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Antonio Nariño: traductor

Retrato de la figura detrás de la primera traducción de los “Derechos del hombre” al español y uno de los precursores del periodismo colombiano.

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Pablo Montoya C.
31 de diciembre de 2015 - 03:32 a. m.
El 2015 fue declarado por el Ministerio de Cultura como el año de Antonio Nariño, en homenaje a los 250 años del natalicio del prócer. / Archivo
El 2015 fue declarado por el Ministerio de Cultura como el año de Antonio Nariño, en homenaje a los 250 años del natalicio del prócer. / Archivo
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Su tez, blanca y pecosa, se ponía rubicunda cuando contaba chistes. Todo el mundo se divertía por lo ingeniosos que eran, y en la fría población sabanera muchos lo apreciaban por su conversación. Se casó muy joven con doña Magdalena Ortega, hija del administrador de la Renta de Aguardientes de Santafé, y tuvieron varios hijos.

Como se sabe, un prócer sin familia es como un puente sin pilares y, en su caso, fue ella quien soportó las ausencias debidas al compromiso de su esposo con la patria. Además de ensartar falacias con facilidad, a Antonio Nariño le iba bien con las lenguas: la francesa era la que mejor se acomodaba en su garganta. Como buen precursor del periodismo colombiano, le gustaba opinar sobre cualquier cosa.

Uno de sus sueños fue fundar un periódico donde la noticia fuese mínima y la opinión del periodista resaltara escandalosamente. La suerte lo favoreció con un panfleto monotemático que llamó La Bagatela, durante los tiempos de la Patria Boba; y otro de igual esencia, al final de sus días, que intituló Los Toros de Fucha. Era diestro en el cultivo del embuste para azuzar los ánimos y aprovechaba cualquier ocurrencia para ponerla a su favor. Podía pasar sin mayores problemas, como si se tratara de un virtuoso de los caracteres humanos, de la peor iracundia a las ternuras más inesperadas.

Nadie lo igualaba cuando ponía en ridículo la testarudez de sus opositores. Era ondeante como lo es la bestia política por antonomasia. A veces, parecía el perfecto genio de la fidelidad y el respeto a las causas que decía defender. En otras, se erigía como el maestro neogranadino de la engañifa y la impostura. Fue una lástima que se le hubiera atravesado en el camino la figura de Simón Bolívar, porque Nariño se habría robado todas las luces de la Independencia.

Pero de las tórridas llanuras del oriente debía surgir el caraqueño. Y surgió como una impetuosa quimera de carne y hueso para rebasar al santafereño en el escrutinio popular y luego borrarlo fácilmente de las arenas políticas. A Nariño le gustaban el despilfarro, los libros prohibidos, las mujeres de miradas lánguidas. Las joyas y las prendas caras lo desvelaban. Con la plata que sacaba de las cajas reales que tenía a su cuidado, hacía viajes frecuentes y fastuosas comilonas en su propiedad de la plazuela de San Francisco. A su inteligencia vivísima se le introdujo, finalmente, la idea de que su país sietemesino debía tener un gobierno centralista. No hubo poder humano para hacerlo retroceder en esta obsesión radiante. Siendo presidente de la Provincia de Cundinamarca, le metió candela a la Nueva Granada porque los ricos de las provincias del Reino se negaron a seguirlo en su dictatorial deliquio.

La primera guerra civil colombiana lo recuerda como uno de sus dirigentes más preclaros. Su sentido común y la capacidad para engarzar anecdotarios en sus artículos lo salvan de la gris solemnidad que nimbó el discurso de Camilo Torres, su férreo émulo. Y con seguridad era mucho mejor sonreír con la chismografía provinciana de Nariño, que bostezar hasta la llegada de la noche con la aburrida retórica de Torres.

La gran diferencia entre ambos es que Nariño confesó lo que él era en el fondo: un conspirador nato, un traidor consumado, un rebelde sin marrullerías de hipócrita. Como a pocos hombres de su época, le tocó probar la hiel de la traición y la humedad de las mazmorras. Su trasiego de años por las cárceles de España, que eran malolientes y laberínticas, le ha valido el mayor sentimiento que pueda merecer un héroe: el de la triste compasión y jamás el de la envidia.

Su carrera de detenciones se inició con la traducción que hizo de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. Creyendo que el documento en cuestión era inofensivo, pues algunos de sus principios ya estaban impresos, y quienes los habían escrito andaban libremente por las calles del Imperio, Nariño editó algunos ejemplares en la imprenta de un amigo. José Manuel de Ezpeleta gozaba a la sazón de paranoia virreinal y tenía a Santafé sembrada de sapos.

Fue avisado de la blasfemia lingüística del criollo y lo mandó detener. La cadena de los batracios actuó así: don Francisco Carrasco dijo haber visto la Declaración en manos de don Juan Muñoz. Muñoz, a su vez, señaló la biblioteca de don Miguel Cabal. Cabal, presionado por los tres oidores del virrey, señaló la casa de don Luis de Rieux. Éste la de don Manuel Froes. Y éste la de don Ignacio Sandino. Sandino dijo que lo había visto en casa de don Pedro Mantilla. Mantilla mencionó a don Hilarión Zea. Zea denunció a don Sinforoso Mutis. Mutis habló de don José María Cabal y don Enrique Umaña y don Pablo Uribe y don José María Durán. Todos ellos, con la lengua haciendo presión en los carrillos, favoreciendo el estrabismo de esos bichos de los pantanos, con la voz trémula, señalaron al culpable. Por último, Nariño mencionó la imprenta La Patriótica de don Diego Espinosa de los Monteros.

La mayoría de los lectores fueron condenados a prisión por un documento que nunca vieron impreso las autoridades, porque Nariño logró recoger los dos ejemplares que vendió y los otros fueron quemados antes de la captura.

Pero los jueces averiguaron bien qué sucedía en la vida secreta del santafereño. Supieron lo que leía en los ratos libres, de las reuniones nocturnas que hacía en su casa, del fervor con que comentaba la revolución de los Estados Unidos. Lo condenaron entonces a diez años de prisión en África y le confiscaron todos los bienes por conspirar sigilosamente contra las autoridades españolas. Nariño se fue para atrás ante el plúmbeo peso del adverbio.

Por Pablo Montoya C.

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