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Arriba el telón callejero

‘País de cintas amarillas’ es la obra de los hijos de las vendedoras de la plaza de mercado de Manizales.

Mónica Diago

01 de octubre de 2008 - 04:27 p. m.
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A la plazoleta de la Universidad de Caldas llega un payaso en un taxi que pita  cada dos segundos. Sacando su cuerpo por la ventana del auto hace guiños a los estudiantes que lo miran asombrados. El carro se detiene justo en la mitad de la plaza donde lo espera un público joven. El payaso se baja, le da una nalgada a un estudiante que se atraviesa en su camino  y empieza a repartir bolsas de agua entre el público para liderar una lluvia artificial y colectiva. Fisurados, es el nombre de este espectáculo chileno, uno de los mejores del espacio callejero.

Mientras tanto, en otro lugar de la ciudad, la Plaza Bolívar, los peruanos de La tropa del eclipse divierten a los más de mil manizaleños que se han agolpado en ese lugar. De pie, porque la lluvia ha mojado el asfalto donde se deberían sentar los espectadores. Obreros, profesoras, vendedores, estudiantes y especialmente niños aplauden cada vez que los peruanos eligen a alguien del público para que participe en el  show.

Subiendo varias lomas y bajando algunas empinadas se llega a la calle 14 en el barrio Campohermoso, donde un grupo de 12 menores ensayan la obra País de cintas amarillas.  Son niños y jóvenes de 4 a 22 años, hijos de las vendedoras de la plaza de mercado de Manizales. Los más pequeños están vestidos de japoneses, otros usan disfraces de animales, y algunos más sostienen máscaras dos veces más grandes que ellos. En una empinada calle ensayan los movimientos y parlamentos que deben aprenderse para su debut en este festival. Este jueves, a las 10:00 a.m. presentan la obra que en el 2005 los hizo famosos.

“País de cintas amarillas es la adaptación de la obra de William Ospina que habla sobre la el derecho de los niños a no participar en los conflictos del país”, comenta Lucas Duque, director del grupo Bajo el puente.


El colectivo nació hace ocho años con el objetivo de ofrecer un espacio cultural a aquellos niños que pasaban el día en una habitación de aproximadamente dos metros por dos metros mientras sus madres trabajaban en la galería central de Manizales. Lucas y su esposa decidieron sacar a los niños de estos cuartos y llevarlos a un salón de una escuela para ponerlos en contacto con las expresiones culturales desconocidas para ellos.

En un principio fue difícil lograr que las madres de los niños permitieran su vinculación con el teatro y la cultura. “Muchas prefieren que sus hijos estén trabajando en vez de estar en un grupo de teatro, pero poco a poco hemos logrado convencerlas”, cuenta el director. Este oficio le ha traído momentos muy gratos, llenos de detalles, uno de ellos con una de las madres. “En cierta ocasión una de las mamás más incrédulas se me acercó al finalizar una función y me entregó un ramo de flores. Nos hizo llorar a todos”.

Muchos de los pequeños actores que hoy están en el grupo han llegado por invitación de sus propios amigos y vecinos. Algunos logran ingresar cuando consiguen por fin convencer a sus madres. Todos tienen el mismo sueño, hacer algo diferente en su vida. El nombre  del colectivo se lo dio una de sus integrantes: “Le pusimos Bajo el puente porque es así como nos sentimos cuando estamos acá. Nada nos puede pasar, nadie nos puede hacer nada malo”, comenta la niña.

En Manizales realmente el teatro es para todo el mundo. Y aunque la lluvia que cae en la ciudad por lo menos dos veces diarias pareciera mojar hasta los ánimos de los manizaleños, son pocos quienes se resisten a mirar cómo en nueve días las faldas de su ciudad se llenan de mimos, payasos, actores, niños, zanqueros y espectáculos  muy tradicionales.

Por Mónica Diago

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