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Cuento de “La Nochebuena del Puma”, el nuevo libro de Alejandro López Mejía

El economista que pasó de la banca multilateral a los relatos autobiográficos y testimoniales, ahora incursiona de lleno en la ficción con un nuevo libro bajo el sello de Taller de Edición Rocca. “Ecos de Armero” es uno de sus cuentos, que aquí publicamos.

Alejandro López Mejía

14 de marzo de 2026 - 11:22 a. m.
Foto: Taller de Edición Rocca
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Para Santiago, sus discos y su Steinway, y mis primos Castro y nuestros recuerdos de La Vuelta.

El aire, la música y la tierra

El capitán Pablo Durana, veterano de la Fuerza Aérea, pensaba que volar era la victoria más frágil contra lo inevitable, un parpadeo de libertad antes de volver a caer en la gravedad del mundo. En el cielo encontraba disciplina, números y engranajes. En la tierra, gozaba de la dulzura de la hogaza recién horneada en la pastelería que administraba. Era un hombre supersticioso. Antes de cada vuelo guardaba en su chaqueta una miga de pan como talismán. Decía que una baguette era aire detenido y que, al comerla, uno recordaba que la tierra, cuando se vuelve pan, también sueña con volar. Nunca pensó que algún día el maná sabría a barro.

Eduardo Correa era pianista y artista en residencia de la orquesta sinfónica. Su verdadera existencia ocurría entre el vinilo y la penumbra de su sala. El sarcasmo lo aislaba. La tristeza lo invadía al ver asientos poblados de fantasmas en los conciertos de música clásica. A veces creía reconocer entre ellos a su novia inmóvil, muerta en su pueblo natal, Armero, junto con veinticinco mil vidas. La sentía oír sus recitales con una paciencia de ultratumba. Las notas que tocaba parecían atravesar los asientos vacíos y resonar en un público que no estaba allí, pero que no dejaba de advertir el rumor de la armonía.

Juan Uribe era un ingeniero convertido en agricultor. Residía en Guayabal, al contrario de los otros dos que vivían en Bogotá. Fue el único superviviente del serpentario de Armero, cuyos trabajadores murieron en la avalancha del Nevado del Ruiz que destruyó al pueblo cuarenta años atrás. Era un hombre convencido de que la tierra tenía memoria y que sus cantos enseñaban lo que nadie más escuchaba.

Un piano de cola que había atravesado salas, mudanzas y silencios como un sobreviviente más, aguardaba su próximo destino. No era solamente madera y cuerdas: era un cuerpo lleno de ecos.

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El piano y el aterrizaje de emergencia

El coloso de cuerdas apareció como un cuchicheo. Pablo Durana oyó en su oficina que un colegio de curas en Garzón había comprado un piano de cola para su internado. Tocaba llevarlo en avión hasta Pitalito y después transportarlo en camión hasta su destino final. El capitán no se sorprendió del todo. Había visto cosas raras viajar en bodega: ataúdes, cajas con gallos de pelea, esculturas sagradas. Un piano de cola, sin embargo, era otra historia: más que un objeto era casi un ser vivo.

La sinfónica hervía de chismes. El Steinway, joya de la sala de conciertos, había sido vendido. Eduardo lo supo en medio de un ensayo. Sintió la noticia como una humillación personal. Ese instrumento era la memoria de la orquesta. Ahora, sería llevado a un internado de provincia, reducido a entretenimiento de muchachos incultos. Pidió acompañar el traslado; no confiaba en que nadie más pudiera garantizar que el piano llegara entero. Mientras se iniciaba el viaje, el sobreviviente permaneció silencioso en un cuarto de la sinfónica. Seguiría callando de dónde venía, guardando secretos de su juventud durante las guerras europeas y de su llegada a Colombia en los años cincuenta.

El día de la partida hacia Garzón el instrumento aceptó que lo metieran en la bodega de un avión de hélice. Lo aseguraron con correas como si fuera un animal peligroso. Al verlo, Pablo sintió que ese pasajero silencioso respiraba con el fuselaje. También miraba de reojo al pianista: corpulento, gafas gruesas, brazos cruzados, como soportando una tortura.

