7 Dec 2018 - 11:48 p. m.

Belisario Betancur: un colombiano de buena voluntad

Rescatamos una entrevista hecha a Belisario Betancur el 23 de Junio de 1974, publicada en El Magazín dominical de El Espectador. Una conversación en la que habló de sus intereses culturales, su carrera como periodista y el retiro de la política que había anunciado por esos días.

Archivo Magazín dominical El Espectador

En la entrevista se registró: "Belisario Betancur, una apasionante figura colombiana de la Política, la Economía y la Literatura, concedió a la Revista "Arco" el reportaje que en su texto completo reproducimos en esta edición". / Archivo El Espectador
En la entrevista se registró: "Belisario Betancur, una apasionante figura colombiana de la Política, la Economía y la Literatura, concedió a la Revista "Arco" el reportaje que en su texto completo reproducimos en esta edición". / Archivo El Espectador

Despertar Literario

"Arco'': ¿Qué aspectos recuerda usted de sus años de formación intelectual y periodística en la Montaña?

B.B: En el Medellín de la década de1940 surgió un movimiento cultural valioso en cuanto ayudó a que se formaran escritores, artistas, catedráticos de mérito, todos ellos ligados por vínculos de amistad que han perdurado, así pertenezcan a distintas banderas poéticas o hayan conservado la actitud no-intervencionista que desde entonces tenían. Si por una parte hay que destacar este sentido de comunicación, de simpatía generacional, dentro de una gran independencia individual de preferencias y de criterios, por otra parte, se hizo evidente un fenómeno de tipo social que vale la pena mencionar. Lo cierto es que quienes de una manera u otra participamos en tertulias, periódicos estudiantiles y sobre todo en el suplemento literario dominical “El Colombiano”, procedíamos de las más variadas circunstancias económicas en cuanto a nuestros hogares. Y esta disparidad de medios económicos y de formación jamás influyó en hacernos sentir incómodos a los que siendo de origen proletario compartíamos en las mesas de conversación de los cafés lo mismo que en algunas de las mansiones más aristocráticas de la ciudad, el hallazgo del último autor extranjero o la nueva amistad de un artista recién llegado de una aldea antioqueña, con un gran sentido de camaradería, sin ningún distanciamiento por apellidos o por arandelas de ese tipo.

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"Arco".-  Recuerda algunos nombres o abarcaban una gran área colectiva...

B.B.- En cuanto a nombres es natural que no pueda citarlos todos, pues fuimos muchísimos los que por esa época nos iniciamos en política, en periodismo, en el profesorado o en las profesiones liberales y las artes. Indudablemente, ya apreciando estos hechos a la distancia de más de un cuarto de siglo, pocas generaciones ha habido tan entusiastas y tan abundantes en número, como aquella a la que por razones de edad pertenezco.

Algunos nombres si vienen inmediatamente a la memoria, porque fueron mis contertulios más habituales y aun con varios de ellos integré durante un tiempo un grupo de los cinco, con nombre evocativo de compositores rusos, pero sin que ninguno de nosotros tuviese por la música más que una buena afición de oyentes. Rodrigo Arenas Betancourt, el escultor, fue el primero de ese grupo en emigrar en busca de horizontes más amplios y sobre todo para conocer personalmente, como todo artista lo desea, las obras de los grandes maestros de la plástica. Arenas viajó a México y como sus recursos eran escasísimos, los del grupo y otros también amigos suyos, escribíamos una columna de comentarios en El Colombiano de Medellín, que firmábamos PRAB ( "para Rodrigo Arenas Betancourt") y por la cual nos reconocía el diario de la calle Maracaibo algunos pesos que puntualmente le girábamos al escultor.

