En esa época era “pequeña”, tenía el cabello largo. Mi cuerpo y expresiones eran distintas. Un día gris, antes de llover, jugando en la orilla del lago me vi reflejado en el agua, pero el reflejo me mostró diferente; era yo mismo, lo sabía, pero era un niño, me veía como un pequeño con el cabello corto y me gustó. Entonces aparecía otra sensación que producía el lago: la ausencia, una sensación de ausencia. Ausencia de lo que no tenemos, lo que hemos perdido o lo que no hemos llegado a ser.
El terreno de la finca alrededor del lago, es grande, antiguo y muy bien cuidado, se remonta incluso a los abuelos de mi abuela; lleno de cultivos y ganado para alimentarnos, pero sobretodo, para abastecer al pueblo y a las veredas cercanas, de ahí es donde nuestra pequeña familia ha generado ingresos. Somos muy agradecidos con la tierra porque de no ser por ella, no tendríamos nada.
La abuela hacía ofrendas en los cultivos y en el lago siguiendo el ejemplo de sus abuelos. Las ofrendas eran comida, libaciones de chicha que se fermentan con el maíz del mismo cultivo y pedazos de carne cruda que se entierran en el suelo fértil. Una de las ofrendas que más me gustaba era la del lago. Nos subíamos en una balsa de madera, mamá remaba y la abuela lanzaba pedacitos de oro que no sé de dónde salían; mientras hacía la ofrenda, ella cantaba: guexica xiua, ipkua hizca; guexica xiua, chogue sua. Mamá me traducía la canción mientras
tanto: “lago abuelo, gracias por tu medicina; lago abuelo, buen día”. Era un momento muy bonito, lo más curioso era que estando sobre el lago se producían las sensaciones de mareo, pero ya no había angustia y se iban los nervios; como si el lago y nosotras hubiéramos hecho las paces. Mientras el ritual llegaba a su fin, sobre la balsa, al mirar el agua: ahí estaba ese reflejo de lo que quería ser realmente.
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Pasaron los años y yo me fui enterando de algunas cosas sobre mi padre y sobre el padre de mamá. Sobre papá, no hay mucho que contar, nos abandonó porque decía que la abuela y mamá eran brujas “¡ustedes no son seres de Dios!” les gritaba, “¡ustedes mantienen a este pueblo a punta de brujería!”. No tuvo mucho más que decir, hizo sus maletas y se fue a Medellín. Nunca más supimos de él y la verdad nunca lo echamos de menos. Sobre el abuelo creo que vale la pena contar lo que pasó, la abuela dice que desapareció de una forma muy extraña. “Mijita, un día el taita y yo hicimos la ofrenda en el lago. Él remaba la balsa mientras yo cantaba y así, de momento, comenzó a llover. Llovía tan duro que tuvimos que terminar la ofrenda y pasarnos a la orilla, cuando íbamos entrando a la casa yo no lo podía ver entre la lluvia, lo único que se veía eran esas vainas doradas que chispean cuando es de noche, esas que sumercé también ve a veces. Desde ese día el taita nunca volvió. Ay, Andreita, yo creo que el lago se lo llevó. Todavía extraño al taita, era tan buen hombre. Sumercé se parece mucho a él, me lo recuerda mucho, eso al menos me tranquiliza. Me acuerdo que en esos días yo me di cuenta de que estaba preñada con su mamita”. La abuela me contó varias veces esa historia.
Entonces entendí por qué la abuela no quería que nadie estuviera fuera de la finca alrededor del lago cuando llovía, no quería perder a nadie más. Me daba curiosidad lo que decía del parecido que tenía con el abuelo, entonces me pregunté si el reflejo que yo veía en el lago era más bien el abuelo que me saludaba desde el agua. El lago siempre me ha provocado incertidumbre y curiosidad. Siempre que cantaba la canción de la abuela podía estar más tranquilo cerca del lago y cuando llovía entraba corriendo derechito a la casa para no desaparecer.
Fue una época muy extraña cuando decidimos irnos a Bogotá, porque la abuela no estaba bien, necesitaba atención médica y control constante. En Ubaque no podía tener esa atención. Comenzaron sus ataques de ansiedad, a veces decía cosas incoherentes, relacionadas con su pasado e historias que sus abuelos le contaban, las mismas historias que ella me contaba cuando era “pequeña” y la acompañaba a hacer sus ofrendas. La abuela no puso problema cuando tomamos la decisión de ir a Bogotá, ella sabía que esa ayuda era necesaria, pero creo que también lo hizo por mí, entonces sin que yo le dijera, la abuela comenzó a referirse a mí en pronombres masculinos, ya no me llamaba mijita o Andreita, sino mijito o Andresito. Mamá lo entendió también, mamá siempre ha sido muy comprensiva. También aprovechamos esa época en Bogotá para iniciar mi tránsito.
