8 Jun 2019 - 1:17 a. m.

Burroughs, escritor por culpa del sexo, las drogas y la muerte

William Burroughs, uno de los miembros del movimiento beatnik de finales de la década de 1950, encontró en el lado más oscuro de la vida, las motivaciones más poderosas para escribir.

Joseph Casañas - @joseph_casanas

El autor de El almuerzo desnudo (1959), The Soft Machine (1961) y Nova Express (1964).
El autor de El almuerzo desnudo (1959), The Soft Machine (1961) y Nova Express (1964).

Seis de septiembre de 1951. Un disparo. Sangre. Sesos desperdigados por la sala del apartamento 122 de la calle Monterrey en Ciudad de México. Una mujer muerta y dos borrachos en la escena. William Burroughs, es uno de ellos. Es el protagonista de estas líneas. Después de soltar la pistola Star calibre 38 que durante toda la noche cargó en el cinto, se agarró la cabeza. No podía creer lo que había hecho. Había matado a su esposa. Joan Vollmer Adams, se llamaba. Joan, le decían.

Lewis Marker, el otro borracho de la escena, aunque horrorizado, sacó fuerzas para narrar lo que había sucedido. Esto es, según su testimonio, lo que Burroughs le dijo a su esposa antes de halar el gatillo.

– Escucha Joan, ¿recuerdas a Guillermo Tell? –preguntó Burroughs.

– Claro, la leyenda suiza que inspiró ‘Wilhelm Tell’ de Friedrich Schiler. Dispara con una ballesta a una manzana posada sobre la cabeza de su hijo. Solo por no reverenciar a su opresor.

– Exacto. ¿Te animas? Nunca he fallado.

Joan bebió lo que le quedaba de trago, y se preparó para la gran hazaña. Burroughs llenó un vaso de ginebra y lo colocó sutilmente sobre su cabeza.

– Vamos hazlo, ¡dispara!

William no dio en el blanco. Esa noche murió Joan Vollmer Adams y nació un escritor.

“Todo me lleva a la atroz conclusión de que jamás habría sido escritor sin la muerte de Joan”, reconoció Burroughs 34 años después en “Queer”, obra en la que habló de su homosexualidad. Marker, el dueño del apartamento en el que mató a su esposa resultó siendo su amante. Del especial, Ese juego loco de escribir, lea también: Colette, la mujer a la que París tuvo que acostumbrarse

La noticia salió publicada en una de las páginas de La Prensa. “Quiso demostrar su puntería y mató a su mujer”, fue el titular de la noticia judicial.

Durante un tiempo, tal vez no el suficiente, se habló en Ciudad de México del gringo asesino. Sin embargo, 13 días después salió libre gracias a un amparo obtenido por Bernabé Jurado, conocido como “el abogado los tramposos”. El profesional del derecho logró demostrar que lo ocurrido “había sido un accidente”.

El abogado logró, quien sabe cómo demonios, convencer a la justicia de un testimonio, quien sabe de cuál satanás, que llegó a los despachos.  “Estuvieron ingiriendo bebidas alcohólicas y en un momento dado sacó de su funda una pistola, jalándola el carro, produciéndose un disparo que ocasionó la muerte de la hoy occisa”. Nada más que decir.

Para antes de la muerte de Joan, Burroughs era ya un drogadicto declarado. Un toxicómano. Un hombre que para escribir sentía la necesidad de explorar esos mundos oscuros que creaba la alucinación de las drogas. Sentía que era un hipócrita si iba a hablar de estupefacientes, sin siquiera meterse unos gramos de cocaína por las narices.

Al salir de prisión, el autor de “El almuerzo desnudo” (1959) vería el mundo con otros ojos. Por culpa de la muerte y sus demonios, se convirtió en algo más que un escritor. Se consolidó en la figura más importante de la literatura norteamericana del siglo XX. “Mi pasado fue un río envenenado, del que tuve la fortuna de escapar”, dijo.

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En 1953, dos años después del crimen, tuvo noticias de la ayahuasca, una planta mítica del Amazonas con propiedades alucinógenas y telepáticas. No tuvo mucho que pensar. El gringo encontró en Colombia su otra excusa para drogarse y encontrar al escritor al que le sobraban historias, pero le faltaban viseras. Con lo que vivido en Colombia escribió “Las cartas de la ayahuasca”, libro publicado originalmente en 1963. Un volumen de correspondencia y otros escritos de William Burroughs y Allen Ginsberg.

Bogotá, la ciudad a la que llegó antes de adentrarse en la selva, la describió de esta manera:  “Está en una meseta rodeada de montañas. La hierba de la sabana es de color verde brillante, y aquí y allá se yerguen monolitos precolombinos de piedra negra entre la hierba. Una ciudad triste y sombría. Mi habitación de hotel es un cubículo sin ventanas (las ventanas son un lujo en Sudamérica), con paredes de contrachapado verde, y la cama me queda corta. Me pasé mucho tiempo sentado en esa cama, paralizado, de bajón. Luego salí a darme una vuelta. El aire era frío y cortante, y me fui a tomarme una copa, dándole gracias a Dios por no haber llegado enfermo de jaco a esta ciudad. Me tomé unas copas y volví al hotel, donde un camarero feo y medio raro me sirvió una cena que me resultó indiferente”.

Su cuerpo lo convirtió en un laboratorio. De su primera ingesta de yajé, dice: "El viejo indio le dio un vaso lleno de la cosa (una mezcla de dos alcaloides de una planta salvaje), y quince minutos después lo envió totalmente fuera de sus cabales: violentos vómitos cada pocos minutos, pies entumecidos y manos inútiles, incapaz de caminar en línea recta […]. Regresó al hotel alrededor de las siete de la mañana después de una noche bastante horrible. En aquel momento, Burroughs entra en pánico y toma una dosis de nembutal para bajar los efectos del yague”. Si está interesado en leer otro texto de este especial, ingrese acá: George Orwell: "Yo por qué escribo"

Burroughs murió en 1997 en un hospital de Kansas (EE UU) a causa de un ataque cardiaco.

Un año antes del deceso, dijo a The New York Times que no escribía porque no tenía más cosas que decir. "La muerte de Joan, me puso en contacto con el invasor, y me llevó a una lucha vital de la que no tenía más opción que salir a base de escribir", reiteró en aquel diálogo.

"Estos nuevos chicos del rock&roll deberían dejar a un lado todas esas guitarras y escuchar algo que tenga realmente alma, como Leadbelly", esa fue una de las últimas frases que se le conocen. La dijo, tras un encuentro con Kurt Cobain . Lea también: Cuando Kurt Cobain conoció a su ídolo: William S. Burroughs

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