El Magazín Cultural

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22 May 2022 - 2:00 a. m.

Benito Pérez Galdós en la literatura de España, por Mario Vargas Llosa

Capítulo de “La mirada quieta”, el más reciente libro de ensayos del Nobel de Literatura peruano Mario Vargas Llosa, donde revisa la obra del clásico autor español de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Mario Vargas Llosa * / ESPECIAL PARA EL ESPECTADOR

El novelista, dramaturgo y político Benito Pérez Galdós (izq., en foto tomada por Pablo Audouard) nació en Las Palmas de Gran Canaria el 10 de mayo de 1843 y murió el 4 de enero de 1920 en Madrid. Mario Vargas Llosa (der.) fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura 2010, tiene 86 años de edad y no ha dejado de escribir literatura. En la mitad la portada del nuevo libro de Vargas Llosa sobre Pérez Galdós.
El novelista, dramaturgo y político Benito Pérez Galdós (izq., en foto tomada por Pablo Audouard) nació en Las Palmas de Gran Canaria el 10 de mayo de 1843 y murió el 4 de enero de 1920 en Madrid. Mario Vargas Llosa (der.) fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura 2010, tiene 86 años de edad y no ha dejado de escribir literatura. En la mitad la portada del nuevo libro de Vargas Llosa sobre Pérez Galdós.
Foto: Dominio público y Getty Images

¿Fue un gran escritor? Lo fue. Desde luego que es exagerado compararlo a Cervantes, algo que él nunca pretendió, pero en el siglo XIX y comienzos del XX, no hay ninguno de sus compatriotas que tenga semejante dedicación, inventiva, empeño y la soltura literaria de Pérez Galdós. Por otro lado, su continuidad en el trabajo era notable y no hay ninguno de sus contemporáneos que haya dejado una obra tan monumental como la suya.

Probablemente fue el primer escritor profesional que hubo en España; la verdad es que, salvo en los años finales de su vida, cuando dedicó parte de su tiempo a la política, él no hizo más que escribir, primero periodismo, y luego los Episodios, sus novelas y sus obras de teatro. (Recomendamos: Crónica de Nelson Fredy Padilla sobre la despedida de sus libros de parte de Mario Vargas Llosa en su biblioteca en Lima).

Es verdad que, tanto en el XIX como en los comienzos del XX, no hay en España grandes escritores —con excepción de un Valle-Inclán o de un Azorín—, pero esto no rebaja en absoluto el mérito de Pérez Galdós. Él sí fue un gran escritor, sobre todo seleccionando en su obra enorme ciertas novelas u obras de teatro en que su genio destacó; como todos los escritores, tuvo también caídas, que sin embargo sirven para dar mayor relieve y profundidad a sus éxitos.

En cambio, no fue un escritor novedoso, que abriera un camino por el que podrían descubrir su voz otros escritores. No; fue un seguidor bien aprovechado de los grandes folletinistas franceses e ingleses del siglo XIX. Pérez Galdós no hubiera existido sin Balzac, Zola, Víctor Hugo, Flaubert (estoy menos seguro de las influencias de él en este último) o Alejandro Dumas y el inglés Charles Dickens, de quien tradujo Pérez Galdós los Pickwick Papers.

Quizás el más sorprendente e inesperado defecto que debe imputársele es no haber aprovechado la lección de Flaubert sobre la función del narrador en una novela; en el libro me he referido a ello tantas veces de manera que no vale la pena insistir. Solo decir que esta limitación hizo que muchas novelas de Pérez Galdós se alargaran demasiado, debido a que él mismo se presentaba como narrador de las historias y debía por lo tanto, construirse una línea autobiográfica en las novelas que las extendía innecesariamente. U olvidar aquello que decía sobre las fuentes de la historia que contaba.

Fue un escritor muy desigual, como la mayor parte de los escritores, sobre todo porque no rehacía sus textos, se limitaba a corregirlos por encima y añadirles palabras o letras a vuelapluma. La suerte de sus manuscritos estaba en si salían o no salían: no había término medio, porque no rehacía lo escrito o lo dictado. Pero, aun así, escribió grandes y admirables novelas, como Fortunata y Jacinta, Misericordia, Doña Perfecta, Torquemada en la hoguera, El amigo Manso y otras que se pueden leer y admirar ahora mismo, en nuestra época, sobre todo porque en ellas hay una modernidad renaciente, que nunca se ha perdido.

