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Aquí mismito: viajes, sabores, filias y sonidos (Cuentos de sábado en la tarde)

No tuve que irme tan lejos para que la vida abrazara mis cinco sentidos. Aquí mismito, en la región Caribe colombiana, las historias alimentan los latidos de mi corazón.

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Linda Esperanza Aragón
20 de marzo de 2021 - 07:00 p. m.
Silvana de Andreis, manos de brisa.
Silvana de Andreis, manos de brisa.
Foto: Linda Esperanza Aragón
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Así sea en burro

Hace unos días me encontré esta frase en el sitio web de Primo E’ Costa: “A la gente que viaja a Venecia, a París, a Berlín sus amigos le piden postales. Pero a los que van a cualquier municipio costeño como Plato, Cereté, El Banco, Lorica les piden un bloque de queso, un pote de suero, un racimo de guineo, un bulto de yuca, un ciento de pescado, una mochila, una gallina pa’ la graduación, un remedio pa’ la gripa. Por eso sale más barato irse a Europa”.

Me reí hasta más no poder porque me sentí identificada: a mí también me piden de todo cuando viajo. No asumí esta frase de manera literal, pero sí me preocupa que muchas personas lo hagan. Cada vez más recibimos anuncios de las aerolíneas ofreciendo sus ofertas y la idea de que afuera la vida es más sabrosa, que en Europa hay más paraísos y mejor comida. Eso nos emociona, ahorramos, viajamos y publicamos la foto en las redes sociales: la prueba reina de que nuestros pies leyeron un suelo nuevo.

Aquí, de metiche, les sugiero que no se dejen cautivar por esa publicidad. ¡Por qué no conocer lo que tenemos cerquita! No sugiero que jamás pisemos Europa, lo que digo es que, además de las maletas repletas de ropa, deberíamos nosotros mismos ser valijas con información valiosa de nuestro terruño, ser equipajes de relatos que vayan más allá de los estigmas.

El verdadero viaje no es irse muy lejos, es también ir a la tienda de la esquina y toparse con los amigos, los vecinos, los señores que juegan dominó y las historias del diario vivir; es visitar el mercado y el pueblo más cercano y recorrer en canoa sus cuerpos de agua, conocer sus calles caminando, descubrir su tradición oral al charlar con los lugareños; es probar la comida.

Viajar no solo consiste en subirse a un avión, viajar también es tratar de entenderle las entrañas a nuestra tierra, a lo que está cerquita.

¡Ah!, si les piden sacos de viandas y usted no puede llevarlos, no se atormente, lléveles detallitos más pequeños, lléveles anécdotas y abrazos. Si no se los aceptan, mándelos al carajo, eso también es un viaje. Allá quizá aprendan a no ser tan exigentes y pretenciosos. Lo importante es conocer nuestra tierra. Viajemos, así sea en burro.

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Dulce de coco con guineo

En Barranquilla Ana Rosa de la Hoz, mi abuela, no pierde la costumbre de hacer dulce durante la Semana Mayor. Le fascina complacer el paladar de su gente: desde el último bisnieto hasta su hijo más viejo. No falla.

En una olla monumental mezcla cocos, bananos, azúcar y vainilla.

Se pasa casi todo el día vigilando la olla y meneando el dulce. En la noche, le da la última probada y anuncia: “¡Ya está casi listo!”. Hijos, nietos y bisnietos la abordamos con plato y cuchara en mano. Al verse rodeada, nos dice: “¡Carajo!, ahora sí lo está”. Un colectivo de glotones, o sea 25 hambrientos, es el ingrediente final.

Cuando nos disponemos a comer el dulce, la abuela nos sugiere: “Déjenle un poquito a las ánimas”.

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Humeante ritual

Amparo Escobar, de 70 años, desde las 6 de la tarde vende fritos cerca de la terraza de su casa en el corregimiento de Bomba, Magdalena (Colombia). Diariamente acomoda la mesa de madera, atiza el fogón, amasa con firmeza y le pone sazón a su ritual.