El Grupo de los Cinco

Hernán Merino, el dibujante, a quien últimamente reconoció más el público como caricaturista que fue en El Espectador primero y luego en El Tiempo, también era del grupo, así como Jorge Montoya Toro, poeta y catedrático que es el único que decidió quedarse la vida entera en Medellín, y Eddy Torres, periodista de tiempo completo que ha pasado la mitad de su vida profesional en grandes ciudades (Nueva York, Londres, México), y ahora ha vuelto a incorporarse a nuestro medio. Pero el hecho de que tuviéramos esa tertulia mínima no impedía que siguiésemos todos nosotros interviniendo en otras más amplias. Por ejemplo, en la "Tertulia del Bosque" que orientaban personajes de más años y mucho prestigio como los médicos y escritores Emilio Robledo y Alonso Restrepo Moreno y el ahora presidente de Chrysler Colmotores, Germán Montoya Vélez. O en las que con espíritu generoso y a base de chocolates calientes a media noche y con mucha "parva" se formaban en casa de doña Paulina Posada de Escobar, de quien conservamos un recuerdo afectuoso. Simultáneamente era yo jefe de redacción del vespertino conservador y ultramontano La Defensa, en donde por cierto se inició como periodista Antonio Panesso Robledo, bajo mi peligrosa tolerancia para si heterodoxia.

Suplementos Generacionales

De todas aquellas jornadas (que por cierto no siempre estuvieron rociadas con simple chocolate) quedan testimonios dispersos, pero no ha habido todavía quien los estudie con ánimo de historiador. Varios años del suplemento "Generación" animado por Miguel Arbeláez Sarmiento y Otto Morales Benítez, y del diario católico El Pueblo que orientaron René Uribe Ferrer y Jaime Sanín Echeverri. Un libro del poeta tempranamente sacrificado Edgar Poe Restrepo. Las ediciones que hizo Eddy Torres de varios contemporáneos nuestros, por primera vez librificados, ediciones que constituyen hoy una curiosidad bibliográfica, pues de algunas apenas salieron 32 ejemplares. Los catálogos de exposiciones colectivas en las que participaron artistas jovenes como Arenas. Las partituras de las primeras obras musicales de Jaime R. Echavarria.

Escribíamos cuentos, ensayos, poemas, dramas, novelas. Hacíamos dibujos, esculturas, grabados, relieves, canciones, en fin, una producción abundante que tiene méritos intrínsecos y que además explica, en buena parte, la trayectoria que después han logrado muchos de estos antioqueños que por los años 40 apenas comenzaban a llegar a su mayoría de edad con una tremenda avidez de aprender y una voluntad de contribuir a la cultura colombiana.

"Arco”. -  Usted, Belisario Betancur dejó un poco de lado esos menesteres para derivar hacia la política ...

B.B.- Un poco sí, un poco no. Vino mi participación de las corporaciones deliberantes. Primero el Concejo de Medellín, luego la Asamblea de Antioquia, la Cámara de Representantes, el Senado de la República, la Asamblea Nacional Constituyente durante el gobierno del General Rojas Pinilla ..... Volvimos a encontrarnos algunos ya en Bogotá por los años 50 cuando trabajamos en la revista Semana con Hernando Téllez, nuestro inolvidable director, y luego en la dirección de El Siglo. Pero recuerde usted que en dicho periódico nos reagrupamos para traducir y presentar por primera vez a Teilhard de Chardin, a Cavafy, los poemas de Mao Tse-tung. Un poco más tarde, siempre detrás de una estrella de inquietud intelectual, tuve el privilegio de traducir por primera vez al español al más grande poeta africano contemporáneo, hace diez años presidente del Senegal, doctor Leopold Sedar Senghor, cuya rectoría en el pensamiento africano he seguido de cerca en sus varias decenas de libros sobre "La negritud", y he verificado en universidades senegalesas en Dakar...

Peligrosa Curiosidad

"Arco”. - Y siempre un viajero incansable por todos los caminos del mundo. Cuéntenos, ¿cuántos países ha visitado y qué experiencias singulares recuerda?

