El Magazín Cultural

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26 Sep 2020 - 3:33 p. m.

Aparición de un Villano

Presentamos una reseña de Escribir por escribir de Jaír Villano.

Víctor Ahumada

El libro se nos presenta con una prosa ágil, seductora y, por momentos, mordaz. También, para decirlo a grandes rasgos, se ofrece en dos mundos: uno literario y otro cinéfilo.
El libro se nos presenta con una prosa ágil, seductora y, por momentos, mordaz. También, para decirlo a grandes rasgos, se ofrece en dos mundos: uno literario y otro cinéfilo.
Foto: Cortesía

Hacer crítica nunca es fácil. Al crítico se le ama o se le odia, no hay término medio. En un país como el nuestro, donde abunda el amiguismo y el coro literario, esta tarea puede resultar mucho más difícil, pues emitir un juicio objetivo sobre una obra o un autor es prácticamente correr la madre. Eso, como sabemos, no se perdona.

Hernando Téllez argumentaba, a propósito de lo expuesto en el párrafo anterior, que el medio social colombiano (años cincuenta y sesenta) se constituía como un gran impedimento a la hora de realizar una crítica objetiva, coherente y sin complacencias. No sé, en cuanto a lo referido por Téllez, qué tanto ha cambiado ese pasado panorama nacional en referencia al presente. Supongo que debe haber sido mucho, pues es bastante el agua corrida desde ayer hasta hoy.

A grandes rasgos se puede notar que de referentes como Sanín Cano, Volkening o el ya mencionado Téllez, se pasó a Gutiérrez Girardot y Valencia Goelkel, y de estos a Cobo Borda, Harold Alvarado Tenorio, Carlos Rincón o Ariel Castillo Mier. Por citar sólo algunos de los nombres que se me vienen a la cabeza.

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No puedo afirmar (ya que eso sólo lo sabe él) que a quien aquí presentaré se inscriba en esa tradición de la crítica nacional. Tampoco busco compararlo (aclaro, pues no faltará quien lo piense) con los nombres mencionados. Estas líneas buscan únicamente hablar de su libro, o de una parte de él. No siendo más, dejémonos de ambages y vayamos al nombre.

Jaír Villano (1993) es un escritor, periodista y crítico literario caleño cuyos textos han aparecido en distintos medios de comunicación (El Espectador, Arcadia, Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República, Vice, La Silla Vacía, entre otros). Ha sido compilador de libros como Like a Rolling Stone, Historias y perfiles de estrellas y bandas de rock (Caza de libros, 2017) y publicado El cadáver de una balada (Caza de libros, 2015) y Escribir por Escribir (Expresión Viva, 2018). A este último le consagraremos aquí un respectivo análisis.

Escribir por Escribir

¿Por qué se escribe? Esta pregunta, que no es ninguna novedad y que sigue tan vigente como la primera vez que alguien se la hiciera, ha sido objeto de reflexión para muchos escritores y, de igual modo, ha suscitado respuestas variopintas: se escribe porque “en medio de tanto desamparo, solo tenemos la honda compañía de la palabra”, dice Héctor Rojas Herazo. “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”, reza Juan en su Evangelio.

Si tomamos la segunda sentencia, diríamos que el título que escoge Villano queda inmediatamente justificado. Primero, porque se presenta claro y conciso. Segundo, porque así como no se sabe porqué y cómo nos enamoramos, tampoco se sabe porqué y cuándo se sienten deseos de escribir. Escribir por el placer de escribir; escribir como un fin en sí mismo; escribir porque, como diría Heidegger, “el lenguaje es la casa del Ser”. Eso es lo que mueve al autor de este libro.

El libro se nos presenta con una prosa ágil, seductora y, por momentos, mordaz. También, para decirlo a grandes rasgos, se ofrece en dos mundos: uno literario y otro cinéfilo. Debido al poco conocimiento en cine que tiene quien escribe, nos ocuparemos solamente del literario.

Entrando de lleno en el contenido de la obra tenemos que dentro de ese mundo literario existen unas divisiones expuestas de la siguiente manera: Colombia, letra querida (página 15 – 47), Antes y después del Boom Latinoamericano (51 – 67) y Ser o no ser: lo bajo, lo medio y lo alto (73 – 109).

En la primera división Villano empieza con una reflexión sobre ese vicio de favores que se ha tomado por asalto la literatura nacional, para luego hacernos un recorrido por nombres propios de las letras colombianas y caleñas.

El primero de ellos es Juan José Hoyos, el cual analiza en sus facetas de cronista y literato. En el rol de cronista se detiene en obras como El oro y la sangre y Sentir que es un soplo la vida. Referente a la de literato, destaca Tuyo es mi corazón y El cielo que perdimos. Ambos géneros son, a juicio de Villano, abordados de forma excepcional por el autor antioqueño.

