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6 Aug 2020 - 11:58 p. m.

Así fueron las cosas (Extractos literarios)

Para nuestros queridos hijos, Christine LaRae y Vance Lindsay Carver, y en recuerdo, vívido y cariñoso, de Raymond Carver, el Abba, el papá de nuestra casa. Traducción de Ángela Pérez.

Maryann Burk Carver

"'Amor de mi vida, para siempre', había escrito él hacía diez años en mi ejemplar del primer libro importante que publicó".
"'Amor de mi vida, para siempre', había escrito él hacía diez años en mi ejemplar del primer libro importante que publicó".
Foto: Así fueron las cosas

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SIEMPRE (Fragmento)

(…)

Una noche cálida y oscura del primer verano que salimos juntos, antes de que me tocara los pechos, Ray me había cogido los pies. Estábamos en la casa que tenía alquilada Jerry en Union Gap, hablando con ella en la cocina. Era un sábado. Yo llevaba pantalones cortos y una blusa salmón, escasa ropa para 1955. Pero no me sentía cohibida. Sabía que las partes expuestas de mi cuerpo podían pasar sobradamente la inspección. (Sí, altivez adolescente.)

Estaba sentada con las piernas estiradas. Ray las miró largo rato, o eso me pareció a mí, y luego me alzó los pies, los apoyó en su regazo y posó afectuosamente las manos sobre ellos. De cuando en cuando los apretaba y los acariciaba, ¡mis pies grandes y demasiado anchos! Me sorprendió muchísimo que le gustasen y me sentía cohibida y desconcertada por aquella atención escandalosamente íntima que me costaba trabajo estarme quieta. 

Tus pies –me dijo, con otro apretón-. Me encantan tus pies. 

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Luego siguió hablando con Jerry. Sorprendentemente ella parecía estar disfrutando también. Aquél no era un chico local típico: Ray era ingenioso e interesante. Me di cuenta de que mi hermana no había disfrutado nunca tanto de una conversación conmigo, nuestros doce años de diferencia nos separaban demasiado. Ray era distinto, aunque era joven, también era distinto.

Nos sirvieron otro vaso de Perrier.

Ray me soltó los pies. Hablamos de Chris y de Vance, de nuestros nietos, de lo que pasaba en sus vidas. Me levanté de mala gana de la mesa para ir al baño. Ray fue al lavabo de caballeros. 

Yo pensaba en demasiadas cosas. “Amor de mi vida, para siempre”, había escrito él hacía diez años en mi ejemplar del primer libro importante que publicó, ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? Eso fue en una época en que él estaba muy enfermo de alcoholismo crónico. ¿Se daba cuenta alguien salvo yo que estaba matándose? Nadie hablaba de ello. Hasta que lo dejó.

De nuevo en la mesa, sonó otra canción. Bebimos Perrier a sorbos, hablamos de sus recientes publicaciones, de lo que estaba haciendo entonces. Aparte de nuestros hijos, ése era el tema importante. Su obra había sido nuestra empresa, la empresa de la familia. Pese a todas las cicatrices emocionales, su obra justificaba mucho de lo que habíamos pasado. Era lo que yo creía. 

Empecé a explicar lo del negocio de la leña en el que se había metido. Era en Denning. Tenía un socio, el leñador más escogido del entorno. En realidad era lo único que podía cosechar en la granja de la familia en la que vivía.

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Sin ningún motivo, o porque había estado hablando de la granja, pude ver una imagen de mi perro Bogey, clara y brillante. Me sonreía, mirándome fijamente. Ven aquí, quería decir. Alrededor de su cabeza había una luz blanca, un enorme círculo de brillante luz blanca. En momentos como aquél, los pensamientos se agolpan buscando una conexión, algún significado. Iván Ilich: eso fue lo que me vino a la cabeza. 

Es el protagonista de La muerte de Iván Ilich, una novela corta de Tolstói. Iván se había dado un golpe en una cadera o en una pierna; nada grave, supone él, pero su estado empeora sin cesar. Mientras está en la cama, distanciando de la familia y de los amigos, se pregunta constantemente cómo una lesión tan trivial habrá podido llevarle al umbral de la muerte. Al final, ve una luz blanca y brillante. Es el amor, amor puro, el corazón y el alma del universo, la presencia de Dios. 

Ray me miraba. 

Tengo que marcharme –le dije quedamente-. Lo siento. Es Bogey. Bogey, mi perro. Me necesita. Está en veterinario.

