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'Antioquias', 200 años

La exposición subtitulada ‘Diversidad e imaginarios de identidad’ fue inaugurada en junio y estará abierta hasta el 18 de agosto.

Juan Esteban Agudelo Restrepo /Especial para El Espectador

04 de agosto de 2013 - 04:00 p. m.
Un letrero gigante con la palabra ‘HANTIOQUIA’ es la obra con la que participa Fernando Arias en la exposición ‘Antioquias. Diversidad e imaginarios de identidad’. / Archivo particular
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Apasionado, trabajador, infatigable, patriota, hábil para los negocios: “El valor es virtud antioqueña”, afirmó el médico y geógrafo Manuel Uribe Ángel. Pero Gonzalo Arango, el escritor nadaísta, tuvo una opinión distinta de esa misma cultura, de la ciudad que vivió, de Medellín: “Eres incapaz de producir un líder espiritual, ni siquiera un mártir. Porque antes de que el Iluminado diga su mensaje de salvación, ya tú le has ofrecido un puestecito en el Banco Comercial Antioqueño, y lo conquistas para heredero de tus tradiciones, socio de la Venerable Congregación de los Fabulosos Ingresos Per Cápita”.

¿Cuál es la historia que se debe contar de una sociedad? El Museo de Antioquia tiene una respuesta clara: todas. En eso se basa su actual exposición, Antioquias. Diversidad e imaginarios de identidad, realizada a propósito de los 200 años de independencia del departamento y que incluye posiciones en contravía como las de Manuel Uribe Ángel y Gonzalo Arango.

Nydia Gutiérrez, curadora del museo, y Juan Camilo Escobar, historiador y profesor de la Universidad Eafit, lideraron la curaduría de esta exposición. Ellos señalan que las fiestas patrias y aniversarios de independencia tradicionalmente han servido para exaltar los valores de una sociedad, para poner un puñado de nombres, próceres, héroes y líderes en el pedestal de la historia, “y la narración de la vida de un pueblo queda en manos de las élites, con una sola versión de los hechos que niega la diversidad”, asegura Escobar.

Por eso, la exposición le da cabida a tantas voces como sea posible. No se trata de una apología a lo antioqueño, tampoco de una detracción. Lo que el museo pretende hacer es una revisión crítica. Sin tomar partido, pero sin negar hechos. Da cuenta de la Antioquia afrodescendiente e indígena, de la mujer, de los conflictos como el narcotráfico, la guerra, el desplazamiento o la explotación minera. Pero esto no significa la exclusión de sus prácticas artísticas más tradicionales y representativas.

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“Siempre hay un imaginario sobre la cultura, sobre cómo es un pueblo. En el caso de Antioquia, ese imaginario está muy marcado, y no sólo dentro del departamento sino en Colombia. A través de la colección de arte del museo, de archivos y objetos históricos, de música, video, danza y arte contemporáneo, se abre la posibilidad de apreciar que no existe una sola Antioquia, que existen muchas maneras de ser antioqueños, de ahí el nombre de la exposición: Antioquias, en plural”, explica Ana Piedad Jaramillo, directora del museo.

“No existe ninguna explicación del porqué dentro de este hermoso museo existen fotos de un personaje que es reconocido como uno de los peores asesinos de la historia”. Este comentario quedó escrito en el libro de visitas del Museo de Antioquia el pasado 5 de julio. El hombre al que se refiere es Pablo Escobar, incluido dentro de la exposición con una fotografía en la que la postura de su mano se usa para hacer referencia a Horizontes, la famosa pintura de Francisco Antonio Cano, considerada una obra insigne del departamento y que tiene un lugar privilegiado en la muestra al ser entendida como ícono de la pujanza y colonización antioqueña, rodeada de otras obras que muestran cómo, históricamente, se han interpretado y malinterpretado esos ideales.

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“El narcotráfico es un hecho histórico y un tema al que se le ha dado mucha importancia. Los medios de comunicación lo usan constantemente porque se han dado cuenta de que tiene un atractivo comercial. Pero ¿cuál debería ser el tratamiento que una institución seria tendría que darle? Es importante hacerse esa pregunta y mostrar las estrategias que la comunidad ha asumido para curar las heridas que dejó. Puede resultar sensible que pongamos esto en el museo, pero una revisión de la historia no puede dejar por fuera un capítulo oscuro, justamente porque no debería repetirse”, asegura Nydia Gutiérrez.

Una de las intenciones de la exposición es generar debate. Que la incomodidad y la curiosidad que despiertan ciertas obras se traduzcan en un ejercicio de reflexión. Aunque ha generado reacciones tan fuertes como el ataque de uno de los visitantes contra la obra que enseña a Pablo Escobar, del artista Carlos Uribe.

La muestra incluye piezas que han generado impacto entre el público, como el letrero gigante en el que se lee “HANTIOQUIA” en la fachada del museo, creado por Fernando Arias, con el que hace referencia a cómo una letra que ni siquiera suena genera cuestionamiento, en una metáfora a la sordera colectiva. También hay obras que hablan del desplazamiento, como el mapa apuñalado de Rosemberg Sandoval o las telas bordadas por mujeres víctimas del conflicto armado, presentadas por Libia Posada. En total, 26 artistas fueron invitados para reflexionar sobre cómo se ve el departamento a través del arte. La mayoría optó por la crítica.

“Debemos entender el compromiso ético y político del arte contemporáneo. Somos conscientes de que eso hace parte de los artistas de hoy y no podemos negarlo, porque no podemos quedarnos con posiciones y mentalidades de academias de arte del siglo XIX. El Museo de Antioquia es un museo contemporáneo. Debe preservar la memoria, pero también debe registrar lo que ocurre”, sostiene la curadora Gutiérrez.

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Todas estas obras dialogan con varias de las piezas históricas de la colección del museo, pertenecientes a artistas como el ya nombrado Francisco Antonio Cano, Rafael Sáenz, Eladio Vélez y creadores polémicos y censurados para su tiempo como Carlos Correa y Débora Arango.

Uno de los aspectos más interesantes de la exposición, según el crítico Jaime Cerón, es que “tiene el ánimo de revitalizar la colección histórica, de hacerla ver como algo próximo a la vida de las personas que la visitan. Los objetos del museo, al interactuar con el arte contemporáneo, dejan de ser vistos como tesoros inertes e inmóviles, y las personas, al ver cómo esos objetos han hablado de problemáticas y temas que aún existen, comprenden que sus vidas están relacionadas con esas piezas”.

¿Qué somos los antioqueños?, es una de las preguntas que se hace la exposición. “De todos los grupos que pueblan a Colombia son los antioqueños, sin duda, los más típicos”, se lee en un texto escolar de tercero de primaria de 1970 que se encuentra en las salas.

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Por Juan Esteban Agudelo Restrepo /Especial para El Espectador

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