Son más de 20 años con sabor a empanadas de carne y de queso, carimañolas y arepas de huevo y de dulce hechas con maíz pilado, el cual compra en las tiendas de la población.

El olor de las empanadas recién salidas del caldero abraza las casas aledañas y el pasar de la gente. Es un olor fascinante que aborda los sentidos y origina las ganas de celebrar la vida a punta de mordiscos.

Los fritos humeantes frenan los pasos de cualquiera.

Amparo es la pionera de la venta de fritos en el pueblo, siempre está presente en las fiestas patronales y en las de fin de año. Niños, adultos y veteranos le van a comprar. No solo se trata de un acto comercial, mientras voltea las arepas, les mete conversa a sus paisanos: hablan desde un dolor de muela hasta del matrimonio más reciente.

Para quienes deseen tener una buena charla y probar una exquisita y crocante empanada, carimañola y arepa de huevo o de dulce, ella es el amparo.

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Enith

Los sabores del Caribe colombiano están en mi barrio barranquillero, cerquita de mí, al ladito de mi casa. El paladar no lo duda, a cada rato se va de viaje por los rincones de la región. Ese grito memorable de mi vecina Enith Santodomingo me pone contenta en seguida: “¡Linda, mija, asómate a la ventana!”. Yo pauso cualquier actividad y corro hacia la ventana para recibir el portacomidas. Al abrirlo y descubrir los alimentos siento lo mismo que cuando miro un mapa para corroborar que estoy donde quiero estar. A veces no pestañeo para no perderme la fusión de los colores y respiro con plena consciencia para dejar que el aroma de la comida derrote algún mal recuerdo o pena que me atormente.

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No tiene que ser una fecha especial para que mi vecina me brinde patacones, arroz de pescado, peto, mazamorra de plátano, sopas de mondongo, empanadas de queso, arroz de coco y dulce de mango. Cualquier día ella y su cariño dan el grito que me estremece y me atrae hasta la ventana de los manjares para recibir esa comida caliente que me advierte que el verdadero desarraigo es olvidar los sabores de nuestra tierra. La sazón de mi vecina me aleja de esa terrible amnesia. Gracias, señora Enith.

***

Manos de brisa

Al verla tocar el bongó en su casa del barrio El Libertador, en Santa Marta, compruebo que su espíritu salsero sigue revestido de una experiencia envidiable e irrepetible en 1977: estar presente en el concierto de Rubén Blades y Willie Colón en La Saporrita, una caseta barranquillera. Siento que cuando toca, los recuerdos de ese concierto vigorizan las palmas de sus manos. Silvana de Andreis es mi amiga, es el abecé del ritmo.

Su caminar es música y su cabello, siempre rozando los hombros, parece una llovizna vivificante cuando ella lo acaricia y lo mueve al hablar con tanta sabiduría. Son 67 años que no han pasado en vano. Su voz de bolerista nutre los latidos de cualquier corazón.

Estoy segura de que su sangre, la misma de Alfredo Correa de Andreis, se vuelve fiesta cuando toca el bongó.

Nunca se ha teñido el cabello ni maquillado, por eso siempre pregona esta frase que inventó y que tiene escrita en la pared de su patio: “Cuando tu cara es tu alma, para qué espejos, en tus manos te puedes mirar”. Yo me veo en las manos de Silvana cuando le pegan al cuero del bongó; me veo y me siento. Sus manos son como la brisa samaria de febrero que me sacude, me esculca las nostalgias y me quiere tumbar con su fuerza. No se está con rodeos, se apodera de mi cuerpo que no es huidizo.

Cuando Silvana toca su bongó jamás me carcome la incapacidad de mirar, la miro fijamente, mis ojos se van con su música noche a noche. La miro. Para qué espejos…

Por Linda Esperanza Aragón

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