B.B.- Pienso que en ese afán andariego que me distingue es un poco la reminiscencia de los abuelos y los padres arrieros... Solo que la recua de mulas lo es la flotilla aérea y la mula en sí es ahora el jet... Mi grande amigo, Germán Fernández Jaramillo me decía: "Eres un viajero de peligrosa curiosidad". Y con razón: En un largo viaje por el Oriente fuimos a dar, en la compañía del profesor Jorge Enrique Gutiérrez Anzola, hace algo más de diez años, a la China Comunista, a las verdes llanuras de Angkor en Cambodia detrás de los templos y de los altos rostros de piedra sonreída que rescatara Malraux del misterio Khmer. Y fuimos a dar a la cuna de Buda, a un centenar de kilómetros al oeste de Katmandou en el Nepal, y a poner rosas rojas en la tumba fresca de Nerhú el día de su muerte y en la tumba del inolvidable Gandhi en Nueva Delhi. ¡Cuántos viajes maravillosos! Por ahí está en la puerta del horno editorial un cuaderno de notas de itinerario que se llamará quizá "Los mares interiores", en el cual aparecen poemas, relatos, cuentos (uno de ellos se llama "Mariana Sammy se quedó en Hong Kong").

Grecia lo Engolosina

"Arco”. - En tantos viajes, ¿tiene alguna predilección, algún país o algún sitio que lo apasione específicamente?

B.B.- ¿Quién no ama a Florencia? ¿Quién no ama a Jerusalén? ¿Quién no ama el Cuzco o Chichén Itza? Pero si quiere que le haga una confidencia, pienso que nada parecido a recorrer minuciosamente a Grecia por el Peloponeso o el Argos y la Hélade o las islas, llevado de la mano de Henry Miller o de Laurence Durrell. Por cierto, que una vez en Cnosos tuve oportunidad de conocer a Durrell, por los días del impacto que producto su "Cuarteto de Alejandría" el cual me llevó a estudiar en aquella ciudad y en Grecia a Cavafy; y a comenzar a indagar en la vida misteriosa de los iconos ...

"Arco”. - Me dicen que es usted coleccionista de iconos bizantinos griegos, rusos, y que está prepararando algo al respecto.

B.B.- Hace unos años, otro cultor de los iconos, que fue Germán Fernández organizó en su Galería Bogotá una exposición que inauguré con unas palabras recogidas en un cuaderno de circulación confidencial bajo el título "Desde el alma del abedul". Y ahora estamos organizando una nueva exposición bajo la protección de Coltejer y del Museo de Arte Moderno de Bogotá: será un centenar de piezas originales de propiedad de colombianos y extranjeros que viven en Colombia y que rinden honor a las pequeñas obras de madera palpitante detrás de la cual se esconde un arte religioso lleno de encanto y de sugerencia ...  ¿Qué más le cuento? Pues que con Luis Carlos Ibañez y Fabio Lozano Simonelli seguimos al frente de la editorial Tercer Mundo impulsando, estimulando, promoviendo. Y con un grupo de amigos, estimulados por la asistencia magnifica de la administración distrital de Bogotá, seguimos impulsando con sentido pedagógico la Orquesta Filarmónica de Bogotá.

De Buena Voluntad

 "Arco" - ¿Quién cree ser usted? ¿Un escritor? ¿Un editor? ¿Un estadista? ¿Un político? ¿Un amateur? ¿Un hombre de buena voluntad? ¿Un símbolo?

B.B.- Discúlpeme que repita una respuesta que otras veces he dado, en el sentido de que el calificativo más atrayente a que aspiro es el de ser un colombiano de buena voluntad. He puesto mi actividad intelectual y política al servicio de mi país y aspiro a que ese país, que es la fuente y la meta de mis preocupaciones, me recuerde solamente con ese calificativo. Realmente no deseo ningún otro. Todo ello puede configurar, quitándole a la palabra su rimbombancia, quizá un símbolo: un símbolo no es más que un signo, una señal, un significado. Aquellas cosas que he sido o al menos a las cuales no he sido ajeno, son señal de las varias tentativas en que una generación y un pueblo (por qué no decir el pueblo de mi patria) se empecinan en drenar el estancamiento mental y material que nos quiere mantener en el atraso, en contraposición de otras comunidades en que el hombre, con cual fuere su condición, encuentra desde la más temprana edad circunstancias favorables para la identificación de su destino (…).

