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Carmelina Soto: canción para iniciar un olvido

Desde hace unos años los profesores universitarios Carlos Alberto Castrillón y Luis Fernando Suárez estudian la obra de la poeta. Entrevista a Castrillón sobre su trabajo académico.

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Ángel Castaño
27 de noviembre de 2015 - 04:01 a. m.
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Carmelina Soto fue una mujer dotada de características singulares: independiente, poeta y lesbiana. Semejante tríptico vital la convirtió, en la Colombia de su tiempo, todavía regida por la Constitución de la Regeneración, en una rebelde.

¿Qué pasó con Carmelina Soto, que a pesar de su calidad poética es casi desconocida?

No creemos que el destino de la obra de Carmelina Soto sea un problema de injusticia o de olvido intencional. Si consideramos la situación de la mujer escritora en Colombia en la época de sus primeros dos libros (1941-1953), entendemos que hay una marginalidad natural, determinada por las convenciones culturales y por cierto paternalismo. La obra de Carmelina Soto tuvo escasa difusión pero no pasó inadvertida, como tratamos de demostrarlo en el estudio que acompaña la edición de su obra poética completa. Los indicios de la crítica y la solidez de sus versos sitúan a Carmelina Soto en el conjunto de las más reconocidas poetas de su generación, como Meira Delmar, Maruja Vieira y Dora Castellanos.

Jaime Mejía Duque había identificado en las poetas colombianas el lastre de “la sensualidad inmediatista, el naturalismo de lo cotidiano de la familia y la pareja, la espera del varón y el lamento de su pérdida”. Carmelina Soto es el reverso de esa actitud sumisa frente a la cultura patriarcal: rechazaba de modo muy provocador la maternidad, la fatalidad de “vivir en función del niño, el marido, la casa”, y en 1948 afirmó que muchas poetas colombianas producen “un hostigante currucuteo de paloma doméstica” en cantos de “esencia maternal”, de lo cual se declara muy lejana.

¿Hasta qué punto las lecturas simplistas de la poeta colombiana han desfigurado el legado lírico de Soto?

Completamente. Defender o valorar una obra apelando a esas ridiculeces le hace mucho daño a la imagen de la poeta, pues la sitúa automáticamente en el ámbito de lo provinciano. Carmelina Soto no es la única víctima de esa desafortunada costumbre, que infecta la apreciación de la literatura en las regiones. Además, son juicios erróneos: en realidad, fue a Meira Delmar a quien la misma Juana de Ibarbourou, en una carta personal de 1950, situó “entre las grandes de América”.

¿A cuáles conclusiones llegó sobre la forma en que trabajaba la palabra?

Los archivos personales de Carmelina Soto ofrecen un amplio panorama para la investigación. Allí encontramos poemas inéditos, prosas un poco negligentes, notas sobre el acontecer cultural que la rodeaba, el álbum de fotografías y recortes que atesoraba. Allí están sus libretos para radio y televisión, que diseñaba con interés puramente comercial.

Destaco la correspondencia, de muy cuidado estilo, como la que sostuvo con el escritor antioqueño Mario Escobar Velásquez. En todas sus cartas se trazan huellas de personalidad atrabiliaria, agonía cotidiana y ansias de reconocimiento. Es indudable también la exasperación ante el mundo provinciano, que con frecuencia la obligaba a sonreír en donde hubiera preferido lanzar una palabra mordaz o develar una máscara. En el espacio de una intimidad defendida con energía, vemos a Carmelina Soto cansada de la incomprensión, alimentando su orgullo de poeta y luchando por hacer valer su obra, con una ironía desdeñosa por la precariedad cultural que la rodeaba.

La lectura de todos esos documentos muestra que Carmelina Soto era consciente de su valor como poeta. Su actividad intelectual fue profunda y solitaria, y su disciplina de poeta se evidencia en las marcas que dejaba sobre cada verso que escribía.

¿Qué le aportó la poesía de Carmelina Soto a la lírica nacional? ¿Cuáles poetas colombianos la influenciaron?

Carmelina Soto se sintió siempre atraída por la obra de Delmira Agustini, a quien admiraba por su poesía independiente del contexto. Su primer libro, Campanas del alba (1941), se ubica en el ámbito de lo que en ese entonces significaba la difusa poética de Piedra y Cielo, con leves acentos nerudianos. Mucho después la poeta diría que el piedracielismo quedó “convertido a lo sumo en una estampilla de color”. En su segundo libro, de 1953, la encontramos por momentos cercana a Barba Jacob, pero con una energía interior que supone la lucha por una voz propia, la que se conjuga en Tiempo inmóvil (1974).

El gran aporte de Carmelina Soto a la literatura colombiana es haber sido una mujer autónoma tratando de configurar una poética propia, en un medio cultural hostil a ambas opciones. Con poemas agresivos y provocadores, con una actitud insumisa y antimaternal, es una poeta con una palabra distinta. Más allá del éxito de su poesía, esos son gestos que, por escasos, se deben señalar y recordar.

Por Ángel Castaño

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