10 Jul 2020 - 2:00 a. m.

Bibiana Ricciardi: “La vida es el movimiento y la acción del presente”

En “Una mujer corre” (Caballito de Acero), la escritora argentina construye un relato del pasado y el presente desde el acto de trotar. En la novela se muestra entonces una cercanía con la idea de los peripatéticos griegos.

“Soy peripatética. Totalmente. Estoy convencida de la idea de que el movimiento ayuda al pensamiento. Soy una gran caminadora, pero también soy una corredora, como la protagonista de la novela. Uno puede pensar en acción. Es en el movimiento donde se encuentra la posibilidad de generar una idea. Si algo existe es a partir del movimiento y no de la quietud. Es una ley de la física también, ¿no? Es más fácil que algo que se está moviendo permanezca en esa acción a que algo que es estático empiece a moverse. Estoy a favor de renovar lo que sucede dentro de la cabeza a partir del movimiento del cuerpo y de comprometer a este con el ejercicio de la escritura. Lejos de ser una actividad meramente intelectual, como nos han hecho creer, es un ejercicio en el que hay que comprometer todo el cuerpo”, contó Bibiana Ricciardi, escritora y dramaturga argentina.

La lectura de Una mujer corre logra el cometido que confiesa la escritora. Pie izquierdo, pie derecho. Frases cortas. Un ritmo intrépido, frenético, que suscita un sentimiento de ansiedad y logra acercarnos a esa fatiga que sentimos al trotar. Una falta de aire que no solo es motivada por el ejercicio, sino también por esas remembranzas que nos han forjado en el dolor y han convertido las alegrías de un pasado en una inherente nostalgia del presente, de un presente que parece ser el único tiempo que le interesa a Ricciardi.

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“La noción del tiempo se construye desde la acción. No creo que haya tiempo en la quietud y el silencio. Podríamos pensar que ambos elementos representan la muerte, tal vez. Esa es mi cosmovisión. Podríamos definir que la acción es una forma de estar en el presente, y el presente es todo lo que tenemos. El tiempo y el espacio son dos coordenadas que justamente estoy transitando en mi nuevo texto, que se llama Amor distante, y que sin duda marca la forma en la que se puede pensar el futuro y el pasado como construcciones o representaciones. La vida es el movimiento y la acción del presente”, expresó la autora.

Un presente que también se configuró por la cercanía a nuestra finitud, por ese abismo inminente de la muerte susurrada por un cáncer que pigmenta la piel y también las imágenes de un futuro en el que automáticamente nos situamos, engañándonos y olvidando que la naturaleza humana se reafirma en el instante en que los latidos del corazón dejan de escucharse entre los aires.

“Yo escribí esa novela sin saber lo que era tener cáncer. Sí estaba acompañando a una amiga del alma que estaba en un proceso con esa enfermedad. Fui muy cercana por esos días. Fue una especie de catarsis en tanto que nos encontramos con ese espacio de finitud, con esa sensación de “se terminó el borde y llegué al abismo”. Las dos imágenes fundacionales de la novela son el acto de correr y el acto de acompañar a una amiga en estas circunstancias. Lo que pasó, que yo no me imaginaba que podía suceder porque la literatura es así de peligrosa fue que cuando terminé de escribir el libro yo también tenía cáncer, pero esa es otra historia que está en otra novela. Yo no creo que la noción de muerte cambie la escritura, pero sí cambia la vida y entonces ahí sí cambia lo que escribimos. Vivimos pensando que no vamos a morir jamás, eso es bien extraño. Somos una sociedad que niega la muerte. Aprender a aceptar la muerte fue liberador, porque a partir de ese momento en el que entendí que podía fallecer antes de lo esperado —por suerte, ya estoy bien, estoy curada— fue maravilloso darme cuenta de que debía aprovechar el tiempo para hacer lo que debía hacer. Soy mucho más feliz después de haber tenido cáncer”, expresó.

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Habitar de lleno el presente mientras se desandan los caminos del pasado, mientras se exploran los traumas de una sociedad que, a raíz de una dictadura, tuvo que buscar a sus hijos y poner en tela de juicio cualquier definición y sentido de la identidad y la memoria.

“El personaje vive en un contexto militar, porque en la Argentina estamos condicionados por ese pasado de la dictadura. A mí lo que me interesaba en particular era reflexionar sobre la idea de la muerte y sobre la búsqueda de la identidad dentro de ese contexto, por eso necesité ponerla en ese espacio. Yo creo que una de las marcas interesantes que tiene la historia dolorosa de mi país es esa confusión de identidad de tantos chicos que fueron escondidos y lo que eso pudo generar después cuando terminó la dictadura, los responsables fueron juzgados; pero las víctimas infantiles, que ahora son adultos que fueron secuestrados y dados en adopción a otras familias, todavía no conocían su identidad. La búsqueda de esa identidad que llevaron a cabo las Madres de la Plaza de Mayo enmarcaron la historia de mi generación. Me parece muy interesante plantear a ese personaje en una situación políticamente incorrecta. Ella no quiere que su identidad sea la biológica. En todo caso cuestiona si la identidad es esa o la que se construye a lo largo de la vida. No creo que los escritores estemos en la obligación de denunciar, pero sí estoy convencida de que estamos obligados a otorgar otras perspectivas posibles de las historias pasadas, sean traumáticas o no”, concluyó Ricciardi.

El movimiento y esa vieja enseñanza que nos dejó Aristóteles como principio de acción. El movimiento del cuerpo, del tiempo y de las ideas. Ser nómadas de nuestra propia existencia para reconocer nuestras estaciones, para enfrentar las tierras áridas y gozar de los efímeros jardines de la solemnidad. El movimiento para llegar a libros como los de Bibiana Ricciardi y seguir encontrándonos en vivencias compartidas, en voces que siguen indicando que la literatura es el vehículo más fidedigno para recorrer y responder a las preguntas que construyen un mundo incomprendido y arrojado a su (mala) suerte.

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