Hace un par de años, Loncho, como los amigos llaman a Alonso Sánchez Baute, buscó a una de las hermanas de Ricardo Palmera para hacer una crónica de dos afectadas particulares de la guerra en Valledupar. “Quiero mostrar cómo ellas también son víctimas de la guerra”, se refería a la hermana de Simón Trinidad —guerrillero de las Farc—, secuestrada por las autodefensas, y a la mamá de Rodrigo Tovar, hoy Jorge Cuarenta —líder de las Auc—, una mujer en otro tiempo alegre y sonriente que hoy lleva muchos dolores a cuestas.
A pocos días del lanzamiento de Líbranos del bien, “una novela dentro de una novela. La ficción dentro de la no ficción”, como Sánchez Baute la describe, me estremece cómo esa idea germinó y se transformó en un retrato intenso, crudo y conmovedor de lo que es su natal Valledupar.
Alonso salió de su ciudad a los 16 años. Adolorido por las burlas de muchachos criados en una sociedad machista, tardó muchos años en hacer pública su condición de homosexual, pero lo hizo con premio de literatura a bordo. Al diablo la maldita primavera, ganadora del Premio de Literatura ciudad de Bogotá en 2002, fue su opera prima y su modo de decir: estoy satisfecho de ser cómo soy, pero eso no me hace condescendiente con la frivolidad y la hipocresía del entorno gay.
Años más tarde, Alonso regresa al Valle para repetir la fórmula de su anterior libro con éxito: meterse de lleno en un mundo al que pertenece para develarlo, para mostrar sus sonrisas y sus muecas, su perversión y sus alegrías. Esto lo logra creando, con la herramienta de la ficción, un personaje que narra la historia de la ciudad: la centenaria Fina Palmera de Pupo. Una mujer que conoce todos los secretos y vericuetos de la ciudad. En boca de ella pone la idiosincrasia del pueblo y la historia de los últimos 100 años de las familias que hicieron de Valledupar lo que es.
Entretejidos a este personaje están los testimonios de quienes conocieron a Ricardo Palmera y a Rodrigo Tovar. Sus amigos, que de manera espontánea van contando a Sánchez Baute quiénes eran y qué hacían este par de hombres antes de convertirse en símbolos de los dos bandos de la guerra.
¿Cómo logró estos testimonios? Aunque Alonso responde a la pregunta de periodista, la respuesta es evidente para cualquiera que conozca la tierra del vallenato: “Valledupar es un pueblo oral. A la gente le encanta la cuentería y hablar... Pero hay que hacer una salvedad, hasta la aparición del supuesto computador de Jorge Cuarenta nadie se atrevía a hablar. La gente sabía pero no lo decía”.
Este temor, mezclado con cierta reverencia por la figura de Jorge Cuarenta, que para muchos sigue simplemente siendo el Papa Tovar, hacen de Ricardo Palmera un personaje más definido en este relato que se ocupa de los dos hombres antes de tomar la decisión de irse al monte. “La gente prefiere recordar a los amigos como eran durante la amistad —explica Sánchez Baute— y además el tiempo que lleva Palmera lejos ha permeado de nostalgia su recuerdo. Eso lo hace más literario”.
“Eran dos vallenatos del montón, con privilegios, pero eran dos personas que hacían parte de una sociedad abierta”, responde Alonso a la pregunta de quiénes eran estos dos hombres. Las razones que los empujaron a tomar las armas están en su investigación. También están las razones que Alonso considera fundamentales para que esta tragedia vallenata sea simplemente el reflejo de la gran tragedia nacional. “El tema no es vallenato, es colombiano”, afirma el escritor, que está convencido de que en nuestro país, como lo urgente siempre desplaza lo importante, nunca se ha comprendido que las verdaderas raíces de la guerra están en nuestra cultura, en nuestro machismo, que hace de “Cuarenta un verdadero varón, porque lideró un ejército en contra de la guerrilla” o que es permisiva con los corruptos mientras señalan a un homosexual. Líbranos del bien es valiente, porque es un autorretrato sin condescendencia.