Siguiendo con las letras de ámbito nacional, aborda tres autores: Luis Fayad, Antonio Caballero y Tomás González.

Referente al primero, Villano, destaca Los parientes de Esther (1978) como una novela que se ha constituido en un referente de la literatura urbana en Colombia. Con respecto al segundo, nos va a mostrar cómo el escritor bogotano en su obra Sin remedio (1984) ofrece, a partir de la ironía, el estilo de su escritura, y un personaje como Ignacio Escobar, una radiografía de Bogotá y el país. En cuanto a González, lo que Villano hace es no destacar una obra en particular, sino que da cuenta de la forma en la que este escritor se sirve de la novela y el cuento para abordar varias de las temáticas (las obsesiones, la amistad, el desamor, etcétera) que ha venido desarrollando desde su narrativa inicial. También, valga decir, resalta el estilo sobrio, sutil y afinado de este escritor.

En cuanto a las letras de su departamento, Villano pasa a ajustar algunas cuentas con el divo de las letras caleñas: Andrés Caicedo.

Aquí llama la atención que Villano, siendo joven y caleño (ya sabemos que esta situación no exige por defecto una filia), analice la obra del siemprevivo sin ningún tipo de contemplaciones (lea usted mismo, apreciado lector): “Yo también me divertí con las travesuras de Miguel Ángel, con el miserable Ricardito, con El atravesado, con Maternidad. Pero los buenos libros no son los que más se venden sino los que se revitalizan con cada relectura. Y Andrés no es de releer, ni de culto, es puro divertimento”.

Cerrando esta primera división aparece una reflexión que lleva como título “Calibalismo Literario”. En ella Villano da cuenta cómo en su ciudad existen unos plumíferos que en lugar de escritores parecen relacionistas públicos. Siempre que hay algún tipo de evento literario ellos aparecen entre los primeros invitados. No se publica una hoja ni se escribe una línea sin que ellos lo aprueben.

Siguiendo con la segunda división encontramos un recorrido por esos autores latinoamericanos ensombrecidos por el Boom. En dicho recorrido figuran Rubem Fonseca, Juan Carlos Onetti, Felisberto Hernández, Julio Ramón Ribeyro y Roberto Bolaño. Valga decir que esta selección de nombres es acertada. Es innegable que el peruano Ribeyro y el uruguayo Hernández constituyen dos representaciones máximas del cuento latinoamericano. Con respecto a la calidad de Onetti y Fonseca, nadie la pondrá en duda. Fueron dos escritores que demostraron igual maestría tanto en el cuento como en la novela. En cuanto al chileno, Villano centra su análisis en 2666 y concluye que, a pesar de la maestría narrativa de Bolaño, a este le faltó tiempo para depurar esta obra de algunas páginas, pues no aportan mayor cosa y se tornan innecesarias en una trama que ya de por sí es extensa.

La tercera división de estos ensayos la abre un análisis sobre esa falsa felicidad que se presenta en las redes sociales. Para ello, Villano, se sirve del santo patrono del pesimismo y la infelicidad: Arthur Schopenhauer. No contento con ello, el joven caleño trae a cuento dos poetas: Wislawa Szymborska y Fernando Pessoa. De la primera no tenemos nada más que leerla para notar el escepticismo y la ironía que destila su poesía. ¿Qué decir del segundo? Nada. El poeta del desasosiego no necesita presentaciones sino lectores. Por último, entre toda esta pléyade de autores, aparece Dostoievski, otro autor del que es poco lo que se puede decir. Raskólnikov e Iván Karamázov hablan por él.

A esta galería de autores que aparecen en el libro de Jaír Villano se podrían sumar Truman Capote, Charles Bukowski, John Cheever, Raymond Carver y Jonathan Franzen, entre otros, pues de la escritura de todos ellos se ocupa el caleño. También, como ya mencioné al inicio, hay una parte dedicada al cine de la que bien valdría la pena ocuparse. Sin embargo, repito, quien aquí escribe no es el indicado para ello, hacerlo sería como quedar sin salvavidas en medio de la bastedad del océano.

Siendo consciente (como expresé al inicio) de la dificultad que implica la crítica literaria, no queda más que saludar con placer el libro de Villano y recomendar su lectura. Primero, porque se trata de una novel apuesta que busca hacer una crítica ecuánime, alejada de amiguismos y que valora, por encima de todo, el nivel de una obra. Segundo, porque se presenta con una prosa propia para el disfrute del lector. Tercero, porque es momento de ampliar el espectro para conocer los nuevos valores que puede ofrecer, a futuro, la crítica literaria en Colombia.

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