"Arco”. - ¿Cuál es su ética, su filosofía?

B.B.- Tampoco para responderle esta pregunta puedo ser original pues solo hay una respuesta: Soy cristiano por la gracia de Dios. Como tal, creo en el misterio. En filosofía me convence el realismo aristotélico, aunque me deslumbre el idealismo hegeliano: aquel y este son dos medidas del pensamiento que quizás produzcan el hombre práctico, pero a la vez soñador que he querido ser. De Aristóteles viene la vocación política: de Hegel los sueños y las esperanzas de que este mundo en que vivimos se pueda transformar constantemente en un mundo mejorado, ampliando la obra de Dios como decía Teilhard de Chardin. En gran parte por eso, el respeto por las opiniones de mis conciudadanos es una constante de mi carácter. La tolerancia es la virtud que prefiero, pues considero que ella ha estado en el principio de todas las grandes acciones.

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Político Vocacional

"Arco”. - ¿La política es para usted un juego o una vocación?

B.B.- La política es para mí una vocación, una altísima vocación. El hecho de que en las decisiones políticas haya un alto porcentaje de azar, no implica que la política sea un juego: quien le diera este sentido estaría traicionando la confianza del pueblo y perdería a la larga su apoyo. Para Valery la política era una de las más bellas artes del espíritu. La política es el destino, decía Bonaparte. Observemos cómo de estas dos ideas se colige su naturaleza esencial: la política es una hermosa necesidad. Es una necesidad porque históricamente ha sido un instrumento de ordenación social indispensable para la vida colectiva. Como arte, como sección especial de la estética, la política es ingeniería social implicada a la construcción y al decoro de los pueblos. Sin duda en su ejercicio tiene que experimentarse la emoción estética que deparan el servicio a los semejantes, la justicia cumplida, el agravio olvidado, el estímulo del bien, el mejoramiento material y moral del pueblo, el progreso físico y espiritual de la nación.

"Arco”. - ¿Usted ama la lucha o la paz?

B.B.- La lucha es el comienzo de una paz sólida y verdadera. Solamente quien ha luchado contra lo que es necesario rechazar en el interior de su espíritu, quien ha templado sus energías en la búsqueda de una vida mejor para su prójimo, puede aspirar al reposo de una paz. Por eso, amo la lucha por la paz. La preservación de todo bien supremo como el de la paz, es una agonía; y agonía es lucha en el sentido griego que, de la palabra, antes arrinconada en la cabecera de los moribundos, ha rescatado el viejo Unamuno. El ejercicio de la política es nada más ni nada menos que una lucha por preservar los bienes más preciosos de la humanidad cuando existen, o por conseguirlos si no existen, o por recuperarlos si se han perdido. En Colombia hemos recobrado la paz. Mantenerla debe ser el propósito fundamental de la nación y particularmente de los gobiernos futuros. Poseemos la unidad religiosa que permite adorar y buscar a Dios con las mismas oraciones y por el mismo camino. Cualquier fenómeno social que ponga en peligro estos bienes inestimables que forman la infraestructura necesaria para la supervivencia de la nacionalidad, debe comprometer las energías de gobernantes y gobernados para impedir un deterioro o su pérdida. Pero debemos también ganar una serie de bienes que aún no hemos alcanzado: la solución de grandes problemas económicos y sociales actualmente latentes o reales, la eliminación de desequilibrios, la erradicación de conflictos de intereses. Tales imperfecciones nacionales no se resuelven solas. Exigen nuestro esfuerzo conjunto, demandan nuestro impulso, reclaman nuestra lucha.

Cree en el colombiano

 "Arco”. - ¿Qué es lo que más lo sorprende en la observación de la vida cotidiana del país?

