La Bogotá que se muestra en La sangre y la lluvia no es propiamente la de “Colombia es pasión”. Al otro lado del teatro se encuentra esta capital de contrastes, de esquinas inciertas y de calles donde la angustia pareciera la regla. Y de este lado, la violencia, la soledad y la ciudad hechas ficción con un ojo cinematográfico de un talento inesperado, una dirección de actores muy cuidada (casi todos ellos naturales), una fotografía interesante y unas actuaciones tan sorprendentes que pronto se hablará de una revelación llamada Gloria Montoya. En esta película hay una fuerza plasmada de manera contundente, de la que es imposible salir ileso después de verla.
Desde hace siete años Jorge Navas viene metiéndole el hombro a este proyecto con paciencia y con investigación, tan lejos de tantas producciones express que se hacen en el país. El resultado no podría ser otro que unos personajes profundos, coherentes, una historia creíble, posible y de peso, productos de un guión trabajado y maduro, el cual surge de una especie de exorcismo y de esas cosas que a Navas le duelen y lo tocan. “Vengo de Cali y de alguna manera soy un extranjero en la ciudad. Me gustaba mucho recorrer la noche y desafiarla, meterme en lugares sórdidos para tratar de entenderla. Siempre me ha atraído lo marginal, es como una especie de obsesión que miro desde el lado documental, antropológico y sociológico”.
La película cuenta la historia de Jorge y Ángela, un taxista y una mujer amante de la noche, que se encuentran gracias a la casualidad y a la fatalidad en medio de una noche lluviosa en las oscuras entrañas de Bogotá. Durante seis horas se enfrentan a la muerte, le dan una tregua a la violencia diluida en la brutalidad posterior y juntan sus soledades.
Navas es parte de esa amalgama particular que se formó en la Facultad de Comunicación del Valle. Sus fundadores y profesores (Andrés Caicedo, Mayolo, Luis Ospina, Jesús Martín Barbero, Estanislao Zuleta, entre otros) fueron y son esa mezcla de círculo intelectual y cineastas atrevidos de bohemia profunda. Carlos Moreno, de Perro come perro, y Óscar Ruiz Navia, de El vuelco del cangrejo, también forman parte de esa escuela de documental de Cali donde han salido los largometrajes más interesantes de la producción audiovisual colombiana reciente y que han logrado viajar a los festivales con mayor relevancia del cine independiente del mundo.
La visión cinematográfica de Navas está alimentada por varias fuentes, entre ellas su pasado metalero, donde lo apocalíptico, lo oscuro, lo romántico y lo gótico tenían un lugar preponderante; su admiración por Andrés Caicedo y su relación con la marginalidad, la muerte y las drogas. Por otra parte, está su gusto por el cine mudo, por el expresionismo alemán —en el cual el interior de las personas se ve reflejado en el paisaje y en la ciudad— y por el romanticismo francés —que exalta el paisaje, cambiando el estado de ánimo de los personajes—. Sin conocerlo a fondo y sin proponérselo, el género de La sangre y la lluvia encaja dentro del cine negro, ese de fuerte contenido expresivo que en medio de claroscuros, escenas nocturnas y lluviosas pone en primer plano la psicología de los personajes que giran en torno a la criminalidad.
En términos prácticos, el rodaje fue duro y difícil porque esas seis horas que dura la historia fueron siete semanas, durante las cuales vivieron en horario de vampiros en el Barrio Santa Fe, zona roja y de tolerancia de Bogotá. “Fue más lo sorpresivo y lo bello lo que encontramos que lo miedoso. Extrañamente el rodaje fue tranquilo”.
Venecia tendrá este martes la oportunidad de ver esta historia desgarrada y seguramente descubrirá un cine de autor de alta factura.