre, Amílcar resultaría derrotado y muerto, no sin antes casarse con una mujer íbera que sería la madre de Aníbal, quien aprendió a hacer la guerra al lado de su padre, que no solo le heredó su apodo sino también su obsesión: vencer a Roma.

A la muerte de Amílcar, el joven Aníbal es designado comandante de la caballería por Asdrúbal, el nuevo general en jefe, que aprovecharía el período de relativa paz para fundar Cartago Nova, más conocida como Cartagena. El cuerpo montado de ejército lo integraban por entonces jinetes de las tribus del desierto de Numidia, un ‘personal’ conflictivo y de difícil manejo que le obliga a practicar las artes de persuasión con los miembros de otras culturas para sumarlos a su causa.

Tras unos años como comandante de caballería, y después de participar en múltiples batallas y escaramuzas contra los romanos y contra las tribus hostiles en Hispania, Aníbal es designado general en jefe por el consejo de ciudadanos durante un período de ‘hagámonos pasito’ en que Cartago se compromete a no ir más al norte del río Ebro, siempre y cuando Roma haga lo propio. No obstante, el tratado de paz es violado por el cartaginés cuando sitia Sagunto, un protectorado romano que está dentro de su zona de influencia pero cuyos habitantes pro-romanos someten a sangre y fuego a los pro-cartagineses. La ciudad cae, pero Roma despliega dos enormes ejércitos, uno en Sicilia y otro en Italia, para ir hasta Hispania en busca de Aníbal, darle su merecido y de una vez por todas someter a la república rival.

Es octubre del año -218 y el general no ha cumplido aún sus treinta, pero concibe un movimiento estratégico de una audacia que no se veía desde tiempos de Alejandro Magno: en lugar de esperar a que vengan por él, opta por ir hasta Italia a buscar pendencia. Ha llegado el momento para el que se preparó toda la vida, pues la leyenda dice que cierto día su padre le hizo jurar que destruiría Roma. Otra leyenda, enraizada en la fundación de ambas ciudades, relata que Dido, la princesa fundadora de Cartago, frustrada al ver que su amante, el troyano Eneas, se va a fundar otra ciudad cumpliendo órdenes de Júpiter, quema todas las pertenencias de aquel en una pira y antes de enterrarse en el pecho la espada del ingrato que la abandona lanza un anatema: nunca podrá existir amistad entre los dos pueblos, que de esa forma quedan condenados a guerrear entre sí generación tras generación.

Un tuerto victorioso

La ciudad que fundaría Eneas el troyano era Roma, y la maldición de Dido estaba en la memoria de Aníbal cuando partió desde Cartagena hacia el norte con una fuerza integrada por cartagineses, íberos y mercenarios númidas. Cruzó los Pirineos, reclutó un número indeterminado de hombres entre las tribus galas, eludió las fuerzas romanas que salieron a su paso en un punto cercano a la actual Marsella y, para sorpresa de todos, emprendió el ascenso de Los Alpes a la cabeza de casi cincuenta mil hombres, diez mil caballos y treinta y siete elefantes.

Todavía los historiadores debaten con ardor sobre cuál fue el paso empleado por el cartaginés para atravesar el macizo montañoso y cumplir su propósito de ver a sus pies el valle del río Po. Hay un óleo de Goya que recrea ese momento, literalmente cumbre, de la historia. Lo cierto es que durante la travesía el ejército perdió buena parte de sus efectivos a manos del frío y de las emboscadas de las tribus montañesas, aunque los sobrevivientes, a pesar de estar hambrientos y quemados por los hielos, tuvieron ánimos para descender la ladera y caer a finales de año sobre el fértil valle, donde se les unieron más galos a pie y a caballo, lo que sirvió de contrapeso a la pérdida de la mayor parte de los elefantes.

La experiencia de Aníbal como comandante de caballería fue esencial cuando sus fuerzas se desplegaron en el norte de Italia. El primer choque, a la altura del río Ticino, actual Lombardía, fue en realidad una gran escaramuza entre los jinetes númidas y los romanos, que llevaron la peor parte. Su comandante, el cónsul Publio Cornelio Escipión, resultó herido y fue salvado por su hijo Publio, quien estaba destinado a ser el único estratega capaz de derrotar al cartaginés.

Poco tiempo después, en las márgenes del río Trebia, cerca de Piacenza, Aníbal hostigó el campamento enemigo con su caballería, que tenía órdenes de retirarse una vez el enemigo emprendiera su persecución, como en efecto sucedió. Los legionarios romanos atravesaron las heladas aguas del río con la nieve cayendo sobre sus espaldas. Hambrientos y mal dormidos, las alas de su ejército fueron golpeadas otra vez por los jinetes y por los pocos elefantes que habían conseguido pasar Los Alpes sin despeñarse. Sin protección montada en sus flancos, las legiones fueron atacadas por los jinetes de Magón, el hermano menor de Aníbal, quien había permanecido escondido con sus hombres en un bosque nublado.

Seis meses después le llegó el turno a las tropas del cónsul Cayo Flaminio Nepote, quien perseguía a los cartagineses en medio de la niebla en cercanías del lago Trasimeno. Escondido en un bosque vecino con una fuerza ligeramente superior en número, Aníbal vio pasar a los romanos bordeando la orilla del lago con su único ojo -el otro lo acababa de perder, según parece que por causa de una infección en un herida mal curada-. Cuando la alargada columna estuvo completa y a la altura convenida previamente, los invasores cerraron la trampa echándose sobre ellos, que sin tener tiempo para establecer formación de batalla fueron masacrados inmisericordemente o empujados hasta el agua, donde se ahogaron. Murieron quince mil, incluido el cónsul, cuyo cadáver jamás fue encontrado.

Pero a Roma le faltaba sufrir un desastre aún mayor: Cannas, donde Aníbal y sus cuarenta mil hombres esperaron a dieciséis legiones, casi noventa mil efectivos, con la clásica formación de la infantería en el centro y la caballería en las alas, dejando que los romanos se vinieran de frente y, al tiempo que resistían el embate, poco a poco fueron retrocediendo en el centro dejando los flancos en su posición original, de modo que se formó un bolsón en el que cupo casi toda la fuerza enemiga. Entonces, la tenaza de los jinetes númidas y galos presionó desde los lados para cerrar el círculo. Para no alargar el cuento, murieron entre cincuenta mil y setenta mil romanos, y desde entonces Cannas es considerado el modelo de táctica más digno de imitar cuando se desea aniquilar por completo al enemigo.

Aníbal recolectó entonces los anillos de los muertos eminentes, que eran muchos porque en la batalla había participado lo más granado de la sociedad romana, y los mandó a Cartago como prueba de su victoria. A partir de ese momento jugó al gato y al ratón con las legiones durante más de dos lustros, porque no recibió los refuerzos que necesitaba para lanzar sobre la capital de las siete colinas el ataque decisivo. No sería derrotado en Italia sino, paradójicamente, en su propio territorio, en un lugar llamado Zama y, también paradójicamente, por jinetes mercenarios númidas contratados por Escipión Africano, un general que después sería su amigo y con quien se sentaría a compartir recuerdos.

Pero su nombre quedaría asociado al terror, y la expresión Aníbal ad portas -Aníbal está en las puertas- se usaría durante muchos años para significar peligro y amenaza. Y cuando una madre romana quería meter en cintura a su retoño díscolo, no tenía más que pronunciar el nombre de aquel general tuerto. 

Por Rafael Baena

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