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Burrócratas policiales

Este viernes se estrena la película rumana 'Policía adjetivo'.

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Hugo Chaparro Valderrama
17 de junio de 2010 - 10:17 p. m.
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La trama es sencilla y explícita en Policía, adjetivo (Porumboiu, 2009). Se desarrolla a partir de una situación clásica: la rutina de un policía espiando a los demás. Comunicándose con un lenguaje de significado dudoso, según la burocracia que contribuye a empobrecer el idioma. El ritmo y la forma de la historia expresan las emociones del filme. Transforman el lugar común de la policía en contra de todos cuando el director utiliza los recursos del cine con un criterio moral. Sugieren la ansiedad de la Nueva Ola rumana por encontrar un estilo. Porumboiu, instalado en la memoria del cine desde su primera película, 12:08 Al este de Bucarest, Cámara de Oro en Cannes 2006, compromete al espectador exigiéndole atención ante los detalles que presenta sutilmente su historia. Podría pensarse que se trata del cine en contradicción con lo que define a sus imágenes en movimiento: la acción. En Policía adjetivo se opone la lentitud al vértigo y se descubre con pausas el mundo parroquial de un país agobiado por sus laberintos legales, ilustrados por la acción retardada que sirve para describir el trabajo de espiar como trampa claustrofóbica.

El título sugiere las dos vertientes del filme: al policía, un sabueso llamado Cristi, víctima de una vida —profesional y doméstica— sin emoción alguna, viendo pasar los días como si fuera una rana, hundida en un pantano de miel, y el matiz opaco de la retórica que contamina la ley según como se adjetive y se pueda ejecutar.

La esperanza de Cristi para que Rumania transforme sus leyes sobre la droga, como sucedió en Checoslovaquia, son el motivo del tedio: ¿Para qué obsesionarse con un grupo de muchachos si no alcanzan ni siquiera a ser delincuentes? El policía supone que no es necesario todo el trabajo que requiere vigilarlos y su nobleza le indica que tampoco es necesario condenarlos y estropearles la vida por fumar hachís. Pero su jefe le dice que no tiene ningún derecho a interpretar o cuestionar la ley. Tiene que obedecer y, peor aún, ser el representante de la brutalidad policial —a la que, sorpresivamente, se niega, contradiciendo a su jefe cuando es obligado a definir la palabra “conciencia” y la arrogancia del poder que lo humilla, erigiéndose como “la verdad”, supone que no entiende lo que dice el diccionario.

Porumboiu no se apresura. Filma con un sentido del tiempo, útil para que el público sienta la carga del policía: largas esperas, persecuciones inútiles, caminatas sin fortuna, la vida en su lado oscuro y sin mayores promesas. ¡La burocracia en acción! Expresándose de forma tan evidente en la película que es filmada de distintas maneras: registrando en primer plano un informe policial donde se hace el recuento de lo que ya hemos visto, las palabras escritas sobre un tablero, propiciando diálogos tan inútiles que bordean la comedia.

“Esa es la ley”, asegura un policía. Y por “la ley”, lamentablemente, Cristi traiciona sus convicciones y se decide al ataque. Los “burrócratas”, como los borrachos, son ciudadanos del mundo. Están en cualquier lugar. Cruzan cualquier frontera. Porumboiu, con un sentido del humor cercano a Kafka, sugiere por qué nos siguen amenazando.

Por Hugo Chaparro Valderrama

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