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Calles para que el teatro viva

La apuesta del Festival Internacional de Teatro de Manizales por darle un espacio al espectáculo callejero lo ha convertido, según conocedores, en una de las plataformas latinoamericanas más importantes para este estilo de arte.

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Angélica Gallón Salazar / Enviada Especial Manizales
10 de septiembre de 2009 - 10:58 p. m.
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Cuatro payasos maltrechos, que convierten su torpeza y su pobreza en toneladas de risas, toman posesión de la Plaza de Bolívar de Manizales. Con un trapecio, un bandoneón y unos peculiares atuendos hacen que en segundos las extensas escaleras que bordean la plaza se conviertan en graderías a reventar en donde todos quieren un buen puesto. Los transeúntes desprevenidos, los periodistas invitados, los universitarios aficionados y hasta el vendedor de dulces y el mimo que habitan diariamente este lugar han encontrado una forma de disfrutar del espectáculo. Y mientras tanto, sin quererlo, la gótica Catedral se ha convertido en el mejor telón de fondo, en un espectador callado, de las maromas, la música con acento chileno y las zancadillas del grupo Microbanda.

La ciudad se ha hecho escenario, y la plaza, la gente, el clima y la bulla de los carros se han convertido al igual que los payasos en protagonistas del hecho estético. Las artes de la calle, nombre genérico que agrupa a las manifestaciones teatrales, musicales, dancísticas y gráficas que se llevan a cabo en un espacio público, abierto, no convencional, son las protagonistas del actual Festival Internacional de Teatro de Manizales, que extiende su programación hasta el próximo domingo 13 de septiembre. “Creemos que la ciudad es un referente protagónico de la escena teatral y artística latinoamericana”, explica Octavio Arbeláez, director artístico del Festival, quien ha querido que la buena curaduría que se aplica para la selección del teatro de sala se aplique también a las artes callejeras.

Por eso es que en la capital de Caldas han aterrizado compañías de Turquía, España, Australia, Rusia, Francia y Japón agrupadas en el colectivo Free Art, una promotora que por 20 años ha ido de la mano de su director Carles Treviño, viajando por todo el mundo capturando los mejores espectáculos, los más innovadores y originales. “Lo que el público encontrará, aparte de unos músicos, unos malabaristas y un payaso, es mucha pasión y complicidad. Es el verdadero arte de la improvisación, de la integración con un público que no tiene barreras culturales y que se ubica en un espacio abierto donde todo puede pasar”, asegura Treviño.

El año pasado este promotor y productor catalán fue invitado al Festival y, además de descubrir la Compañía de Teatro Gestual de Chile, que llevaría unos meses después de gira por toda Europa, encontró un público manizaleño cálido, receptivo, participativo, educado, diferente quizás al público europeo, que es un poco más frío y escéptico. “Una visita me bastó para darme cuenta de que Manizales es un lugar privilegiado para que varias compañías internacionales vengan a Latinoamérica a mostrar sus apuestas”, explica Treviño, quien admite sus deseos de convertir este espacio en una de las plataformas latinoamericanas más representativas para las artes de la calle, “algo así como el Aurillac de Francia”, confiesa.

Y es que lo que se vive en Manizales durante la fiesta del teatro es algo que sacude, es una verdadera pasión palpitante que emerge en todos los habitantes por un arte que en muchos lugares es secundaria. La gente no sólo está presta a pagar abonos y comprar boletería para asistir cada noche fielmente a la sala; los manizaleños además se dejan sorprender y seducir por lo que pasa en medio del parque Ernesto Gutiérrez, de la carrera 23 o del Bulevar del Cable. “Hay una ilusión de estar asistiendo a un nuevo teatro. Cuando el teatro callejero empezó en Europa, a finales de los 80, era una forma de resistencia a nivel político y se vivió un gran potencial que ahora, con el tiempo, se ha aburguesado, por eso el riesgo y la energía que se ven aquí son oro en polvo”, añade Treviño.

Hoy una fanfarria que ha cambiado los instrumentos de vientos por guitarras eléctricas desordenará el tráfico y hará que los conductores apurados también formen parte del festín. Mañana el grupo japonés Hipnopi se tomará calladamente una plaza citadina para demostrar cómo la concentración puede llevar al cuerpo a potencias insospechadas y así cada día la ciudad será un gigante escenario en el que todos son los protagonistas.

Por Angélica Gallón Salazar / Enviada Especial Manizales

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