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El vuelo a Pitalito era corto. Sin embargo, al poco tiempo de despegar el clima se puso caprichoso. Nubes bajas comenzaron a envolver la cordillera y un viento cruzado empezó a sacudir la aeronave con brusquedad. El avión vibró con un crujido que hizo temblar hasta los cinturones de seguridad. El motor derecho perdió fuerza y el capitán Durana tuvo que maniobrar en picada. El zumbido cesó de golpe y, por un instante, pareció que también las respiraciones se habían detenido.

El silencio no era humano. Era una ausencia demasiado grande para la cabina estrecha.

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—Nos vamos abajo —‌dijo con frialdad militar.

Buscó un claro en medio de la aridez que se extendía bajo ellos. Al aproximarse, notó que no era un campo común: la maleza había trazado figuras extravagantes, como calles torcidas que se entrelazaban en símbolos incomprensibles, geometrías que parecían observadas desde arriba.

—¡No es una pista! —‌gritó Eduardo.

—Es lo que hay —respondió Durana.

El aeroplano tocó tierra en un sobresalto que pareció aplaudirlos. El eco de ese golpe rebotó bajo el suelo, multiplicándose en lo profundo, como si lo celebrara un público oculto en galerías subterráneas. El impacto sacudió al sobreviviente en la bodega. Gimió con un acorde breve, como si hubiera reconocido el lugar. Eduardo contuvo la respiración; creyó escuchar, por un segundo, un coral de Bach. Hubo algo más: entre el acorde se filtró un murmullo humano, una sílaba ahogada, como si el instrumento hubiera tragado una voz y la devolviera en trozos incompletos. Sin embargo, al instante la música se desvaneció en un simple gemido de madera y cuerdas.

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El bimotor paró. El capitán abandonó la nave con tranquilidad, como si nada hubiera pasado. Eduardo, pálido, se quitó el cinturón con torpeza. Bajó tambaleando. El Steinway lo siguió como un gigante silencioso. Sus teclas negras parecían absorber la luz dorada del atardecer. Finalmente, el pianista musitó palabra:

—¿Me deja aquí? ¿En un cementerio? —‌rezongó sin entender lo que decía.

Pablo lo ignoró. Caminó por los alrededores de la improvisada pista de aviación y respiró hondo. El aire olía a cieno guardado. Vio columnas rotas escondidas entre matorrales y árboles jóvenes. El resplandor vespertino atravesaba restos de paredes, proyectando sombras largas sobre lo que parecían haber sido calles. Entonces se dio cuenta de que habían entrado a un espacio prohibido. Contactó a su empresa y se devolvió al avión de hélice.

—Esto no es un campo cualquiera. Estamos en Armero —‌dijo el capitán.

El nombre cayó como un plomo. Ese pueblo era una herida en la memoria del país y de Eduardo; un pueblo fantasma. El coloso de cuerdas sintió que contenía el aliento de los que habían quedado enterrados en el fangal. Eduardo tocó el piano con la yema de los dedos y un suspiro suave emergió de las cuerdas, como si el instrumento comprendiera la violencia del aterrizaje y la tragedia bajo sus pies.

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Pablo le informó a Eduardo sobre los planes para la noche.

—Vamos a dormir en la finca de un ingeniero que vive en Guayabal. Es un conocido de mi compañía. Si todo va bien, mañana tendremos ayuda para salir de aquí.

La finca de Juan Uribe

Hacia las ocho de la noche apareció Juan Uribe. Después de un cordial saludo emprendieron camino hacia su casa. Al sobreviviente lo dejaron solo en medio de la noche de Armero cubierto por lonas. Las telas parecían inflarse y contraerse, como si un pecho invisible respirara debajo.

Juan condujo su camioneta y habló sin cesar. Al llegar, el portón soltó un chirrido largo cuando lo abrieron. El finquero encaminó a sus compañeros hasta el patio interior. El aire olía a tierra húmeda pero también a un aliento antiguo, como si la finca respirara desde las raíces que la sostenían. Hablaron un rato sobre sus vidas, frustraciones y su forma de interpretar los sonidos del universo. Al cabo de un tiempo, el agricultor dijo con un orgullo tranquilo:

—‌Escuchen, aquí es distinto.

Se quedaron inmóviles. El silencio se hizo espeso hasta volverse vibrante; no era vacío, sino pausas cargadas de palabras que no se atrevían a pronunciarse.

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El pianista negó con la cabeza:

—Son ruidos del campo. Nada más.