B.B.- Lo que más me sorprende y admiro en la vida cotidiana de mi país, es el hecho de que sus mismas limitaciones, sus días tristes, la en ocasiones abrumadora falta de incentivos, está demostrando, por la manera como nuestro pueblo la sobrelleva no lanzándose al conformismo sino superándolas a nivel personal, está demostrando -repito- la excelente calidad de nuestras gentes y la urgencia de que la clase dirigente, apoyada por los que tienen el privilegio de no vivir sometidos a esa lánguida cotidianidad, busque y ponga en práctica los métodos para hacer de la vida de los colombianos algo más digno. Toda sociedad por estabilizada que esté es una cotidiana caja de sorpresas. Pero si se trata de comunidades como la colombiana, que se halla sometida a un severo proceso de arranque en la vía del desarrollo y, por lo tanto, en un constante cambio dirigido hacia la igualdad de los factores o por lo menos de las oportunidades, las sorpresas se producen en serie. Una de ellas -que ya es vieja, puesto que se presentó hace más de una década-, es la aptitud receptiva de una tecnología moderna que ha revelado el trabajador colombiano. Para muestra un botón: hace veinte años Acerias Paz del Río era un artilugio técnico a cuyos comandos y engranajes era improbable que pudiera llegar la mano de obra nacional. Expertos extranjeros extraían y elaboraban nuestro acero con aire misterio. Hoy son boyacenses, anqtioqueños, vallecuacuanos, huilenses, quienes manipulan la totalidad de la operación siderúrgica, desde las entrañas de la tierra, pasando por los altos hornos, hasta la laminación y la producción de lingotes y perfiles. El mismo caso se viene repitiendo en la petroquímica y el papel, en la industria metalmecánica y en los plásticos. Ello indica que tenemos una notable capacidad de aprendizaje y que aprendemos bien y rápidamente. Recibo, pues, como alegre sorpresa, la comprobada aptitud de los trabajadores de mi país para las tareas más arduas de la tecnología moderna. Este si es un símbolo que señala nuestra ostensible capacidad para cambiar como signo positivo, para elevarnos a otros planos, para estudiar y aprender más, que en muchos otros campos, y específicamente en relación con el poder marginado de la civilización por múltiples causas, existe una cantera humana cuyo común denominador es la aptitud para incorporarse a la vida económica y social activa, cuando el país sea a su turno capaz de ofrecerle las condiciones y oportunidades mínimas que demanda esa incorporación

"Arco”. - ¿A qué personalidades colombianas admira usted más?

B.B.- El inventario de mis admiraciones es largo. Los grandes nombres de nuestra historia contemporánea resultan obvios: López, Gaitán, Laureano Gómez, Gilberto Alzate Avendaño, Ospina Pérez. Pero, en otro orden de ideas, hay dos figuras que me apasionan: Sergio Arboleda y Alejandro López, el primero porque como doctrinante conservador dejó una obra que enseñará siempre a líderes y teorizantes cómo se le da altura intelectual a la exposición de principios aplicándolos a la realidad. Alejandro López es el signo de lo moderno, del estadista que mira más allá de su tiempo: leerlo hoy sigue siendo una sorpresa, porque muchas de las observaciones y proposiciones que hizo, apenas empiezan a ser entendidas y atendidas por nuestra clase dirigente.

Hasta Dónde y Cuándo Se Retira

 "Arco”. - Aunque todos sabemos que los retiros de la vida política anunciados por los políticos suelen obedecer a ímpetus producidos por reveses, hay quienes dicen que usted ha procurado cumplir lo que anunció: retirarse. Sin embargo, su nombre vuelve a figurar el plan político, parece que a pesar suyo...