Fue tan buen novelista como autor de teatro y en ambos géneros se mantuvo ese principio de obras maestras y obras de escasa o nula significación, aunque a menudo entretenidas. Sus aciertos pertenecen a ambos géneros, así como sus fracasos. No hay nada de empobrecedor en que un mismo autor sea responsable de grandes éxitos y enormes caídas. Prácticamente todos los autores entran en esta categoría, en la que a veces aciertan y otras fallan. Pero basta una sola novela para que figuren para siempre en la historia de la literatura. Y Pérez Galdós escribió varias obras maestras.

De otro lado, a Pérez Galdós no hay que juzgarlo como al común de los autores de su época, pues con los Episodios nacionales él fijó una cierta orientación y ordenación histórica a su arte y, aunque ninguno de sus contemporáneos lo siguió, él tuvo el enorme mérito de poner al alcance del gran público hechos históricos centrales, que, a la manera de un Víctor Hugo o del autor de los mosqueteros, Alejandro Dumas, llegaban a un gran público al que familiarizaban con los grandes sucesos del pasado español.

Esta labor fue encomiable y algunos de los Episodios, muy logrados, merecen destacarse entre sus obras mejores. También de esta manera un escritor contribuye a crear una sociedad integrada, haciendo que gentes de distintas regiones y costumbres se sientan herederas de un pasado común. En esta manera de “hacer patria” Pérez Galdós fue el único escritor español de su tiempo que lo hizo. En este sentido, remachó la obra de su antiguo antecesor, el Quijote, sin duda, el libro que han leído casi todos los españoles —que hemos leído y releído todos quienes tenemos la suerte de hablar y escribir en español— y que nos ha hecho sentir herederos de una estirpe y comunidad en la que están representadas las grandes virtudes españolas y latinoamericanas, y algunos de sus defectos más visibles también. Esa fraternidad allende los mares fue, en gran parte, la obra de un escritor solitario: Benito Pérez Galdós.

La orientación de sus críticas fue siempre acertada, ya que el gran problema de España era la estrictez y el carácter implacable de la Iglesia católica, con sus prohibiciones y prejuicios intolerables. Pero, a diferencia de otros escritores españoles, Benito Pérez Galdós no parece haber sido un rebelde integral ni mucho menos un revolucionario. Hasta se podría decir de él que era un creyente moderno, bien avenido con las enseñanzas de la Iglesia católica, aunque muy rebelde a aceptar la intolerancia e intromisión de esta en las costumbres privadas y la vida pública.

Que a menudo, en sus obras de teatro y novelas sobre todo, propusiera soluciones a los temas sociales que estaban fuera de lugar —que los ricos se volvieran buenos y repartieran su fortuna entre los pobres, por ejemplo— habla bien de él, pero no de las soluciones que sugería, que eran sobre todo muy poco realistas.

Ocurría con Pérez Galdós algo que era típico de los “liberales” de su tiempo: no tenían el menor interés por la realidad económica y, por lo mismo, las soluciones al problema social que proponían estaban siempre asociadas a la religión; es decir, había en ellas algo desconectado por completo de toda realidad. No fue en España donde se establecieron las formas más atinadas y científicas de acabar con la pobreza.

Me refiero a aquella igualdad de oportunidades que distingue a los países más avanzados de la tierra en el orden social de los demás. Los economistas británicos, americanos y austríacos hicieron más que los escritores (franceses y españoles) en este asunto específico. Pero Pérez Galdós se adelantó a su época en el sentido de que fue un “escritor comprometido”, claramente angustiado por los problemas de actualidad y que, antes que nadie, osó inmiscuirse en la gran problemática social que vivía su país, que era la inmensa diferencia de ingresos entre pobres y ricos, tema en el que, como hemos visto, insistían con frecuencia sus novelas y obras de teatro, proponiendo, eso sí, algunas soluciones muy poco prácticas al problema de la desigualdad.