El capitán se cuadró instintivamente.

—Yo los oigo —‌dijo—. Me recuerdan a los muertos de Armero.

El agricultor sonrió con un brillo suave:

—Entonces entiende. La tierra nunca olvida a quienes reposan bajo ella. Yo convivo con esos clamores todos los días.

Eduardo gruñó:

—A mí no me vengan con cuentos de fantasmas. Y menos de los que murieron en Armero. Soy de ese pueblo. Allá perdí a mi novia, a toda mi familia.

Se quedaron en silencio. Juan salió a su huerta cuando los otros se retiraron a sus habitaciones. Se inclinó sobre la tierra y la dejó correr entre sus dedos. Pensó en sus compañeros del serpentario enterrados por el torrente de lodo causado por la erupción del Nevado del Ruiz. El barro tibio palpitó apenas, como si reconociera su nombre y lo reclamara para sí. Le pareció sentir un movimiento ondulante bajo la superficie, un deslizamiento lento, semejante al roce de escamas. No eran serpientes vivas, sino su recuerdo convertido en voz: un siseo apagado que parecía pronunciar su apellido

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En medio de la quietud de la noche una voz se elevó. No era marcha, ni canción, ni viento. Era todo a la vez: un aliento de mujer quebrado, un bramido del volcán, un rezo sin terminar. Al poco tiempo la voz se apagó. La noche quedó tensa.

En la soledad de Armero, el coloso de cuerdas gritó. El sonido atravesó la finca de Juan recorriendo paredes y techos mezclado con los insectos nocturnos. El lamento fue tan extraño que no se supo si había venido de un instrumento, de un animal o de un muerto que por fin hablaba.

La ciudad fantasma

En la mañana ninguno quiso hablar de la voz percibida en la noche. Hacia las dos de la tarde, los técnicos de la empresa donde trabajaba Pablo le informaron que se demorarían unos días reparando la aeronave. Eduardo insistió entonces en regresar a las ruinas de Armero para acompañar al piano. Juan se ofreció a llevarlos.

Durante el trayecto, Pablo volvió al asunto de los fantasmas:

—Los muertos de Armero nos acompañan. Ustedes lo saben. No son metáforas. Los escuchamos anoche.

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Eduardo bufó cansado:

—No, lo que oímos fue sugestión. Resonancias, nada más. Lo de los muertos es un invento suyo.

Pablo golpeó el espaldar del asiento delantero:

—¡Sugestión nada! Yo oí hombres marchando. Cantaban como en formación.

En su boca, de pronto, volvió el sabor del pan recién horneado, pero mezclado con barro; una dulzura amarga que lo hizo estremecer. Recordó la miga que llevaba siempre consigo y pensó que, quizás, también los muertos necesitaban pan para volar.

Eduardo se tragó su malestar.

—La verdad está en la tierra, en los que la habitaron antes que nosotros. Eso es lo único que permanece —‌comentó Juan sobre los misterios del suelo.

Nadie contestó. En el silencio de la camioneta cada uno empezó a percibir algo distinto: Pablo veía en su mente siluetas en formación militar que avanzaban entre nubes de polvo; Eduardo sentía pasos ligeros y el susurro de un teatro lleno; Juan creía oír murmullos campesinos que hablaban de lluvias y cosechas. En medio de ese rumor, Juan advirtió también un siseo, un rezo serpenteante que recorría la tierra bajo las llantas de la camioneta. El mismo trayecto parecía mostrarles tres Armeros distintos, ninguno del todo real.

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Al poco tiempo llegaron. Eran casi las cinco de la tarde. Eduardo se fue derecho a acompañar al Steinway. Percibió que el instrumento recordaba cada concierto, cada aplauso y cada silencio que había vivido antes de llegar ahí. Un eco de música se filtraba de sus cuerdas sin que nadie las tocara. Era un canto suave. Parecía decir:

—He llegado a casa, pero esta casa ya no existe.

Eduardo no supo si había escuchado la frase en el aire o si había nacido en su propio pensamiento. El límite entre él y el gran instrumento de cuerdas comenzaba a borrarse. Cada tecla era como una ventana abierta hacia un público oculto bajo el fango.