Fragmento del libro
Mucho tiempo después, cuando ya me la habían matado, me enteré que luego de mi conversación se reunió con Ricardo y otros pocos amigos para comentarles que debían buscar el respaldo de un grupo guerrillero. Te aclaro por si tienes dudas. No buscó a la guerrilla para hacer parte de ella, sino para obtener su respaldo en caso de que algo le pasara a ella, a él o a sus amigos una vez decidieran sacar a la luz pública su anonimato. Supongo que eso lo dedujo de mis palabras cuando le expresé mi temor de que la asesinaran.
"El destino es más exacto que mil citas", reza un viejo proverbio tuareg, y más se demoró Ricardo en idear esta estrategia que encontrarse con los guerrilleros. Claro que como a ellos no les interesaba engrosar la nómina de la guerrilla, en principio, cuando salieron en su búsqueda, les daba lo mismo cualquier grupo que los respaldara.
Supieron que en Valledupar estaba un dirigente del M-19, ese mismo M-19 comandado por su héroe Jaime Bateman. El hombre se llamaba Alfonso Jacquin… Si, ese mismo que mencionas, el que arrebató el teléfono al magistrado Alfonso Reyes Echandía cuando pedía auxilio desde el incendiado Palacio de Justicia. Ese era el hombre que andaba por Valledupar en la época en que a Alicia, a Ricardo y a sus amigos se les dio por salir a buscar respaldo guerrillero.
No encontraron al tal Jacquin, pero sí a un campesino de nombre Tito que hacía parte de las FARC. "Era un campesino con pinta de campesino, que incluso vestía con alpargata", me contaron luego, queriendo decir con esto que al verlo nadie imaginaría jamás que sobre la figura de hombre pobre, enjuto, bajito y mal vestido, había una testa inteligente, pensante, preocupada por los destinos de los otros. Mira cómo son las vainas: el destino llevó a Ricardo a encontrarse con un guerrillero de las FARC. Si hubiera sucedido lo otro, o sea, si se hubiera topado con Jacquin, quizá lo hubiéramos tenido de regreso en el momento exacto en que se desmovilizaron los del M-19. ¡Ah! El destino, el destino. ¡No hay manera de escapársele!…
El encuentro inicial entre Ricardo y el guerrillero llamado Tito se produjo en una esquina de la carrera Novena dos cuadras al sur del hotel Sicarare bajo un frondoso almendro frente adonde alguna vez hubo –¿o hay? no recuerdo ahora- una tienda llamada El Todo. Ambos hombres hablaron largo rato hasta que Tito cometió un error. Pensando que Ricardo era hombre de plata le pidió plata para la organización. O sea, se las tiró de vivo. Ricardo se hizo el bobo, pero entendió que la cosa no era por ese lado. Pidió hablar con su superior.
Un par de días después él, mi hija y otros se embarcaron en un viaje a Santa Marta donde se encontraron con otro caribe que, como Bateman, los cautivó. Se llamaba William Manjarrés Reales, pero todos lo conocían como Adán Izquierdo. A Izquierdo Ricardo lo había conocido tiempo atrás una tarde que su comadre Consuelo lo llevó hasta su oficina en el Banco del Comercio. En este nuevo encuentro, Ricardo y sus amigos le contaron los planes a Izquierdo, que era de la izquierda y murió en un accidente de tránsito en 2000, muchos años después de aquel encuentro.
A Adán le gustó esa idea de fundar un partido político, pero más que nada lo alegró el entusiasmo y las ganas de estos muchachos que soñaban con inocencia pero que conocían de primera mano a los sandinistas, a Lenín, a Marx y hasta a Dostoievski. El aggiornamiento… ¿esa fue la palabra que dijiste hace un rato, cierto? ¿así se pronuncia?... bueno, el aggiornamiento de los rusos al caribe colombiano vino de la mano de Jaime Bateman. Conociendo su pensamiento se embriagaron deseando un partido revolucionario pero sexy, que es palabra que ellos repetían.
La filosofía que le dispararon a Izquierdo fue la misma que les oí aquella noche agazapada detrás de la puerta de la cocina. Querían un movimiento político independiente de los partidos tradicionales sin discriminación de ideología, religión, raza, sexo o edad, un movimiento muy amplio en el que cupiera desde el Ecce-Homo hasta Satanás y, a través de su movilización y lucha, conquistar reformas económicas, políticas y sociales.