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Esta semana, por el lanzamiento mundial de su primera novela, El presidente ha desaparecido, y cada vez que puede, Bill Clinton le da crédito a Gabriel García Márquez como el autor del libro “más importante” en su vida como lector: Cien años de soledad. Fue el impacto que le causó el mundo macondiano mientras estudiaba leyes, y luego conocer al nobel de Literatura colombiano y hacerlo su amigo, lo que condujo al expresidente estadounidense a los primeros borradores que ahora lo convierten en novelista junto al famoso escritor James Patterson. (La presentación del libro).
De esta amistad nos enteramos los periodistas que trabajábamos en la revista Cambio, en Bogotá, en enero de 1999. García Márquez, dueño, director y redactor, trabajaba en su investigación sobre el escándalo sexual entre Clinton y Mónica Lewinski, practicante de la Casa Blanca, publicada bajo el título El amante inconcluso. Se había conocido con Clinton en una cena en la casa de verano del escritor estadounidense William Styron, en Marttha’s Vineyard, en agosto de 1995.
Las ventas de Cien años de soledad estaban disparadas porque Clinton declaró: “Desde que la leí, hace más de 40 años, siempre me asombraron sus dotes únicas en cuanto a imaginación, claridad de pensamiento y honestidad emocional… una obra poética, maravillosa y mística”. García Márquez creyó que se trataba de una pose de político para ganarse a la comunidad latina en EE. UU. Sin embargo, la noche en que compartió con el “cabeza de cepillo”, como lo apodó de entrada, le atribuyó un “poder de seducción” basado en la estatura y “el fulgor de su inteligencia”. Eso le contó a su hermano Eligio García Márquez, quien fuera asesor editorial de Cambio: “tú sabes que con cualquier gringo no se puede hablar en una misma noche de literatura, cine, música y mujeres”.
Hablaron hasta de la Rapsodia para saxofón de Debussy, pues el presidente interpretaba el instrumento y el escritor lo usó como fondo de cuentos y novelas. El propio Gabo escribió después que en aquella velada en casa de Styron, con la diplomacia del escritor mexicano Carlos Fuentes de por medio, comprobó que la opinión de Clinton sobre el realismo mágico era genuina, además de su conocimiento de la literatura universal, empezando por El Quijote –que confesó no haber leído completo–, deteniéndose en El conde de Montecristo y terminando a medianoche con Las meditaciones de Marco Aurelio.
La afinidad mayor fue William Faulkner. El colombiano consideró al autor de Luz de agosto inspirador de su poética y el norteamericano le respondió recitando el monólogo de Benji, nuez de la novela El sonido y la furia. Así, pasar a hablar del narcotráfico en Colombia y EE. UU. resultó tan natural que Clinton admitió que las mafias norteamericanas son las más poderosas. De brindis en brindis desembocaron en el tema de Cuba y García Márquez le dijo: “Si Fidel y usted pudieran sentarse a discutir cara a cara no quedaría ningún problema pendiente”.
Los dos valoraron sus puntos de vista “como si fueran oro en polvo” y eso los llevó a reencontrarse varias veces, por ejemplo en la Oficina Oval de la Casa Blanca, a finales de 1997, en presencia de Samuel Berger, jefe del Consejo Nacional de Seguridad. Para que ese encuentro se produjera, Clinton ordenó otorgarle a su amigo el visado de entrada al país, que le había sido negado años antes por su cercanía con el régimen de Fidel Castro. Enterado de la conexión, quien le sacó provecho político un año después fue el presidente cubano, quien a través de García Márquez envió una carta a Clinton pidiéndole flexibilizar el bloqueo económico a la isla. (Lea "El Mensajero").
Uno de los intermediarios de la amistad fue Thomas McLarty, asesor y mejor amigo de Clinton, a quien García Márquez conoció en Washington a través del expresidente colombiano y secretario de la Organización de Estados Americanos César Gaviria. Más allá de la política, entre García Márquez y Clinton se mantuvo una relación sincera a través de la literatura. Según Eligio García –fallecido autor de una gran investigación sobre Cien años de soledad titulada Tras las claves de Melquíades–, el político le preguntaba por lecturas detectivescas y el escritor le respondía recomendándole la prolífica obra del belga Georges Simenon, y aprovechaba para reclamarle que los estadounidenses “perdieron el sentido del misterio” instaurado por Edgar Allan Poe.
Intercambiaban libros, más porque la hija de Clinton, Chelsea, también se obsesionó con la obra del colombiano y él se encargó de regalarle las ediciones en inglés y autografiadas por él. Clinton asistió al homenaje que las academias de la lengua española le rindieron al nobel en Cartagena en 2007. La última vez que se vieron fue el 17 de mayo de 2013, en la casa de García Márquez en Cartagena. Él, disminuido por el alzhéimer, y su esposa, Mercedes Barcha, recibieron a Clinton, que a su salida dijo: “Ya no luce joven como antes, pero sus ojos brillan”. El 17 de abril de 2014, día de la muerte del autor, se comunicó con la familia y luego publicó: “Tuve el honor de ser su amigo y de conocer su gran corazón y mente brillante durante más de 20 años”.
Imposible no recordar esto cuando el sello editorial Planeta publica en Colombia El presidente ha desaparecido, novela escrita por Clinton, de 71 años de edad, junto con la pluma de James Patterson, también de 71, un Simenon estadounidense que ha vendido más de 350 millones de libros en todo el mundo con sagas en las que el personaje más conocido es el agente del FBI Alex Cross. Tiene el récord Guinness por ser el autor que más obras ha mantenido en el número uno de la lista del New York Times.
Por la formación literaria que tiene, hay que creer en Clinton como coautor del thriller, aunque fue presentado el lunes pasado con un punto de vista trillado en la literatura y el cine: “La presidencia de los EE. UU. pende de un hilo. El presidente, Jonathan Duncan, está a punto de ser destituido y es presa fácil de los tiburones de Washington cuando, acorralado por la prensa, cuestionado por la opinión pública y sus propios colaboradores, se enfrenta al mayor ataque que EE. UU. haya sufrido nunca. Sin nadie en quien confiar, el presidente Duncan deberá desaparecer para actuar en la sombra, aun a riesgo de que le consideren sospechoso y traidor. Tres días de infarto en los que el hombre más buscado del planeta se verá inmerso en un juego de estrategia política sin precedentes para poner a salvo el futuro de la nación”.
Sin importar su calidad narrativa, será un best seller con versión de serie de televisión producida por Showtime y tal vez de cine. Clinton, que fue presidente estadounidense durante dos mandatos consecutivos desde 1993 hasta 2001, había escrito otros libros, incluido el autobiográfico My life y el de pensamiento político Entre la esperanza y la historia, pero hasta ahora no se había atrevido con la ficción. Ahora hizo realidad el sueño que le insinuó a García Márquez, su inspiración.