¿Hay motivos de optimismo en una época en la que la IA parece amenazar a la humanidad con el exterminio, o al menos con convertirse en una subespecie poseedora del imperfecto procesador original llamado “cerebro”? Eso parecen sugerir los escritores de código y CEOs de las grandes compañías que compiten por la IA. Se dice —no sólo en el reciente documental que lleva el nombre de este texto— que viviremos en una suerte de comunismo primigenio en el cual la IA nos pagará sueldos igualitarios simplemente para mantenernos vivos; que no es el momento de traer niños al mundo porque probablemente no llegarán a la secundaria; que en el transcurso de menos de una generación habremos perdido nuestro empleo, nuestra libertad y nuestro dominio sobre este mundo. Estas son las predicciones apocalípticas de los nuevos sacerdotes de la humanidad, los programadores que, si bien tienen conocimiento de sus tecnologías, no han sido los más competentes a la hora de tener una idea de lo que es la inteligencia, de cómo se ha desarrollado la actividad humana a lo largo de la historia y de cómo entender el trabajo, la cultura o la naturaleza.
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Es cierto que hemos creado una tecnología que un solo ser humano no está en capacidad de comprender en su totalidad. Pero sobre todo, que no estamos en capacidad de predecir, ni en sus acciones concretas ni en su evolución futura. Hemos creado algo artificial que tiene el potencial de evolucionar independientemente de nosotros. En cierta forma, esto ha sucedido con toda tecnología lo suficientemente compleja. En el siglo XIX, en medio del desarrollo de la revolución industrial y de máquinas que podían someter la naturaleza a nuestros designios, Darwin señaló que, excepto por nuestros tímidos y limitados intentos de domesticación, la naturaleza evolucionaba por caminos impredecibles e incontrolables. Marx señaló lo mismo con respecto a la historia que parecía “avanzar sobre nuestras cabezas”. Por ello son estas dos cosmovisiones con las cuales seguimos peleando. Hoy tenemos una tecnología que efectivamente parece capaz de crear un dominio propio y que seguirá caminos que no le hemos trazado, imprimiendo sobre el mundo una agenda propia que no tiene por qué coincidir con la nuestra. Es por ello que las noticias de cuando una IA miente para lograr sus objetivos, cuando engaña para cumplir una tarea en su interés, son las que más nos atraen y nos asustan. ¿Cuándo surgirá de la caldera en ebullición, del código predictivo de la LLM, la mano que nos tomará por el cuello?
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En estas líneas no podré responder si nuestros temores están fundados o infundados. No lo sé. Parecieran elipsis desmedidas. No es la primera vez que sobre la humanidad se ciernen temores apocalípticos; considérese el miedo al fin del mundo que sobrevino a los habitantes de Europa en el año mil, como lo atestigua el historiador Norman Cohn en En Pos del Milenio. Sin ir más lejos, recuérdese Y2K. Pero las nuestras (por ser las nuestras) parecen más graves, noticias del frente, de los que están viendo los primeros movimientos del monstruo de Frankenstein.
No hace falta proyectar más predicciones apocalípticas. No hay que irse al futuro para constatar los cambios que ya ha traído la IA y los que no. Quizá sean estos una mejor medida de si nuestros temores son infundados.
En primer lugar, no hay duda de que el foco del debate se ha desplazado. No hay frente de la actividad humana que no se esté abriendo a la necesidad de plantearse esta pregunta: ¿qué implica para nosotros la IA? ¿Cómo nos acoplaremos con ella? ¿Seremos capaces de “competir” con los nuevos sistemas? ¿Seremos reemplazados? Lo que producimos ahora se ve deficiente, imperfecto frente a lo que hace la IA. No nos damos cuenta de que en muchos campos, sin embargo, la IA no logra resultados milagrosos frente al actuar humano, y si a ello vamos, tampoco logra enmendar caminos de acción inconducentes y ciertamente no ha tomado el asunto en sus manos. Considérese la guerra en Irán. No me cabe duda de que es un conflicto en el cual ha jugado un rol preponderante la IA. Poco hemos señalado, sin embargo, que el uso de esta tecnología no parece haberle dado una ventaja estratégica a EU, ni ha prevenido que mueran civiles. La voluntad de los promotores de la guerra ha logrado imponerse sobre la “inteligencia” de la IA. Al parecer, tener inteligencia artificial no nos hace más “inteligentes”. Ya lo decía Schiller: contra la estupidez humana, cuyo poder no se ha de subestimar, hasta los dioses luchan en vano.
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Segundo: sentimos que vivimos en un universo agotado desde el punto de vista de la creación humana. Desde hace décadas pareciera que todas las grandes canciones ya se escribieron y no nos queda más que hacer covers; que lo que en las letras había que decir ya se dijo; en ciencia aún vivimos bajo teorías que en muchos casos tienen más de 100 años –hay que recordar que la teoría de la relatividad tiene 120 años. Pero ahora hay algo que nos abrirá caminos, nos mostrará nuevos frentes, o eso creemos. Sin embargo, poco consideramos que la IA funciona reconociendo patrones. Su “inteligencia” no avanza involucrándose con las situaciones y el mundo. No es contextual como la nuestra; no tiene un campo semántico simplemente porque estos sistemas no “habitan” el mundo como nosotros lo hacemos. Sigue funcionando despertando nuestra intuición, recordándonos lo que ya sabíamos.
Si lo consideramos, volviendo a la cosmovisión darwinista, nuestra cognición evolucionó impulsada por los problemas que debíamos solucionar de cara a la supervivencia. Esa aptitud de supervivencia es fundamental para lo que llamamos “inteligencia”; la tienen incluso organismos sin grandes cerebros. Los virus nos infectan sin “saber” cómo hacerlo. La naturaleza ha creado sobre eones de tiempo seres que son competentes sin comprensión. Hay más sabiduría en tu cuerpo que en tu filosofía más profunda, dice Nietzsche. La evolución es más inteligente que tú, dice el filósofo Daniel Dennett. Este mecanismo, el más “inteligente” que ha existido, hay que recordarlo, es natural. Aún no hemos visto a la IA rompiendo el código de los virus que nos enferman. Puede que sea cuestión de tiempo. Pero, mientras tanto, en medio del apocalipsis, y a menos que uno sea un tonto tirano que cree que salvará a la humanidad creando una guerra, aún hay motivos de optimismo y orgullo en ser los poseedores de un ejemplar del procesador original: un cerebro humano.
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