Aunque hizo muchos viajes por Europa, y desde luego muchísimos más por España cuando investigaba para componer algunos de los Episodios nacionales, y sabía algunos idiomas —el italiano, entre ellos, así como tenía nociones del francés y del inglés—, no fue un gran lector de literatura extranjera, de manera que no advirtió, o no le dio demasiada importancia, a la revolución de la novela que, iniciada por Flaubert, llegaría luego, con Joyce y los rusos —Dostoyevski y Tolstói, sobre todo—, a convertirse en algo completamente distinto y superior a lo que había sido en el pasado.

Este aspecto de la evolución de la novela pasó completamente al margen de Pérez Galdós, a quien, por ello mismo, debemos leer hoy más como a un clásico que a un novelista moderno. Yolanda Arencibia nos recuerda que Pérez Galdós compraba muchos libros y, entre ellos, la colección de clásicos de Rivadeneyra, los clásicos griegos y latinos, y muchos libros extranjeros, de Lamartine, Víctor Hugo, Gautier, Rabelais, así como obras italianas y alemanas. En su caso se confirma aquello de que detrás de un buen escritor hay siempre un obstinado lector.

Vale la pena señalar que fue un escritor y solo un escritor, pues dedicó buena parte de su vida solo a escribir sus artículos, ensayos, novelas, obras de teatro y la inmensa y variada obra que nos dejó. No pretendía ser nada más (ni nada menos) que un escritor. No quería ser un periodista tampoco, aunque sus comienzos en el terreno de la literatura fueran en este campo; luego dejó de escribir artículos para concentrarse solo en los libros. Y la enseñanza jamás se le pasó siquiera por la cabeza.

También en el terreno exclusivo de la vocación hay que señalarlo como un caso aparte, el primero de muchos. Siempre fue lo que quiso hacer toda su vida: un escritor. Es verdad que su familia lo ayudó, pero las pellejerías y problemas que tuvo más tarde con sus ingresos, y que están tan detalladamente documentados por Yolanda Arencibia, nos muestran que, pese a que consiguió vivir de sus libros en una época difícil, cuando aquello no se conocía, su voluntad forzó la realidad y, diríamos, la obligó a aceptarlo así, pues fue el primero de muchos escritores en vivir exclusivamente de sus libros.

Había en esta profesionalidad de su vida un ejemplo a seguir, y lo siguieron muchos otros. Pero él fue el primero y no hay que olvidarlo, sobre todo en esta época en que tantos escritores viven en América Latina y en España de su propio trabajo. Las limitaciones de Pérez Galdós son las del país en el que vivió prácticamente toda su vida, aunque hiciera muchos viajes. Pero nunca se le pasó por la cabeza vivir fuera de España, ni escribir sobre otras realidades que los asuntos y los problemas españoles.

En aquellos años en que fue más fecundo, España estaba aislada desde el punto de vista literario y esto se refleja en la obra de Pérez Galdós como una limitación tanto en el estilo como en los temas que trataba: su obsesión con los problemas y la historia de España, a la vez que da lumbre a su prestigio, señala una cierta estrechez e incluso síntomas de provincialismo.

La literatura experimental y vanguardista que, por ejemplo, floreció en París, a él no lo tocó como a otros contemporáneos suyos españoles, y eso pone unos límites a la irradiación de su obra fuera de las fronteras patrias. Aunque colaboró en el diario La Prensa, de Buenos Aires, y algunos de sus artículos se publicaban en América Latina, el tema español configuró su literatura y le dio una característica central: la de un escritor preocupado exclusivamente por los temas y problemas de España: era lo que saltaba más a su vista, lo que se metía en su casa a diario a través de los periódicos y las conversaciones con sus amigos.

Por otra parte, no olvidemos que Pérez Galdós iba contra la corriente y recibía ataques por doquier, y, algunos, bastante brutales. Solo con los años estos irían amainando y él se iría convirtiendo en una figura respetable, motivo de orgullo, de la que los españoles —todos— podían sentirse halagados. Estoy seguro de que entre las muchas personas que concurrieron a su entierro había algunas que lo habían atacado en su juventud.

Benito Pérez Galdós estuvo a la altura del prestigio que ahora lo rodea. Sus libros son la mejor confirmación de su talento. Fue, sigue siendo y lo será por mucho tiempo un gran escritor.

* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial, sello Alfaguara.

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