Extrañábamos el lago y la finca. Mamá dejó todo a manos de los caseros que cuidaban los cultivos y el ganado; no teníamos que preocuparnos por dinero porque las consignaciones eran frecuentes en su cuenta bancaria. Los primeros dos meses internaron a la abuela en una clínica donde podíamos ir a visitarla, aunque era muy duro para ella; permanecía callada y solo se quedaba mirándome mientras acariciaba una figurita de oro que siempre la acompañaba. Un día, cuando llovía, la abuela miró a la ventana y me dijo “mijito no vaya a salir a la lluvia, se lo puede comer, se lo puede llevar” y cantaba la canción del guexica xiua. Yo quedaba algo perturbado y a mamá apenas le salían las lágrimas. Finalmente al tercer mes la abuela logró estabilidad, los doctores nos decían que a veces las situaciones más traumáticas de la juventud se podían manifestar en la vejez como trastornos de demencia. Era eso lo que había pasado con la abuela, no dejaba de recordar la desaparición del abuelo. Finalmente le dieron salida a la abuela y para tratarla recomendaron varias pastillas que la mantenían dormida y dopada.
Entonces yo estaba cursando octavo, ya llevaba seis meses de tratamiento, las hormonas detuvieron el crecimiento de los senos, me cambió la voz, y algunas veces me sentía muy deprimido, a veces solo pensaba en el lago para sentirme tranquilo, pero en Bogotá el único equivalente que tenía a esa presencia era la lluvia.
Siempre que llovía, la abuela se despertaba y sonreía mirando la lluvia desde la ventana. Vivíamos en el séptimo piso de un apartamento que daba a un caño, de esos que se llenan y parecen ríos cuando llueve, pero que en realidad son ríos de orines, desperdicios y mierda. Mirando por la ventana la abuela contaba sus historias, las mismas que sus abuelos le contaban sobre los caciques de cerca a los lagos, sobre las fiestas y los rituales que hacían los muiscas antes de que los asesinaran y les impusieran la religión del Dios cristiano. Había una historia en especial que me gustaba mucho, era la de la última fiesta que hizo el cacique de Ubaque hace mucho tiempo, casi 450 años.
Mi abuela se ponía muy contenta.
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—Bueno mijito, siéntese y escuche —decía mientras tomaba la figurita de oro que siempre cargaba:
“Hace muchos años cuando todavía había muiscas cerca a los lagos que quedan en Cundinamarca, el cacique de Ubaque decidió organizar una fiesta en donde invitaba a una borrachera a todos los indígenas que vivían cerca de Bogotá, no era muy claro el motivo de la reunión, pero se sabe que fue la última. A la fiesta llegó gente de Ubaque, Suba, Tuna, Bogotá, Chía, Bosa, Cajicá, Tibacuy, Hontivón, Chiaysaque, Pausaga, Susa, Cáqueza, Ciénaga, Queca, Zipaque, Pasca, Tiusacá y Tuche. Venían con burros y caballos, cargaban mochilas con máscaras, conchas, tambores, muchas piezas de oro y jarras llenas de chicha para emborracharse. Cuando llegaron todos los indígenas ya era de noche y entonces el cacique los recibió. Comenzó la fiesta; sonaron los tambores, las conchas y comenzó la borrachera. Muchos de los cantos se hacían entre gritos y llantos. Pasaba la noche y la borrachera se hacía más intensa, los invitados llenaban balsas con ofrendas de oro y las metían al lago junto con piras que iluminaban la noche. En ofrenda ellos también se lanzaban al agua. Cuando ya se venía el amanecer comenzó a lloviznar y empezó a tronar el cielo. La lluvia no dejaba ver nada, solo se veían destellos dorados alrededor del lago. Cuando amaneció no había nada en el lugar, no estaban los invitados, ni siquiera los caballos ni los burros que los traían de los otros pueblos. Lo único que se encontró alrededor del lago fueron pedazos de oro que seguramente habían lanzado los invitados en medio de la borrachera”...
La abuela dejó de hablar y se le perdió la mirada…
—Abuela… abuela, ¿qué pasó? Siga contando abuela— le dije asustado. Mamá entró al cuarto y ayudó a sentar a la abuela.
—Voy a traerle la pastilla y un vaso de agua. Pendiente de que esté tranquilita Andresito— dijo mamá mientras salía del cuarto.
Cuando mamá volvió, la abuela acariciaba la figurita de oro. Le dió su pastilla y la abuela se me quedó mirando, al rato se tranquilizó.
La abuela me miró unos minutos.
—¡Cómo está de bonito mi Joaco!, ¡tenemos que ir al lago Joaco!, ¡tenemos que encontrarnos!— y se quedó dormida.
A mamá se le salieron las lágrimas, yo quedé pasmado, Joaquin era el nombre del abuelo.
—Creo que te estás pareciendo mucho al abuelo, Andrecito, y eso confunde a la abuela— dijo mamá. Al rato me mostró una foto que tenía guardada en las cosas de la abuela. Efectivamente, me parezco mucho al abuelo en esa foto, todavía la guardo.
Mamá tomó la figurita de oro que la abuela tenía entre sus manos y la guardó en un paño bordado con formas de animales.
Cuando la guardó, le pregunté:
—Mamá, ¿qué es esa figurita que siempre carga la abuela?
