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17 May 2016 - 4:38 a. m.

Aquella luz perdida

La reivindicación del origen hispánico de América y no una defensa de la conquista de los españoles: Enrique Serrano en “Donde no te conozcan”.

Isabel-Cristina Arenas

El escritor colombiano Enrique Serrano, autor de la novela “Donde no te conozcan”. /Óscar Pérez - El Espectador
El escritor colombiano Enrique Serrano, autor de la novela “Donde no te conozcan”. /Óscar Pérez - El Espectador

Tiene sentido escribir primero sobre el pasado para saber de dónde venimos y hacerlo después sobre el presente para averiguar cómo evitar el naufragio de la tierra en que se vive, o de la que se proviene. Enrique Serrano (Barrancabermeja, 1960) publicó hace casi veinte años La marca de España (1997) y en la pasada Feria del Libro de Bogotá presentó ¿Por qué fracasa Colombia? En medio de los dos escribió Donde no te conozcan (2007), que narra la persecución de dos familias de judíos sefarditas, los Cardozo y los Méndez-Pinto, en la España de la Reconquista, hasta su llegada a América.

La luz, el silencio, la esperanza y el olvido, así se divide la novela y podríamos decir que la historia. 1346: todo comenzó en la isla de Mallorca con la muerte del abuelo Çag, un armador y naviero de la estirpe de la Casa de las Dos Estrellas, constructores de barcos desde siglos atrás. Sus familiares debieron fingir que el abuelo también había muerto de peste negra o bubónica, pues de lo contrario serían sospechosos de tener pactos con el demonio y acusados por los cristianos de ser los causantes de la enfermedad, la misma que se llevó la vida de millones de personas en esa época.

En Lucena, muy cerca de Granada, una familia de médicos lloraba la muerte de Saúl Cardozo, el hijo menor, quien días antes del fallecimiento les había revelado la fórmula de setecientos veinticuatro medicamentos. La sabiduría era acumulada en la memoria de los ancestros y pasaba a través de las generaciones, pero ahora debía ser escrita. Entre estos remedios estaba el uso del yodo para tratar la peste, así como otros secretos botánicos que hicieron valiosa a la familia a ojos de reyes cristianos y musulmanes.

“Hombres y mujeres que rezaban a un Dios único, aunque le dieran apelativos distintos”. Familias que vivían unas junto a otras, que habían fundado ciudades aprovechando las diferencias, que aprendieron idiomas, filosofía, matemática, que tradujeron tratados médicos y lograron vivir en paz, ahora estaban en guerra por la religión, como siempre, y por la tierra, como siempre. Muchas de ellas llegaron a América en el siglo XVI, y mezcladas con los indígenas comenzaron a formar lo que hoy es Colombia, dijo Serrano en una entrevista con Juan Carlos Iragorri en la promoción de su reciente libro.

Zvía, una integrante de la familia Cardozo, le dice a su familia: “Es preciso buscar otro rey y otra tierra, otro suelo y otro cielo, con tal de no perder a nuestro Dios, huid mientras aún tengáis tiempo”. Hoy los refugiados de las guerras no huyen para conservar a su dios, sino para no perder la vida. Según las cifras de Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), a junio de 2015 ya iban 59,5 millones de personas desplazadas de su lugar de origen. Seis millones de ellas son colombianas. Aunque Serrano afirma que Colombia no ha fracasado, que es muy joven para hacerlo, a veces parece que la experiencia de los siglos es inútil, condenada al olvido.

En 1492 un cosmógrafo genovés, Cristóforo Colombo, encontraba una nueva forma de llegar a las Indias y con esto una esperanza —aunque este no fuera el objetivo— tanto para moriscos como judíos, y todo el que quisiera o tuviera que huir de España. Los Cardozo, ahora los Lucena, y los Méndez-Pinto, ahora los Méndez-Laínez, pues debieron cambiar de nombre, viajaron de un lado a otro para conservar su dignidad, su religión, la vida. Sin embargo, muchos de ellos murieron, los más inocentes, como siempre. Las pasiones humanas, la ira, la envidia, la amargura y las declaraciones que incitaban al odio, “redactadas desde la sangre y no desde la fe”, fueron, y son, la condena de la humanidad.

La última página del libro ocurre en América, en Zapatoca (Santander). La escribe un descendiente de las familias que protagonizan la novela para que los suyos recuerden de dónde provienen y que no olviden “el tronco que los une, por su lengua, por su sangre y por su talante”. A veces el olvido de la historia puede ayudar a conservar la cordura, aunque sin duda incrementa la probabilidad de repetición y, por lo tanto, de fracaso.

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