Bach lo raptó cuando tenía cinco años. En ese entonces, Ramin Bahrami no opuso resistencia y no se ha arrepentido nunca de haber sido una víctima fácil y haberse dejado capturar, porque al lado del compositor alemán los días de guerra en Irán, su país de origen, se hicieron mucho menos trágicos. El pianista no sabe muy bien de qué manera llegó hasta él y por eso prefiere justificar su presencia, y hasta su influencia, diciendo que fue el bondadoso Johann Sebastian Bach (1685-1750) quien lo escogió como uno de sus más versados intérpretes.
No fue al contrario. No fue Bahrami el responsable de la elección de su más determinante compositor. En este caso la historia es al revés, y por eso Bach lo ilumina y lo acompaña durante sus presentaciones, en sus iniciativas como gestor cultural y en sus clases magistrales en torno a la enseñanza académica de la música.
Antes del arribo de Bach a su cotidianidad, Ramin Bahrami escuchaba algunas manifestaciones tradicionales de Oriente. De la mano de su padre, sin embargo, conoció las partituras más difundidas de aquellos compositores clásicos que en los últimos 300 años jamás han dejado de sonar en los grandes formatos orquestales, en los ensambles de cámara o en la intervención solitaria de algún instrumento.
“Siempre he seguido con atención la música clásica de Persia, pero siendo realmente una ‘ensalada’ como persona me sentía más atraído por la música occidental. Mi padre, que era medio alemán, me hacía escuchar sobre todo música de Beethoven y Brahms. Mi madre, de ascendencia ruso-turca, me cantaba melancólicas canciones de cuna turcas, por lo cual tenía otros intereses musicales”, comenta Bahrami. Asegura que en la música encontró la paz que no veía del otro lado de la ventana de su casa en Teherán (Irán) y en las teclas de su piano supo que había un camino para alcanzar el regocijo consigo mismo.
Bahrami salió de Irán y tomó la decisión de radicarse en Italia, país en el que encontró el eco para concentrarse en la investigación de obras clásicas de distintos compositores y donde aprovechó para especializar su oído en las creaciones de Johann Sebastian Bach. En ese proceso, en el que se dio cuenta de que la música es realmente uno de los lenguajes más primarios entre los seres humanos, el Conservatorio Giuseppe Verdi tuvo una función muy especial.
“Fueron años maravillosos. El Conservatorio Giuseppe Verdi es una de las mejores escuelas del mundo gracias a la idoneidad de los profesores, al acogedor ambiente y a la gran tradición musical, instrumental y vocal. Entre los estudiantes contamos a Claudio Abbado, Riccardo Muti, Riccardo Chailly y Maurizio Pollini”, dice el pianista que muchas veces ha sido catalogado por la crítica especializada como “un hechicero del sonido, un poeta del teclado”, apreciaciones que él toma con gratitud y equilibrio, sabiendo que es tan sólo una pieza útil en la divulgación del pensamiento y la grandeza de Bach.
Al ser testigo de las dimensiones de personajes como Mozart, Beethoven y Bach, al pianista Ramin Bahrami no le ha quedado más remedio que ser un eterno estudiante. Sigue indagando por las vidas de los grandes compositores y siempre llega a la conclusión de que su música es sólo la manifestación sonora de su inmensidad.
“De Bach me sorprendió su amor por la vida, por la belleza, por sus hijos y por las damas. Estoy de acuerdo con él porque pensaba que el mundo sin las mujeres sería más pobre, y admiraba el misterio y la distinción que tenían”, comenta el iraní. Actualmente es el director artístico de la Escuela de Verano de Performance Musical, en la que tiene la misión de compartir con los jóvenes el fuego sagrado de la música y, además, darles la posibilidad de convertirse en artistas libres capaces de asumir riesgos sin intervenciones.
Hace un par de años Bahrami creó el Festival Mundial de Bach, no sólo para confirmar su devoción por el compositor sino para convertir su obra en un fenómeno mucho más visible y masivo. “El resultado más grande ha sido ver a 8.000 personas de todos los países, de todas las razas, amando y festejando durante tres días la música de Bach en la cuna del arte y de la belleza en Florencia y compartir su grandeza”, concluye.
En sus conciertos en Colombia interpretará: Capriccio sopra la lontananza del fratello dilettissimo, en si bemol mayor. BWV 992, el Aria variata, en la menor. BWV 989 y el Concierto italiano, en fa mayor. BWV 971. Con estas tres obras confirmará que Bach no es su compositor favorito: es su máxima inspiración.
Cali: jueves 4 de octubre, Sala Beethoven, Conservatorio Bellas Artes del Valle. Bogotá: sábado 6 de octubre, Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, y domingo 7 de octubre, Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional de Colombia.