—Se llaman tunjos mijito, o también se les dice niños dorados. La abuela encontró este tunjo cuando me estaba dando a luz, ella dice que es un regalo del abuelo Joaquin, incluso a veces dice que es el mismo abuelo, solo que es lo que quedó de él en este plano. Porque él nos cuida desde otro lugar. Ya sabes que las creencias del pueblo son bien peculiares Andresito, pero no se asuste mijo.
Durante los días que siguieron la abuela entró en crisis. Llamamos al médico y nos recomendó subir la dosis de los medicamentos. Entonces la abuela solo hablaba del lago, de la finca y del abuelo. Con mamá creímos que lo mejor sería volver a Ubaque para ver cómo iban las cosas con los cultivos y el ganado y así aprovechar para que la abuela se sintiera tranquila y estuviera cerca al lugar que tanto extrañaba. Yo también extrañaba la finca, pero sobretodo el lago.
Tan pronto llegamos lo primero que hice fue ir al lago. Mi cara, mis cambios, lo que siempre había querido llegar a ser se reflejaba en el lago, era como si me estuviera esperando. El reflejo en el lago me sonrió.
Una mañana desperté y mi abuela estaba al lado de mi cama, estaba concentrada mirándome dormir.
—¡Buenos días abuela! ¿Está bien? — le pregunté extrañado.
—Si mijo, estoy muy bien. Estaba mirándolo, estoy muy feliz por sumercé. Por lo lindo que está. Orgullosa del proceso que ha tenido, finalmente se convirtió en el muchacho de la casa — dijo la abuela con lágrimas en los ojos.
—¡Ay, abuelita! Yo estoy muy feliz de que sumercé esté bien. De que esté más tranquila. Le ha hecho muy bien volver a la finca— le dije mientras la abrazaba.
—Mijo, acompáñeme hoy a hacer el ritual en el lago, ahorita al medio día. No ve que está haciendo buen solecito, ¿no cierto?— mientras hablaba sacó el tunjo que siempre cargaba en el pañito bordado— Mijo, también quería hacerle un detalle. Quiero que guarde este tunjo, usted sabe que me tranquiliza mucho, pero ahora yo quiero que sumercé lo tenga.— Y me puso el tunjo sobre el pecho.
—Abuelita, ese tunjo es un tesoro, gracias. ¡Qué bonito regalo!— yo miraba el tunjo sonriendo, daba mucha tranquilidad tenerlo entre las manos— y claro que sí abuelita, yo la acompaño a hacer el ritual, no sabe cómo me hace de falta escucharla cantar.
Estaba sorprendido por el cambio de la abuela, la tranquilidad en su cara, sus ojos no se veían tan perdidos, seguro el viaje de vuelta le había hecho bien.
Antes de hacer el ritual, desayunamos. Mamá se quedó adentro organizando unos papeles. Yo salí con la abuela que estaba tan lúcida como no la veía hace tiempo. Tomamos la balsa que estaba amarrada a un árbol, ayudé a subir a la abuela y comencé a remar para adentrarnos en el lago. La abuela comenzó a cantar: guexica xiua, ipkua hizca; guexica xiua, chogue sua, y lanzaba los pedacitos de oro al lago.
—Abuelita, ¿sumercé de dónde saca esos pedacitos de oro?— le pregunté.
—Son los pedacitos de oro que quedaron regados después de la fiesta del cacique, ¿se acuerda de la historia que le conté en Bogotá?— la abuela me tomó del brazo— Una solo tiene que buscarlos. El oro no es un lujo, es un regalo, no es para este mundo, sino para otros mundos que están debajo o encima del nuestro.
Entonces la abuela comenzó a decir algo distinto: bisqua chyhytansuca, y cada vez lo decía más fuerte, hasta que comenzó a gritar.
—¿Qué está diciendo abuelita?— Cuando le pregunté, vi que mamá salió de la casa y comenzó a gritar.
—¡Andrés, acerca la balsa, rápido, rápido!
La abuela seguía gritando esas palabras que yo no conocía.
—Ya te vas a dar cuenta Andresito. —y gritaba otra vez— ¡bisqua chyhytansuca!
Yo remaba para llevar la balsa lo más rápido posible a la orilla, cuando me di cuenta de que el cielo se cubrió de nubes grises, comenzó a lloviznar y el agua del lago comenzó a removerse por la lluvia.
—¡Rápido Andrés! ¡Rápido! ¡Mamá, no llame a la lluvia por favor! ¡Mamá, pare!— gritaba mamá desde la orilla.
Ya estaba a diez metros cuando comenzó a llover más fuerte. La abuela seguía gritando y cuando llegamos a la orilla la arrastré conmigo. Mamá me tomó del brazo. Yo también tenía agarrada a la abuela del brazo, pero ella no quería alejarse de la balsa. La lluvia se hizo tan fuerte que no se veía nada, su brazo se esfumó con el agua.
—¡Abuela!— grité.
Y entonces, en la parte de la orilla donde desapareció la abuela, apareció un tunjo de oro y dejó de llover.