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Artificios genéticos

La artista venezolana Nela Ochoa regresa al país con una muestra que hace de las cadenas genéticas, esculturas orgánicas.

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Angélica Gallón Salazar
19 de octubre de 2010 - 10:00 p. m.
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La artista venezolana Nela Ochoa coleccionó durante años radiografías, imágenes de resonancia y tomografías del cerebro. No sabía muy bien qué efecto tenían esas imágenes sobre ella, pero su trabajo con la plástica le fue revelando que todo se trataba de poder volcar la mirada hacia lo invisible, de encontrar la belleza que habitaba en el interior de los cuerpos, un interior que sólo era escudriñado por cirujanos y científicos y que parecía estar desterrado de los confines del arte.

Esta inmersión en lo mínimo, en los secretos mejor guardados del cuerpo humano, llevó a la artista a toparse con los genes y sus orgánicas cadenas de letras: A, adenina, T, timina; C, citosina, y G, guanina. “En los años 90 empezó a salir información sobre el proyecto de genoma humano y mi arte se fue pegando a todas esas nuevas maneras de mirar el cuerpo”, confiesa la artista, que trae a la Galería Sextante, de Bogotá, una muestra en la que la genética deviene en esculturas coloridas que desafían las escalas del microscopio y lanzan una pregunta por eso que somos, por eso que nos compone.

Nela Ochoa va así por el mundo escudriñando genes curiosos. Por ejemplo, uno de sus cuadros, que a simple vista parece una armoniosa sucesión de rosas minúsculas hechas en tela, terminan siendo un mensaje cifrado en donde, como si fuera un metatexto, se revela la secuencia genética de una rosa. Algo similar sucede en el cuadro en el que la artista recrea un gen que guarda la memoria del miedo. Para darle a esa secuencia genética su impronta, Ochoa buscó el cuadro El grito de Edvard Munch y lo convirtió en cada una de los nucleótidos. Es así un cuadro hecho de muchos cuadros que delatan la naturaleza del temor.

Esta vez, en el espacio blanco de la galería, como si fuera un libro de biología, aparecen imágenes redondas de células hechas con resina, se imponen también vitrinas viejas en donde se ven vestigios de lo que podría ser un laboratorio en manos de una artista. Además, sobre una camilla rosada, Nela Ochoa ha dispuesto una hélice hecha de soldaditos florescentes con una secuencia de un gen del centro del cromosoma dos, “es un cromosoma síntesis que dio pie a los humanos. Los simios tienen más cromosomas que los humanos porque nosotros hicimos una síntesis y la huella de esa síntesis está en el centrómero del cromosoma dos”, explica Ochoa con esa suficiencia que adquirido después de medirse en cada una de sus muestras con importantes genetistas, los que por cierto, son sus más fieles coleccionistas.

Entre las esculturas de la muestra “Gen y figura” se impone una hecha de cucharas metálicas puestas hacia abajo que entre rojos, naranjas, amarillos y cafés recrea la secuencia de uno de los genes de la anorexia. Las metáforas de las cucharas que en otras ocasiones les sirvieron a Ochoa para darle forma al gen del gusto dulce o a uno relacionado con la obesidad, se convierten esta vez en una bella manera de desentrañar los trastornos alimenticios.

Su arte mira la vida y Ochoa sólo espera que le alcance la suya para poder desentrañarla en toda su complejidad.

Por Angélica Gallón Salazar

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