Juan y Pablo exploraron el pueblo fantasma mientras que Eduardo se quedó con el piano. Caminaron por entre árboles que habían crecido sobre las ruinas. Sus raíces se retorcían como dedos que señalaban hacia el cielo. En un muro derruido Pablo creyó ver sombras que se acomodaban como soldados en descanso. En otro rincón las raíces de un árbol dibujaban letras en la tierra húmeda: nombres ilegibles que parecían buscar quién los leyera.

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Cada espacio parecía contener una resonancia: pasos lejanos, risas apagadas, un lamento que subía desde la tierra. No había gente, ni perros, ni gallos. Juan se detuvo a tocar el barro húmedo con la palma de la mano; el suelo le devolvió un pulso acompasado con notas que Eduardo arrancaba del sobreviviente en la distancia. Entre ese pulso sintió deslizarse algo frío: una escama que se deshizo en barro apenas la levantó. Por un instante creyó que la tierra y el instrumento compartían el mismo corazón, que compartían una memoria que trascendía los cuerpos, un testimonio silencioso de lo que había sido y ya no sería.

Cuando regresaron al avión, encontraron al pianista sentado frente al Steinway. Su tapa estaba entreabierta como si hubiera estado esperando, respirando con dificultad.

—No debería estar abierto —‌dijo el capitán.

—Un piano cerrado es un cadáver —‌respondió el otro, sin mirarlo.

Eduardo pasó los dedos por las teclas de marfil. El piano parecía dudar como si temiera lo que iba a despertar. Primero fueron notas sueltas; luego, un acorde que se expandió en el vientre del avión y salió a perderse en el aire nocturno. Sonó extraño; demasiado humano para un lugar donde todo había sido borrado. Una tecla se hundió sola, sin que nadie la tocara, como si una mano invisible quisiera que se ejecutara un concierto.

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El capitán se quedó quieto, sorprendido. El sonido era un recordatorio de que podía haber alguien vivo en medio de las ruinas. El pianista cerró la tapa y sacó de su maletín un pequeño aparato: una grabadora portátil con modestos altavoces. Lo colocó sobre una caja de cartón, como quien instala un altar.

—¿Qué es eso? —‌preguntó el capitán.

—Bach. Cantatas.

El concierto

Eduardo encendió el aparato. La música brotó tenue y clara, elevándose sobre la noche. No parecía venir sólo de la grabadora: las grietas de las ruinas devolvían la melodía, como si cada piedra hubiera guardado un pentagrama secreto. Primero una nota. Luego un acorde. Después el eco. Y el silencio.

Pablo y Juan tragaron saliva. Nunca habían sentido la música de ese modo, como algo que atravesaba la piel y hablaba desde un tiempo más grande que el suyo.

—¿Por qué eso? —‌preguntó Pablo.

—Porque Bach es el único que todavía conversa con Dios…, aunque no crea en Él —‌dijo el pianista, encogiéndose de hombros.

Ni Juan ni Pablo respondieron. En el campo los grillos acompañaban la melodía con una algarabía insistente. El cielo estaba limpio. La noche en Armero había comenzado en calma. La música de Bach flotaba en el aire. Cada grieta en las ruinas parecía escuchar. Las sombras se movían con el viento.

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El pianista, sin abrir los ojos, susurró:

—¿Sienten eso?

—¿Qué cosa? —preguntó Pablo.

—El público.

Al pronunciarlo, un aire frío le recorrió la nuca, como si alguien respirara detrás de él. Pablo y Juan no se atrevieron a voltear a mirar si había otra persona acompañándolos.

El capitán tragó saliva. La palabra era absurda, aunque en el ambiente se sentía una audiencia invisible, callada, expectante. Respiraba al mismo ritmo que ellos. Compartiendo el mismo aire.

—¡Basta! —‌dijo Juan con voz áspera.

Eduardo lo miró, desafiante.

—Ellos lo necesitan más que usted.

La frase quedó suspendida en el aire. Juan y Pablo no supieron si «ellos» eran los fantasmas de Armero o los vivos que seguían cargando la memoria del desastre.

La música continuó. Por un momento el tiempo se quebró. Las notas se alargaron como si los relojes se hubieran detenido; los insectos callaron y hasta los árboles parecieron contener el aliento. Bach, el piano, las voces invisibles y el aliento del viento se confundieron en un mismo concierto. En Armero, la noche se había vuelto sagrada y aterradora.

