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Bogotá, sin filtros

Oscurece, las calles se despejan, pero el temor crece. ¿Por qué una ciudad tan bonita estará tan dañada? Pregunto, pero aún no me dan respuesta.

Estefanía Pardo Donado

10 de agosto de 2019 - 12:16 p. m.
Imagen panorámica de Bogotá, una ciudad de todos y de nadie. / Pixabay – Alejoturola
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Bogotá es una ciudad fría, como algunos de sus habitantes.

No los culpo, es tedioso tener que lidiar con una selva de cemento tan grande. A la que muchos llegamos a cumplir sueños, otros, en cambio, a dañarlos. Y dañan vidas, mientras acaban con los sentimientos. Dañan, dañan y dañan.

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Es caótica, ruidosa, tiene un clima cambiante y nunca sabes qué nuevo sucederá. Eso es lo que me gusta, su variedad. Me gusta su clima, aunque a veces el frío me queme hasta los huesos y solo puedo aferrarme a mis almohadas, soñando que es el abrazo de mamá.  Me gustan sus calles, amontonadas de gente que desea llegar pronto a su destino.

Bogotá acoge a propios y extraños y aun así la dejan a su suerte. Encanta con sus enormes montañas que parecieran protegerla de quienes quieren dañarla.

Me gusta la historia que cuentan sus calles, los acontecimientos históricos que la acompañan. Los grandes edificios y las casas quintas coloniales. Me gustan sus colores y sus graffitis, sus días grises y los soleados. Aquí no hay intermedios, la vives o te vive.

Me agrada la idea de pensar que no hay gente mala, solo corazones rotos. Esos que un día soñaron en grande, pero les arrebataron la ilusión. Quizá por eso no responden a un saludo, se ofenden si los miras o huyen mientras tratas de encontrar una dirección.

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Quiero creer que eso pasa en todas las ciudades grandes, a las que la inseguridad volvió a las personas mezquinas y desconfiadas. Pero eso sucede en el día, de noche Bogotá es tranquila, o quizá solo descansa del trajín de la mañana. No hay transmilenios llenos de gente, ni vendedores ambulantes, no hay trancones, las calles están solas y sus habitantes resguardados en sus casas. Las calles quedan vacías y se puede oler el pasto mojado y no el humo contaminante de los vehículos que diariamente la transitan.

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Oscurece, las calles se despejan, pero el temor crece. ¿Por qué una ciudad tan bonita estará tan dañada? Pregunto, pero aún no me dan respuesta. A veces creo tenerla, quizá se trate del mismo temor a ser heridos, el hecho de desconfiar del prójimo es mejor que creer que sus intenciones son buenas. ¿Para qué un extraño me hablaría en la calle si no es para hacerme un daño? ¿Por qué debería preguntarle a esa mujer dónde queda la dirección que tengo? No vaya a ser que se aproveche de mí y me haga un daño. ¿Por qué denunciar a quien me vulneró mientras iba en el Transmilenio? Si al alzar mi voz nadie me secundará, todos prefieren el bien individual y quedaré expuesta. Mejor transito sola, mejor sigo sola.

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Sigo descubriéndola, con ella me encanto y me desencanto. Pero cuando me detengo a observarla la redescubro y llego a la conclusión de que es como leer Rayuela, no importa por dónde empieces, siempre tendrás una conclusión diferente.

Bogotá es como leer Rayuela porque a ella -como a la historia-, creería que hay que sentirla, no entenderla.

A Bogotá le faltan dolientes y a sus habitantes, empatía por ella.

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Por Estefanía Pardo Donado

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