B.B.-Como en el cuento del pesimista y el optimista, yo diría que puede haber dos explicaciones iniciales: una, la de que la cristalización de las clases dirigentes, en sus distintos estratos, pone en marcha mecanismos de defensa que mantienen en circulación unos cuantos nombres que se constituyen en símbolo de la sociedad tradicional. Esto vale para todas las tendencias, pero desde luego puede ser perjudicial. En el caso del optimista, se diría que algunas zonas de opinión piensan que determinadas personas, así lleven muchos años en el ajetreo, todavía no han agotado sus posibilidades de servicio y se insiste en llamarlas a los puestos de mando, sin duda en otros casos con grandes títulos para ello. Sin saber a cuál de las dos fórmulas pertenezco, lo que usted dice es cierto en el sentido de que he procurado cumplir la promesa de mi retiro. Primero tenía que entrar a resolver los problemas concretos que todos debemos atender para vivir. Y luego los problemas del regreso de ese mundo extraño que es la política, al de no andar en automóvil gubernamental y caminar por las calles sin ningún misterio. Menos mal que soy buen trabajador, y como antes le conté, tengo aficiones culturales que me aíslan de las nostalgias políticas. Así la vida pasa con agrado y cuando se da uno cuenta de que lo vuelven a mencionar, como que no cree y valora las cosas con mayor objetividad.

"Arco”. - Ahora que se habla de aficiones, se dice que aparte de haber sido usted editor y de haber publicado varios libros suyos, tuvo pretensiones literarias...

B.B.- Como ese de las pretensiones literarias es un pecado nacional, no hay por qué mantenerlo oculto. Con mayor razón en mi caso cuando tengo amigos que me critican por demasiado lirista. Sí señor, tuve intenciones poéticas bastante deplorables... Quizá no me he curado y aún las tenga...

"Arco”. - Y algunos cuentan que tenía preparada una novela.....

B.B.- Ese es otro de los problemas que me quedan con los contemporáneos a quienes les leí uno o dos capítulos, afortunadamente desaparecidos. La gran novela se iba a llamar "Carbón", con el escenario de las minas de mi pueblo, Amagá. Puedo decir que era muy buena, pues no quedan ni rastros de ella para establecer lo contrario.

''Arco”. - Insistimos en lo literario porque nos llama la atención tratarlo como político en retiro y como hombre de empresa, situaciones que "no van" con la poesía. Por épocas se han leído traducciones suyas, antes dijo que de Mao y Cavafy. ¿Cómo combina usted actividades tan disimiles?

B.B.- Sigo con lo de mis aficiones: como no pude ser un gran poeta, leo a quienes sí lo son. Y mi admiración por ellos me ha llevado a cometer el irrespeto de traducir algunos, porque pienso que esa admiración me puede hacer perdonar, por lo menos en parte, la audacia y las deficiencias. Además, me hago la reflexión de que como esa tarea en cierta forma constituye una enseñanza para alguien, resulta mejor tener un profesor regular que el no tenerlo. Me hago la ilusión de que, al menos diez o veinte personas, gracias al esfuerzo mío, supieron que existían esos poetas. Y eso ya es algo...

Pero quiero hacer otra observación en lo que se refiere a que determinadas actividades "no van" con las aficiones literarias: esa es una idea convencional que, de creerse, puede llevar a sorpresas embarazosas. De seguro a usted le ha ocurrido llegar a una reunión en la cual quienes figuran como intelectuales hablan con suficiencia; y de repente, alguien que guarda prudente o despectivo silencio, no resiste la tentación de poner las cosas en su punto y empieza hablar con tal propiedad y conocimiento que el intelectual profesional se ve en aprietos y a veces queda muy mal. Hay que andar con mucho cuidado en esa materia.

 

"Arco”: Doctor Betancur, volvamos a hablar de poética: su carrera es contradictoria ya que ha sido accidentada, pero al tiempo casi diríamos que triunfante, pues por ejemplo ahora se vuelve a hablar de usted.

