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Borges y usted

A usted, lector, es a quien le ocurren las cosas.

Juan Villamil

09 de junio de 2011 - 04:57 p. m.
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Un día, por ejemplo, caminaba por la acera del antiguo edificio de la Biblioteca Nacional, en Buenos Aires, y de golpe casi tropieza con uno de esos viejitos de aspecto así de formal como apacible, amalgama poco frecuente y sobrecogedora. Usted le ofrece disculpas; él le ofrece una invitación. Y mientras almuerzan, usted se entera de que ese viejito modesto es Jorge Luis Borges, el más grande escritor del siglo XX. No puede creerlo. Borges tampoco puede creer que usted lo haya leído. Usted le dice que claro, cómo no haberlo leído, si conoce su obra desde Fervor de Buenos Aires. Borges se sonroja: usted, lector, merecía un mejor libro.

Así es Borges, y usted empieza a conocerlo. ¿Intimidado? Por supuesto. Desde ahora cuida cada palabra que pronuncia, busca parecer erudito. Borges sonríe; se encoge ligeramente al hablar, concentra su mirada en usted al escucharlo. Usted no soporta la presión del instante, suda, teme que dirá una tontería. Borges alivia esa tensión con un verso: “Es una descortesía tener la razón”. ¿Me acompañaría al baño?

Borges ha abierto la braga de su pantalón y orina. Usted... silba. Confirma en el espejo la persistencia de la goma. Fabrica la próxima pregunta. Usted, en fin, disimula. “¿Sabe algo de John Birch?”, le interroga Borges. Usted ignora quién es ese tal... “John Birch es como le dicen los ingleses a la pija. Y Lady Jane a la concha”. Usted queda perplejo. Borges queda sonriente. Y afuera el día cede a la noche. Es la ceguera de Borges: un crepúsculo.

En la calle, golpeados por el frío, el encuentro agoniza. Pero usted no dejará pasar la oportunidad de pedirle a Borges un consejo. Él le da 16; todos contradictorios. Él no cree en consejos, ni siquiera en escritores. Para Borges el escritor es tan sólo un amanuense de una idea superior que necesita ser escrita.

Antes de despedirse, usted, que esta tarde no llevaba encima la cámara, le pide a Borges... un suvenir. Borges sospecha su preocupación, no sea que el encuentro haya sido soñado, y le entrega un billete de dólar firmado. Es perfecto: trae grabada la fecha.

Borges y usted, ahora sí, se despiden.

Unos días después algún amigo le hace saber que los billetes de dólar no traen grabada la fecha y que Borges murió hace 25 años.

Por Juan Villamil

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