Se llamba Bogey  por Humphrey Bogart. Era un perro pastor australiano, negro y blanco, con abundante pelaje largo y rizado y unos ojos brillantes y dulcísimos. Tenía un alma increíble.

De acuerdo –dijo Ray, un poco vacilante, de ese modo conmovedor de algunos hombres-. De acuerdo. Ya nos veremos. Seguro que nos veremos.

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Una mañana de diciembre, temprano, Bogey se había arrastrado hasta la puerta de mi dormitorio, respirando entrecortadamente. No se había recuperado del todo de un mordisco en la garganta que le he había dado Sinner, el perro de un vecino. Mi madre lo llevó al veterinario cinco días antes de Navidad. Creyó que sería mejor para todos y para él. Y aún podría mejorar. 

Cuando llegué al veterinario después de mi salida precipitada del restaurante, Bogy estaba casi muerto. No llegué demasiado tarde. Pero era el final. Cuando todo acabó, mi amigo Don lo llevó a casa. Lo enterramos al pie de mi gran abeto. No volví a la ciudad, no fui a ningún sitio. Pero todo el día fue luminoso en mi mente. 

Antes de que Ray y yo entráramos en Rose´s, yo había observado desde mi coche cómo aparcaba el suyo. Salió y, con los regalos en la mano, se acercó al mío y entró. Me abrazó; me abrazó durante cinco minutos. Cuando me dejó al fin, hizo una profunda inspiración y exhaló lentamente. El aire de sus pulmones sonaba como imaginaba yo que deben hacerlo las válvulas del escape de un dirigible. Pude sentir la tensión.

Relájate, Ray –le dije-. Me gustaría ver que te relajas. 

Sabía lo ocupado que estaba y hasta qué punto se hallaba en exposición. Todavía hoy, me sobresalto al ver inesperadamente en la mesa de alguien la foto de Ray en uno de sus libros o en un libro sobre él. Ese hombre al que conocí mejor que a mí misma, inanimado en una fotografía, tan impropio de él estar fijo así en un sitio.

Ray asintió. Conversamos un poco sentados en el coche mientras él jugueteaba con el cinturón de mi vestido. Lo sacó despreocupadamente y se lo metió en el bolsillo de la chaqueta. No dije nada. Su actitud no era agresiva ni de galanteo. No, yo creo que estaba calmándose, lo mismo que hizo con aquel primer cigarrillo. El vestido quedaría bastante impresentable sin el cinturón rojo de seda, y pensé que no tenía otro a juego. Pero dejé que se lo llevara. 

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Le di su regalo de Navidad. Era una estatua de una mujer con el pelo largo y un cuerpo espléndido, las piernas en movimiento, los senos erguidos. Tallada en roble. La había encontrado en una galería de arte de Montreal, o me había encontrado ella a mí. El propietario de la galería me la dio sin más después de ver que me quedaba mirándola y mirándola, con aquel anhelo en los ojos. 

Ray cogió su regalo. Salimos del coche y subimos a Rose´s.

Ray terminó el último libro de poemas y murió en su casa de Port Angeles el 2 de agosto de 1988. Siguiendo la tradición rural de Arkansas, la capilla ardiente se instaló en su casa. La gente desfiló en silencio junto a la cama de cuatro postes donde estaba tendido, demasiado hinchado, sin cabello e inmóvil para ser realmente Ray. Pero lo era. 

Vi la figura que le había regalado en la mesita de noche. Alguien la había limpiado con primor. Brillaba como el oro y olía a limón. Aparte del dolor, pensé en el hombre al que había amado. En aquel lejano sábado por la noche en la cocina de mi hermana que Ray Carver, de diecisiete años, me había apretado amorosamente los enormes pies. 

Poco antes de que él muriese, estaba sentada en una silla en el césped de delante de casa y vi subir traqueteando por el camino de coches una furgoneta de UPS. Dejó una caja. Dentro había un ejemplar firmado de la edición de la Franklin Library de Desde donde lo llamo, un hermoso volumen encuadernado en cuero granate con los cantos dorados. La cinta granate del marcador estaba en el relato “Distance” [“Distancia”]. Lo abrí por la página marcada y leí el breve diálogo entre el chico y la chica, lo que él contesta cuando ella le pregunta alegremente si se amarán siempre. Siempre, responde el muchacho. Siempre. 

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