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La noche avanzó sin que ninguno lo notara. El aire se enfrió y la humedad del río cercano subió como un velo. Juan y Pablo intentaron dormir en la cabina del pequeño avión; cada vez que cerraban los ojos veían las figuras que su mente había imaginado enterradas en el lodo. El pianista, en cambio, parecía entrar en trance. Había puesto otra cantata en la grabadora y decidió acompañarla con el Steinway, improvisando, mezclando a Bach con su propia furia contenida. Las notas salían disparadas contra la noche como bengalas.

Fue entonces cuando ocurrió.

Al principio fue un cuchicheo, como cuando el auditorio contiene la respiración. Luego, la grabación de Bach pareció multiplicarse. Cantos que no estaban allí se alzaban desde la noche o desde la memoria de la tierra. Nadie podía asegurarlo.

El capitán se irguió de golpe, incrédulo:

—¿Oye eso?

El pianista no respondió. Seguía tocando, con los ojos abiertos y vidriosos. Un acorde del coloso resonó, y del campo vacío llegó una poderosa respuesta coral. No eran sólo comandos militares; eran también tambores de procesión, zapateos de fiesta campesina, rezos partidos. Todo marchaba en una misma cadencia insoportable, como un pelotón que no terminaba de disolverse bajo tierra.

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—¿Qué carajos fue eso? —‌volvió a preguntar Pablo.

Eduardo, sudoroso, apenas sonrió con amargura. Su sonrisa no era del todo humana; parecía prestada, como si tocara no sólo para sí, sino para otro que se servía de sus manos.

—Un aplauso, quizás.

Juan sintió que la tierra vibraba como si respirara. Salió de la aeronave y oyó un resuello distinto al del viento. Eran frases entrecortadas sobre lluvias y cosechas, consejos de siembra, como si los muertos le confiaran otra vez la memoria de la tierra. Comprendió, con un estremecimiento, que él también formaba parte del público invisible.

La última nota quedó suspendida en la noche. Se quedaron escuchando la respiración del campo. Y todos pensaron, aunque nadie lo dijo, que no serían ellos quienes decidieran cuándo terminaría ese concierto.

Una huella imborrable

El avión quedó varado unos días más en un taller de Guayabal. Ninguno hablaba de lo ocurrido, pero cada uno lo cargaba en silencio. Pablo evitaba mirar el horizonte. Juraba ver columnas de humo donde no las había. Eduardo se acercaba al piano únicamente para comprobar que no se hubiera movido durante la noche. Juan enterraba las manos en la tierra y encontraba en ella un pulso demasiado humano.

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El Steinway parecía esperar. Sus teclas manchadas de polvo retenían la vibración de aquella noche como si fueran cicatrices. No era un instrumento ya, sino un cuerpo que había llorado junto con los muertos y ahora se negaba a callar.

Cuando finalmente el pequeño avión estuvo listo, Juan decidió unirse al viaje. Al despegar, el motor rugía. Entre los ruidos metálicos parecía colarse un rumor que no venía de la máquina. Era una resonancia tan baja que no podía distinguirse si nacía del piano en la bodega, del aire que cortaban las alas o del recuerdo mismo de la tierra.

Eduardo bajó la mirada. Por un instante, creyó ver, en las teclas del instrumento reflejos de rostros perdidos en Armero. Parecía que las notas aún guardaran su aliento. Pablo apretó el bolsillo de su chaqueta: la miga de pan que siempre llevaba pesaba más que nunca, como si absorbiera la humedad de todo un cementerio. Juan, en silencio, juró sentir entre las nubes el siseo de serpientes que se enroscaban con las vibraciones humanas en un canto antiguo.

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Entonces la nave se sostuvo en un aire distinto, no en el viento común sino en una corriente hecha de voces. El avión de hélice no volaba: era cargado en vilo. El cielo se abrió en un resplandor breve y, por un segundo, estuvieron seguros de que todo Armero —‌sus muertos, sus risas pérdidas, sus rezos inconclusos—los sostenía como un público que aplaudía sin manos. Al mirar hacia atrás, vieron un mar de sombras que ascendía tras ellos orquestando un concierto interminable. Sintieron que alguien más, invisible y paciente, seguiría escuchando con ellos los acordes del piano.

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Por Alejandro López Mejía

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