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Vive en las afueras de Madison (Wisconsin), solo, alejado del mundo, en una casa de campo hecha de madera y pintada de colores. Su silencioso roer, no ha merecido entrevistas ni despliegue en los periódicos. Pero lo que este hombre ha escrito, sacude.
Valido de un bolígrafo de medio dólar, se ha dedicado a escarbar en el estercolero de la nuez vómica del hombre, y de allí ha extraído los “detalles”, dice él, que le han servido para zurcir, con hilos de viento, dos novelas: Firmín y El lamento del perezoso. Dos obras que saben a caca y a gloria. Su lectura es deleitosa.
El humor salta de una página a otra, pero no interfiere la música triste que las ambienta. En la primera narra las peripecias existenciales de una rata, Firmín, habitante de una librería. Este roedor tiene una obsesión: hacerse un ser humano admirable, a través de la lectura de obras de literatura. Con ese propósito, devora Las uvas de la ira, Rojo y Negro, Moby Dick, El Quijote, Oliver Twist... Pero el resultado, a contrapelo de su sueño, es fracaso. Por pensar y sentir distinto, por haber adquirido el “dolor de la lucidez” a fuerza de leer, sus iguales la rechazan.
En El lamento del perezoso, ocurre lo mismo, pero al revés. Andrew Whittaker, heredero de una fortuna dilapidada en libros y director de una revista literaria sin fondos, arriba al mismo punto de llegada de Firmín. Sus lecturas le han inculcado delicadeza de espíritu y sentido de humanidad. Pero como esto no sirve para los negocios, su sueño de revista se desmorona. Quebrado por fuera y hecho añicos por dentro, caída su máscara de ciudadano de cuadrícula, a los ojos de sus congéneres se hace bicho raro, un ser de la periferia intelectual, prácticamente una rata.
Sam Savage ha creado una monumental ironía. La maldición del lúcido, nos canta al oído a la manera del Rey Sabio, es cargar con las vicisitudes de su índole ratonil. Los convencionales, haga lo que haga, jamás lo querrán. “Si caga, perderá la vida; si no caga, morirá”, sentencia un viejo dicho español. Carece de opción porque lo que causa repudio al romo, es la naturaleza del lúcido. Y como los obtusos son los que ponen las condiciones para vivir en el mundo, a quienes ven con el ojo torcido de la imaginación, se los asume transgresores. Quienes no se acomodan a los esquemas, para ellos no son otra cosa que ratas de alcantarilla.
Lo sabe de sobra Sam Savage. A sus 70 años, cuando por fin publica sus libros, tiene claro que su destino está signado por el agobio y la soledad. Lo que le depara su incurable criptestesia es incomprensión. El apartamiento. El poder prodigioso y urticante de su palabra, no es de recibo en el Reino de los Bobales. El humor negro y el cinismo blanco que se deslizan por sus novelas, alertará a los timoneles de la oscuridad. Ya lo veremos en el listado de terroristas del espíritu. Para volver a respirar, tendrá que ponerse a escribir sobre sicarios o el sangriento poder de mafiosos y autócratas. Lo que hasta ahora ha hecho, meterle un gol al basural editorial imperante, parece milagro.
*Escritor y poeta