B.B.- Mirada con espíritu deportivo, la política es muy interesante, pues cuando uno cree que lo está haciendo mejor, lo sacan. Es un poco un mucho como en un partido de fútbol: de pronto, aunque se le esté poniendo la mejor voluntad, se oye que gritan de las graderías: "Tronco... tronco ... ", y para rematar el director del equipo lo manda a uno a la banca. La carrera política fue apasionante para mí. La empecé muy joven, como periodista. Después me tocó buscar los votos de pueblo en pueblo y voto por voto. Nada indicaba que fuera a ocupar lugares destacados. Era, y quería serlo, un buen periodista. Pero se presentó la coyuntura histórica del 13 de junio de 1953 y por el simple hecho de ser leal, algo que me parecía y me parece elemental, resulté ascendido a los primeros planos de la política de ese tiempo. Y ahí me dejaron hasta el 19 de abril de 1970, cuando fue elegido el señor presidente Pastrana...

Recuerdo del Escuadrón

"Arco”. - ¿Aquella fue la época del "escuadrón suicida" en la Constituyente del general Rojas Pinilla?

B.B.- Si. Una época maravillosa en que éramos jóvenes y nos sentíamos héroes. Hacíamos periódicos públicos y clandestinos, pronunciábamos discursos imprudentes en no pocos casos injustos, nos sentíamos depositarios exclusivos de la verdad y de la honestidad. En mi caso personal, yo que nunca pude ser orador tal vez a causa de la timidez, no perdía ocasión de treparme a cuanto ladrillo encontraba, para hablar en defensa de posiciones que me parecían verdades absolutas. La vanidad me hacía sentir un predicador solitario y rechazado. Pero resultó que, unos por simpatía hacia mi ingenuidad y otros porque me creían, muchos colombianos, en todo caso más de los que imaginaba, aparecieron a nuestro lado. Un día, con el expresidente Alberto Lleras, él observó que en mi automóvil estaba toda la oposición. Para sintetizar, podría decir que no busqué la fama, sino que me la encontré. Ese incidente de mi vida fue definitivo, principalmente porque, dadas las circunstancias en que se produjo y el cambio que significó para mi precaria trayectoria, me llevó a pensar siempre que la gloria política es un accidente y que, en cierta forma, no depende del protagonista. Hay muchos que la merecen y nunca la tuvieron, quizá nunca la tendrán. En un bello libro de Agnes Smedley, llamado "China en Armas”, que relata episodios sobresalientes de la "larga marcha", hay unas reflexiones terribles de la periodista ante el cadáver de un soldado que, muerto después de un combate, debe quedar a la vera del camino porque no hubo tiempo de enterrarlo. No se conoce ni siquiera su nombre y la escritora se dirige al héroe anónimo a través de recuerdos como es hay que mirar la gloria y la fama...

"Arco”. - Esas reflexiones hacen pensar que es usted un escéptico. Si es así, ¿por qué ha vivido la política con tanto fervor, hasta el extremo de que, siendo conservador, por sus tesis sociales lo han tachado de comunista?  

B. B. No soy un escéptico. Antes le señalé mis vaivenes entre Aristóteles y Hegel. Soy un realista y por tanto un convencido de que en cualquier momento quienes dan la gloria, la pueden quitar. Pasó la época del derecho divino de los reyes, del dogmatismo y de los líderes carismáticos. Fíjese cómo entre nosotros quedan muy pocos. Si se tiene en cuenta lo anterior, la decisión y el entusiasmo que ponga en In política son más razonables, más objetivos. Y, claro, permiten que uno inicie o se incorpore a batallas difíciles. Eso me ocurrió con las tesis sociales, que no fueron invento mío sino algo que veía claro en los programas conservadores, que concretó la Iglesia Católica con Juan XXIII, y que aprendí entre filósofos en un monasterio cisterciense en las afueras de Cluny, cerca de Lyon: en Taizé. Naturalmente en países como el nuestro, esas ideas es fácil sindicarlas de comunistas, porque los intereses concretos suelen probar los de la comunidad. Imagínese usted: si le dijeron comunista a Juan XXIII, ¿cómo no se lo van a decir a Belisario Betancur, ciudadano de Amagá, Antioquia?

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